17 January 2013

El oftalmólogo

Mi mamá es pediatra y probablemente esa sea la razón por la que nunca me he hecho ilusiones acera de la profesión de doctor. Recibe llamadas a todas horas y todos los días, tiene turnos en el hospital los fines de semana y los días feriados y antes solía trabajar por las noches durante los días de semana. El hospital siempre me pareció un lugar horrible con olor a tristeza y a resignación y nunca pude imaginarme trabajando en un lugar así. Pero la gente aprecia mucho a mi mamá: desde pequeña la gente a la que le decía que soy la hija de la Doctora (…) me trataba bien y no hay Navidad en la que no reciba una gallina de algún paciente, o bien frijoles, adornos o flores. Ayer hasta recibió un perfume Dolce & Gabbana. Aun así, yo crecí sabiendo que no quería ser doctora, aunque los únicos doctores a los que fui eran a dentistas y oftalmólogos. Ambos han sido un eterno tormento para mí, especialmente los dentistas de quien mi historial completo podría ser un directorio de gente a la que podría demandar. Pero oftalmólogos sólo he tenido uno.

Viniendo de una familia condenada a usar anteojos, desde pequeña me llevaron al oftalmólogo para hacerme chequeos de rutina. Mi doctor era un señor muy simpático, barbón y por ende con aspecto bondadoso que siempre que me miraba me preguntaba por los anteojos de aros azules que solía usar, ya que a los siete años me diagnosticó con miopía y astigmatismo. Todos los años solía ir a su clínica ya que miraba borroso o tenía dolores de cabeza y mi perpetua angustia era que aumentara la graduación de mis lentes. Pero a los trece años ocurrió un milagro, mi visión era perfecta y ya no tuve que volver a usar anteojos. Mi agonía se volvió entonces no tener que usarlos otra vez ya que me había acostumbrado a la libertad total. Pero nunca más volví atrás, sólo iba a consulta con el doctor a recibir buenas noticias.

Con los años y especialmente con la carrera ya nunca más me quedó tiempo para volver donde el doctor. En la última clase de diseño el proyecto era en la escuela de medicina y una vez lo vi en un cubículo de los profesores, hablando por teléfono. Yo tenía que irme y viéndolo ocupado no me quedé a saludarlo. Me dije que después de tantos años no me reconocería y que lo saludaría la próxima vez que fuera a su clínica. Pero al año siguiente se enfermó, vendió su consultorio y murió, por lo que nunca más lo pude volver a ver.

Hoy mi mamá iba a consulta con la doctora que compró la clínica de mi antiguo doctor y decidí acompañarla. No sentía ninguna molestia, pero después de siete años de no chequearme los ojos ya era tiempo. Sentí un pinchazo en el corazón cuando vi que su nombre todavía estaba en la puerta del consultorio y aún más cuando entré y vi que casi nada había cambiado, ni los muebles, ni el color de la pared, ni el equipo. Lo único diferente eran los títulos que eran de la nueva doctora, una muchacha muy joven. Me revisó y sentí la inquietud de siempre esperando el dictamen final, pero afortunadamente mis ojos continúan sanos. La doctora fue muy paciente y nos atendió muy bien a mis papás y a mí. Me acordé de mi doctor y me dije que él estaría muy contento de ver que su clínica está en buenas manos. Me sentí muy mal por no haberlo saludado cuando tuve la oportunidad porque si alguna vez sentí cariño por un doctor sería por él y es por él que entiendo el vínculo que sienten los pacientes por mi mamá. Me pregunto si será un vínculo que se creará con un arquitecto. Tal vez por eso es que la gente estudia medicina.

My mother is a pediatrician and that’s probably the reason why I’ve never had any illusions about being a doctor. She receives phone calls at any time, every day; she has to work at the hospital during the week-ends and on all holidays and she used to work at night on week days. I always found the hospital to be an awful place with a smell of sadness and resignation and I could never picture myself working in such an environment. But people appreciate my mom very much: since I was a little girl when I used to tell people I was Dr. (…)’s daughter they treated me very well and there is no Christmas in which she doesn’t receive a chicken from some patient, or beans, decorations, or flowers. Yesterday she even got a Dolce & Gabbana perfume. Even still, I grew up knowing I didn’t want to become a doctor, in spite of the fact that the only doctors I used to go to were dentists and ophthalmologists. Both have been an eternal torment for me, especially the dentists who form a list of people I could sue. But I have had only one ophthalmologist.

