Virginia


La semana pasada Jacques y yo nos fuimos de viaje con dos amigos al estado de Virginia y sus alrededores. Originalmente teníamos pensado asistir a la inauguración de Joe Biden, pero obviamente después de los disturbios del 6 de enero eso quedó descartado. Encima de eso, el contexto actual no es el ideal para este tipo de aventuras, pero tratamos de ser lo más cuidadosos posible. Para empezar, los cuatro trabajamos o pasamos prácticamente todo el tiempo en casa, sin ninguna interacción con otras personas. Nos fuimos en el carro de nuestros amigos y alquilamos una casa solo para nosotros en un complejo llamado “Blue Ridge Center”, que cuenta con una granja pedagógica y un bosque adyacente al “Appalachian Trail”, un sendero de casi 3,500 km entre Georgia y Maine. En todo el viaje fuimos solo a dos restaurantes en los que casi no había gente porque llegamos temprano y en los cuales tenían las mesas muy alejadas entre ellas. El resto del tiempo comimos en el exterior. Y obviamente usamos mascarillas todo el tiempo, como la mayoría de la gente que cruzamos.


Tuvimos la doble ventaja que uno de nuestros amigos vivió por cinco años en Washington D.C., por lo que conocía muy bien la región. Encima de eso es arqueólogo y trabaja para el servicio de protección del patrimonio, así que nuestro viaje fue muy educativo. Nos llevó a sus lugares favoritos, entre ellos una iglesia de inicios del siglo XX remodelada en restaurante ultra hípster y un restaurante de mariscos extraordinario, donde hasta yo – conocida mundialmente por detestar los mariscos – los disfruté. Fuimos también a lugares turísticos, como el parque nacional Great Falls o Mt. Vernon, que es la mansión de George Washington, y a otros mucho menos conocidos, como el pintoresco pueblo de Waterfront y las residencias situadas justo detrás del Capitolio en D.C.


El viaje fue un completo festín visual. A pesar de que cuando se trata de propiedades privadas la conservación del patrimonio no es una obligación legal en los Estados y depende de la voluntad de los dueños, los pueblos que visitamos están muy bien conservados. Vimos hermosas casas del periodo colonial y del siglo 19, muy variadas entre ellas y aún así conservando una cierta unidad en los conjuntos. Desde siempre me ha gustado ver casas e imaginar en cuál me gustaría más vivir, así que por primera vez me presté al ejercicio de visualizarme viviendo en un bonito pueblito de los Estados Unidos. Y pude observar la línea muy tenue que existe entre preservar la integridad de un pueblo, como Waterfront que protege hasta los antiguos terrenos agrícolas para evitar nuevas construcciones, y entre caricaturizarla con fines turísticos à la Disneyland, como en Leesburg, Virginia, donde todo se ve tan limpio y tan nuevo que se siente falso.


Como podría esperarse, se necesita un carro para moverse entre ciudades y pueblos, y a veces hasta para visitar zonas naturales protegidas, lo que me parece totalmente incoherente. Por ejemplo, fuimos al refugio de Blackwater en Maryland, una región pantanosa donde viven muchas especies animales, entre ellas el famoso águila de cabeza blanca. Pues el principal sendero de visita es en carro y los senderos peatonales que tienen solo son de uno o dos kilómetros. De por sí que el acceso a la naturaleza ahora está súper controlado en los parques donde uno puede caminar, pero si encima ni siquiera se puede salir del carro, no creo que tenga gran interés.


Tengo que decir que aprendí mucho de la historia de los Estados Unidos en este viaje. De hecho, me di cuenta de lo poco que sabía de este país, a pesar de haber siempre vivido constantemente bombardeada por su cultura. Su guerra de independencia, su guerra civil, todo eso me parecía tan abstracto, hasta que visitamos la casa de Washington, o el museo en Harpers Ferry, West Virginia dedicado a John Brown, defensor de la abolición de la esclavitud. Muchas de esas heridas están lejos de haberse sanado, como lo muestran la cantidad enorme de casas que tenían rótulos en sus jardines de “Black Lives Matter”, anunciando explícitamente que son defensores de los derechos LGBTQ o de los inmigrantes, o simplemente pro-Trump o pro-Biden. Este es realmente un país lleno de contrastes y en esos lugares tan bonitos que visitamos uno se siente totalmente desconectado de las injusticias que se viven en otras zonas o uno olvida fácilmente cómo toda esa prosperidad está basada en la explotación de las minorías y de los países tercermundistas. Solo para no olvidar eso, lo primero que hice al regresar a casa fue empezar el libro “The Undocumented Americans”, de Karla Cornejo Villacencio.