Having been born in a family doomed to wear glasses, since I was little I’ve been going to the ophthalmologist for routine check-ups. My doctor was this very nice man who had a beard and therefore looked like a generous person. Whenever he greeted me he used to ask me about the blue-framed glasses I used to wear, because when I was seven I was diagnosed with myopia and astigmatism. Once a year I used to go to his clinic with blurry vision or headaches and my perpetual anguish was that my prescription could be worse. But when I was thirteen a miracle happened, my vision got perfect and I no longer needed to wear glasses. My agony became no having to wear them again since I had grown accustomed to total freedom. But I never went back to wearing them; I went to the doctor for good news only.

As time went by and especially with my career I didn’t have time to go back for a consultation. During my last Architectural design class the project took place in the School of medicine and I saw him once, in a teacher’s cubicle, speaking on the phone. I had to leave and seeing he was busy I didn’t stay to say hello to him. I said to myself that after all these years he wouldn’t recognize me and that I would greet him the next time I went to his clinic. But the year after that he got sick, he sold his clinic and he passed away, so I never got the chance to see him again.

Today my mother was going for a consultation with the doctor who bought my former doctor’s clinic and I decided to go with her. I didn’t have any issue with my vision but after seven years of not checking my eyes I felt it was time to. I felt a pinch in my heart when I saw that his name was still in the door and it was worse when I got in and I saw that not much had changed, not the furniture, or the color on the walls, not even the equipment. The only thing that was different was the diplomas that now belong to the new doctor, a very young woman. She checked me and I felt the usual distress waiting for the final result, but fortunately my eyes remain healthy. The doctor was very patient and she was very nice with my parents and me. I remembered my old doctor and I thought that he would be very pleased to see that his clinic is in good hands. I felt bad for not saying hello to him when I had the chance because if I ever felt some affection for a doctor it would be for him and it’s because of him that I understand the bond that patients feel for my mother. I wonder if this bond can be developed with an architect. Maybe that is why people study Medicine.

01 January 2013

Torrejas 101

DSC05647Mi regalo de Año nuevo es otra receta, esta vez de las torrejas. Los ingredientes son dos panes de yema, de seis a ocho huevos, un bloque de dulce de rapadura, canela, clavos de olor y ron al gusto.

Para empezar se necesitan los panes de yema que se cortan en rodajas lo suficientemente gruesas para que no se deshagan con todo el proceso que les espera.

Por otro lado se separan las claras de las yemas de los huevos.

My New Year’s present is another recipe, this time of “torrejas”, a Honduran traditional dessert. The ingredients are two egg yolk breads, from six to eight eggs, a panela block, cinnamon, cloves and some rum.

At first you need to cut the egg yolk breads into slices thick enough not to fall apart after the process that awaits them.

Separately you separate the whites from the egg yolks.

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De forma opcional se pueden incrustar unas cuantas pasas a cada rodaja.

As an optional step you can put some raisins into each slice.

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En una olla se derrite un bloque de dulce de rapadura con mucha canela y agua.

In a pot you must melt the panela with a lot of cinnamon and enough water.

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Las claras se baten a punto de nieve.

The egg whites must be beat until light.

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Luego se incorporan las yemas.

And then you put the egg yolks.

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Cada rodaja de pan se sumerge en la mezcla.

Each slice is then submerged into the mix.

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Y luego se fríen en aceite hasta que las rodajas queden doradas.

Then the bread slices are fried in oil until they are golden.

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El siguiente paso es para quitarles el olor a huevo. En una paila se ponen todos los panes y se les echa agua hirviendo. Se dejan reposar unos minutos, hasta que el agua se enfríe un poco.

The next step is to take away the egg smell of the bread. In a plastic container you put all the slices and submerge them with boiling water. You leave them for a few minutes until the water gets colder.

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Pero luego hay que quitarles el agua. No sé qué tan tradicional será esto, pero mi mamá me enseñó a exprimirlas usando dos guantes envueltos en bolsas, limpias por supuesto.

But then you must drain the water out. I don’t know if this is really traditional but my mom taught to to press the slices while wearing gloves wrapped in plastic bags, which must be clean of course.

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Los panes se ponen luego en la olla con el dulce derretido. Las torrejas deben quedar sumergidas en el dulce y se ponen a hervir. El dulce queda mejor cuando se le agregan clavos de olor y un poco de ron.

The breads are then placed in the pot with the melted panela. They must be submerged by the liquid and then they must be boiled. The melted panela tastes better when you add some cloves and a little rum to it.

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Y voilà! Uno de los platos más tradicionales de esta época.

And voilà! One of the most traditional dishes of the holidays.

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Espero que pasen un muy feliz año!

I wish you all a very happy new year!

^^

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