Virginia

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Last week, Jacques and I travelled with two friends to Virginia and its neighboring states. Originally, we planned on going to Biden’s inauguration, but obviously after the riots at the Capitol on January 6th, this was not possible anymore. Besides, the current context is not the ideal for this type of adventures, but we tried to be as cautious as possible. First, all four of us work or spend practically all time at home, with no interaction with other people. We also travelled on our friends’ car and we rented a house solely for us in a complex called the “Blue Ridge Center”, which has a farm and is surrounded by a forest adjacent to the “Appalachian Trail”, which spans close to 3,500 km from Georgia to Maine. During the entire trip, we only went to two restaurants where there were not many people because we arrived early and where they also had the tables far away from each other. The rest of the time we ate outside. And obviously we used face coverings all of the time, as most of the people we saw. 

 

We had the double advantage that one of our friends lived in Washington D.C. for five years, so he knew very well the region. He is also an archaeologist and works for the heritage protection service, so our trip was very educational. He took us to his favorite places, among them a former church from the early 20th century refurbished into an ultra-hipster restaurant, and an extraordinary seafood restaurant, where even I – famous worldwide for my aversion to seafood – enjoyed them. We visited very touristic places too, such as the Great Falls National Park, or Mt. Vernon, which was George Washington’s plantation, and other less known, as the picturesque town of Waterfront and the houses located right behind the Capitol in D.C.


The trip was a complete visual feast. When it comes to private properties, heritage preservation is not a legal obligation in the US and it depends on the will of the owners, and yet the towns we visited are extremely well preserved. We saw beautiful houses from the colonial period, others from the 19th century, all very different between them and yet achieving a certain unity in the ensembles. I have always enjoyed looking at houses and picturing living in my favorites, so for the first time I imagined what it would be like to live in a charming town in the US. And I could observe the thin line that exists between preserving the integrity of a village, like Waterfront that protects even its former agricultural land to prevent new constructions, and turning it into a caricature for touristic purposes à la Disneyland, like in Leesburg, Virginia, where everything looks so clean and new that it feels fake.


As expected, you need a car to go from one town to another, and sometimes even to visit protected natural zones, which I think is totally incoherent. For example, we went to the Blackwater Refuge in Maryland, a swamp region with many animal species, including the famous American bald eagle. Its main trail can only be visited by car and the pedestrian trails are only one or two kilometers long. Nowadays, the access to nature is very controlled in parks where you can walk, so I do not see the point in not being able to leave the car.


I must say that in this trip I learned a lot on the history of the US. In fact, I realized how little I really knew of this country, despite having lived constantly bombarded by its culture. Its independence and civil wars always seemed abstract, until we visited Washington’s house, or the museum in Harpers Ferry, West Virginia, dedicated to John Brown, abolitionist leader. Many of those wounds are still far from healed, as proven by the innumerable houses with “Black Lives Matter” signs in their front lawns, or explicitly announcing that they are in favor of LGBTQ or migrant rights, or simply pro-Trump or pro-Biden. This is really a country full of contrasts and in these beautiful places we visited one feels utterly disconnected from the injustices in other zones or one easily forgets that all this prosperity is based on the exploitation of minorities and of third world countries. Just so I did not forget that, the first thing I did back home was to start reading “The Undocumented Americans”, by Karla Cornejo Villacencio.


Virginia

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Virginia


Nunca he entendido a la gente que dice que le gusta el otoño o el invierno. Hace frío, llueve mucho y el cambio de color en las hojas de los árboles no tiene ningún impacto positivo en mi estado de ánimo. Lo único bueno del otoño es que en la tele pasan “Le Meilleur Pâtissier”, la versión francesa de “The Great British Bake Off”, un concurso de aficionados a la pastelería.


Cada semana, los participantes preparan un pastel o un postre en cada una de las tres pruebas temáticas. La primera es el “Signature Bake”, en el que reinterpretan un clásico de la pastelería. El segundo es el “Technical Challenge”, en el que se da una receta a los participantes – con algunas omisiones intencionales – generalmente de un pastel poco conocido o de elaboración muy compleja y que es juzgado a ciegas por los jueces, es decir sin saber quién lo realizó. La prueba final es el “Showstopper”, en el que cada participante inventa un pastel con la intención de impresionar a los jueces. Las semanas son temáticas, en el Reino Unido los temas son los tipos de pasteles, de postre o de técnicas que se van a emplear, por ejemplo, una semana está dedicada a las tartas, otra al pan, etc. En Francia, los temas no tienen que ver con la técnica sino con la inspiración que deben tener los pasteles. En la más reciente temporada hubo un episodio inspirado en Indiana Jones, otro en los Estados Unidos, otro en la India y en los últimos años se ha vuelto recurrente un episodio basado en “50 Shades of Grey”.


Sin embargo, la diferencia más importante entre las dos versiones del programa es que en la británica algunas de las pruebas son para platos salados, mientras que la francesa se dedica exclusivamente a preparaciones dulces. Yo descubrí la versión británica mucho después de la francesa, así que me sorprendió mucho ver a los participantes cocinando carne entre dos pasteles, pero ambos resultados son igual de impresionantes y se ven exquisitos.


Los participantes son de todas las edades, desde jóvenes de menos de 20 años en algunas ocasiones, a personas mayores, y se dedican a todo tipo de oficios. Recuerdo un participante que era guardia en una prisión. No me puedo imaginar el contraste que debió existir entre su trabajo y entre la delicadeza de sus pasteles semana tras semana.


Sin importar que los participantes vean la pastelería como un pasatiempo, las pruebas que deben enfrentar requieren un conocimiento y manejo muy preciso de varios métodos, algunos realmente complicados. No solo eso, tienen que ser muy creativos, tanto en los sabores como en la presentación para poder impresionar a gente del calibre de los jueces.


En las dos versiones, hay dos jueces escogidos según la fórmula de un chef joven y una pastelera mayor. En Francia son Cyril Lignac, un chef pastelero muy carismático y popular en el país y que salió un tiempo con Sophie Marceau, y Mercotte, autora de libros de cocina y pastelería y presentadora de un programa de radio sobre gastronomía. En el Reino Unido, los jueces son Paul Hollywood, chef pastelero, y Mary Berry, autora de numerosos libros de pastelería. Debo confesar que prefiero de lejos a los presentadores franceses, que son mucho más calurosos y divertidos que los británicos. Tanto estos últimos como los franceses son muy exigentes, pero Paul y Mary muchas veces saben que los participantes se equivocan en algo y no se lo dicen, o les cuesta mucho reconocer que algo salió bien, en especial a Paul. Y tengo un lugar especial en mi corazón para Cyril Lignac que tiene un restaurante, una pastelería y una repostería situados a cinco minutos de mi antiguo trabajo en París. Muy seguido me podían encontrar los viernes comiendo en el parque de al lado uno de sus “baba au rhum”, un pastelito empapado de ron y con crema en medio. Y su “pan aux raisins”, un simple caracol con pasas, fue una revelación que no he podido encontrar en ninguna otra parte.


A los jueces se suma una presentadora en Francia, y dos en el Reino Unido, Mel y Sue, por lo menos hasta las temporadas que produjo la BBC y que son las que yo he visto. Desde el 2016, el programa fue comprado por otro canal, pero ya no cuenta con Mary Berry ni con Mel ni Sue, pero me he negado a verlas por miedo a decepcionarme.


Lo que más me gusta de este programa es que, a pesar de ser una competencia, después de cada episodio uno termina con una fe renovada en la humanidad. Con el tiempo, uno aprende a conocer a los participantes, sus habilidades y personalidades, y todos se ayudan entre ellos y terminan formando un grupo muy unido. Además, descubrí la versión británica del programa justo en el periodo en el que estaba terminando mi tesis y buscando trabajo. Todo parecía incierto y difícil y este programa fue una verdadera sopa de pollo para mi alma de millenial.


Me encanta ver que los jóvenes sean particularmente buenos y por eso me alegró mucho que las dos últimas ganadoras en Francia son muchachas jóvenes a las que estoy segura este concurso les va a abrir nuevas oportunidades profesionales. Pero aun los participantes que no aspiran a ser profesionales son capaces de expresar sus personalidades en sus creaciones, aprenden y mejoran con cada prueba y por ende tienen mucho que enseñarnos con respecto a la dedicación y a la resiliencia.


Tengo que decir que el programa no me ha inspirado particularmente a dedicarme a la pastelería, más bien lo contrario, sobre todo porque veo lo increíblemente técnica que es y todo lo que puede salir mal. Todavía tengo grabado en mi mente el fiasco de la vez que traté de hacer rollos de canela caseros. Pero con Jacques agarramos la costumbre de comprar pasteles para ver el programa todos los miércoles, lo que me parece más que suficiente por los momentos.



I have never understood people who love fall or winter. It is always cold, it rains constantly and the changing colors in the leaves have no positive impact whatsoever on my mood. The only good thing about the fall is that it brings with it a new season of “Le Meilleur Pâtissier”, the French version of “The Great British Bake Off”, a competition of baking aficionados.


Each week, contestants prepare a cake or dessert in each of the three themed challenges. The first is the “Signature Bake”, in which they reinterpret a classic preparation. The second is the “Technical Challenge”, for which contestants receive a recipe – with intentional omissions – of what is generally a fairly obscure or very complex cake. Judges taste it blindly, without knowing which participant made it. The final test is the “Showstopper”, in which each contestant is free to invent a cake intended to impress the judges. Every week is also themed; in the UK they are based on types of cakes, desserts or techniques, such as pastry or bread week. In France, themes are not related to technique but to the inspiration that cakes should have. For instance, in the latest season there were episodes inspired by Indiana Jones, the USA, and India, and “50 Shades of Grey” has become a recurrent one for two or three years now.


However, the most important difference between the two versions of the show is that the British one includes savory dishes, whereas the French one is entirely devoted to sweet ones. I discovered the British version way after the French, so I was really surprised to see the contestants cooking meat in between two cakes, but both results are equally impressive and seem delicious.


Contestants range in all ages, from those younger than 20 years old, to much older ones, and they come from all types of professions. I remember that one time there was a prison guard. I cannot imagine the contrast that must have existed between his work and the finesse of his bakes week after week.


Even though this is just a hobby for the contestants, the challenges they face necessitate a precise and extensive knowledge and mastery of various methods, some of them really complex. Not only that, they must be extremely creative, both in terms of flavor and presentation to be able to impress people of the caliber of the judges.


In both versions, there are two judges selected according to the formula of a young chef and an older baker. In France they are Cyril Lignac, an extremely charismatic and popular pastry chef who dated Sophie Marceau, and Mercotte, author of cooking and baking books and host of a radio show on gastronomy. In the UK, the judges are Paul Hollywood, pastry chef, and Mary Berry, author of numerous books on baking. I must admit I prefer by far the French hosts, who are much warmer and funnier than the British ones. They all have very high standards, but Paul and Mary sometimes know when the contestants are making a mistake and do not tell it to them, or they have a hard time telling them when they did good, especially Paul. Besides, I have a special place in my heart for Cyril Lignac who has a restaurant and two bakeries five minutes away from my old job in Paris. You could often find me eating a “baba au rhum”, a cake drenched in rum and with cream in the middle in the park next door on Fridays. And his “pain aux raisins”, a simple spiral pastry with raisins, was a revelation that I have not been able to find elsewhere.


In addition to the judges there is also a host in France and two in the UK, Mel and Sue, at least in the seasons produced by the BBC, which are those I have watched. Since 2016, the show was bought by another channel, but it no longer features Mary Berry nor Mel or Sue, so I refuse to watch them for fear of being disappointed.


What I like the most about this show is that, even though it is a competition, after each episode you end up with a renewed faith in humanity. With time, you get to know the contestants’ abilities and personalities, and they all help each other and form a united group. Furthermore, I discovered the British version right at the time that I was finishing my dissertation and looking for a job. Everything seemed uncertain and difficult and this show was a truly chicken soup for my millennial soul.


I love watching young contestants who are talented and I was really happy that the two latest winners in France are young women for whom the show will truly open new professional opportunities. But even the contestants who do not aspire to become pros are capable of expressing their personalities in their creations, they learn and improve with each challenge and thus have much to show us in respect to dedication and resilience.


I must say, however, that the show has not inspired me to take on baking, quite the opposite, since I can see how technical baking is and the many things that can go wrong. Plus, I still have on my mind the fiasco of when I tried to make homemade cinnamon buns. But with Jacques we started buying pastries to watch the show each Wednesday, which I think is enough for now.


El torbellino de la pandemia me arrastró a mi también y me dejó allí donde nunca pensé aterrizar, en los Estados Unidos. Llegué hace tres semanas, después de más de siete años seguidos de no vivir en el continente americano y más de tres de no haberlo visitado. Hablar de shock cultural sería un eufemismo, ya que todo me parece grande y diferente, pero al mismo tiempo muchas cosas me recuerdan a Honduras y tengo que confesar que me siento un poco como en casa.


Después de más de un año de vivir en París, me encuentro ahora en la ciudad de Columbia, en el estado de Missouri. Está situada entre St. Louis y Kansas City, cada una a dos horas, y al sur de Chicago que está a seis horas en carro. Es una ciudad pequeña construida en torno a la universidad, que por una de esas casualidades de la vida, tiene su propio reactor nuclear con un departamento de arqueometría, por lo que Jacques trabaja aquí. Por todas partes se ven carteles de los “Tigers”, el emblema de la universidad, y gente vestida con sus colores, negro y amarillo.


Ya fui al “centro” de la ciudad, compuesto de dos calles perpendiculares con algunos comercios y restaurantes cerrados por la pandemia. Es más pequeño de lo que me atrevo a aceptar. El resto de la ciudad está disgregado por calles súper amplias, con acera casi inexistentes, para llegar a centros comerciales por todas partes, en carro por supuesto. Hay un sistema de transporte público, pero está compuesto por seis líneas de bus, con un bus cada una (!!), que hacen un recorrido de 45 minutos a los diferentes ejes de la ciudad pero que se unen todos en el mismo lugar para luego volver a empezar. Eso quiere decir que si uno pierde el bus, tiene que esperar 45 minutos para que vuelva a llegar. No tiene horarios, pero hay una aplicación en el teléfono que te permite saber adónde está el bus que te interesa. Solo la gente de bajos recursos, y los extranjeros despistados, usan el bus. Con el covid, lo han puesto gratuito, pero los choferes bloquean el acceso a la parte delantera del bus para no entrar en contacto con los pasajeros.


Así que Jacques y yo andamos principalmente en bicicleta. En cuanto llegué, me suscribí a varias páginas de facebook de organizaciones locales, entre ellas el departamento de parques y de recreaciones, que maneja entre otras cosas los senderos de excursión. Justo en esos días, una asociación que colabora con ellos tenía una venta de bicicletas de segunda mano, así que hicimos cita para ir a verlas. Resulta que la asociación tiene por objetivo favorecer el transporte en bicicleta, como una alternativa al carro, en especial para las clases populares. Ofrece entonces reparaciones gratuitas de las bicicletas y ocasionalmente hace ventas como esa. Encontré la mía y hasta me regalaron una maletita y un foco. Así que nos pueden encontrar con nuestras bicis entre los pick-ups gigantescos, aunque todavía me tengo que acostumbrar a estar rodeada de carros y tengo que mejorar considerablemente mi condición física y eso que aquí no hay cuestas. Pero el otro día fui sola al centro comercial más cercano, a unos diez minutos de donde vivimos, y lo consideré como el primer gran éxito de mi estadía aquí.


Nuestro primer domingo, Jacques me llevó a uno de los “trails”, los senderos de excursión que rodean la ciudad. El que tenemos cerca es el MKT, el que conecta los estados de Missouri, Kansas y Texas, lo que da una idea de su distancia. Atraviesa bosques y ríos, pero el sendero está perfectamente definido y mantenido y tiene en varios puntos estacionamientos, baños, fuentes de agua y otros servicios, por lo que se ve varia gente caminando, corriendo o en bicicleta. Me encantó ese paseo y me muero de ganas de hacer más excursiones. Nunca me imaginé que de todos los lugares del mundo, era en los Estados Unidos que iba a tener la oportunidad de conectarme con la naturaleza. Pero ese es apenas el primero de muchos prejuicios que tengo sobre este país que voy a tener que enfrentar en los próximos 10 meses.




The whirlwind of the pandemic dragged me as well and left me where I never thought I would end up, in the USA. I got here three weeks ago, after more than seven years in a row of not living in the American continent and more than three of not visiting it. To speak of a cultural shock would be an understatement, since everything seems bigger and different, but at the same time many things remind me of Honduras and I must admit that I feel somewhat at home.


After more than a year of living in Paris, I am now in the city of Columbia, in the state of Missouri. It is located between St. Louis and Kansas City, both two hours from here, and south of Chicago, which is a six-hour car ride away. It is a small town built around the university, which somehow has its own nuclear reactor and department of archaeometry, which is why Jacques works here. Everywhere you go you find billboards of the “Tigers”, the university’s emblem, and people dressed up in its colors, black and yellow.


I have already been to the “city center”, which is just two perpendicular streets with some shops and restaurants closed because of the pandemic. It is smaller than what I am ready to accept. The rest of the city is disintegrated by wide streets, with almost non-existent sidewalks, to reach ubiquitous shopping centers, by car of course. There is public transportation, but it is formed by six bus lines, with one bus each (!!), which makes a 45-minute loop towards the city’s different axes, ending all together in the same spot before starting again. This means that if you miss the bus you need to wait 45 minutes for it to come again. There are no schedules, but there is an app to see where the bus you are interested in is at the moment. Only poor people, and clueless foreigners, take the bus. Because of covid, it is free right now, but the drivers block the front access so that they have no contact whatsoever with the users.


So Jacques and I use mainly the bike. As soon as I got here, I subscribed to many facebook pages of local organizations, among them the parks and recreation, which handles the excursion trails. Those days, an association that works with them was organizing a sale of secondhand bicycles, so we made an appointment to go see them. The association promotes transportation by bike, as an alternative to the car, especially for working-class people. It thus offers free repairs and occasionally organizes sales such as this one. I found my bike and they even gave me a small case and a lamp. So you can find us biking next to the huge pick-ups, even though I still have to get used to being surrounded with cars and I definitely need to improve my physical condition. But the other day I went by myself to the closest shopping center, located close to 10 minutes away from where we live, and I considered it the first important achievement of my stay here.


Our first Sunday, Jacques took me to one of the trails that surround the city. The one next to our place is the MKT, which connects the states of Missouri, Kansas and Texas, which can give you an idea of how long it is. It goes through forests and rivers, but the trail is perfectly defined and maintained and it has parking spaces, bathrooms, water fountains and other services in many points, so you see a lot of people walking, running or biking. I loved that stroll and I cannot wait to discover other trails. I never thought that in all places in the world, it was in the USA that I would have the opportunity to connect with nature. Yet this is barely the first of many prejudices I have about this country that I will have to face in the next 10 months.



Hace poco tuve la oportunidad de platicar con la gente increíble que maneja la página "Becas para Hondureños" sobre mi experiencia como becaria en Suiza. 



El trabajo que hace el grupo de "Becas para Hondureños" es increíble y les recomiendo que visiten su página de facebook