Recuerdo que tenía 13 años y sufría de pánico a la hora de hablar en público. Sufría de pánico a la hora de hablar en general. Fue una de esas neurosis que adquieres con la edad, por que según cuenta la leyenda, yo aprendí a hablar precozmente y no había manera humana de callarme. Iba a entrar a segundo curso y tenía un inmenso deseo de que ese año fuera diferente: como nos habían separado de clase con Bertha, en venganza no nos llevamos con nadie en todo ese tiempo. Salíamos al recreo y nos apartábamos de todos. No hay mucho más que valga la pena mencionar de aquella época. Encontré una publicidad en el periódico que anunciaba un curso para jóvenes donde les enseñarían técnicas de estudio y trucos para vencer la timidez. De repente estaba en un famoso hotel de Tegucigalpa, frente a más de 60 desconocidos, hablando por un minuto (cronometrado), de un tema diferente cada semana. Siendo fiel a mi naturaleza, hice una amiga entre esas 60 personas, y con ella fue la única con la que me relacioné, a pesar de que habían varias personas de mi escuela también. Las técnicas de estudio todavía las uso, sin darme cuenta; sé cómo hacerlo, pero me da mucha pereza estar recordando nombres de gente que no voy a ver en más de una ocasión, y la lista con los nombres y teléfonos de mis compañeros fue una excelente herramienta para molestar por teléfono en la madrugada, cuando me reunía con mis amigas. Eso sí, nació un pequeño disfrute a la hora de tener a una multitud de gente con toda su atención puesta en mí.
Cuando leí en el programa de charlas que nos iban a dar la cura a la timidez creí que mi vida iba a ser mágicamente solucionada. Me decepcioné tanto cuando su receta infalible era hacer todo con “tres veces más entusiasmo!”. Como fiel creyente en el poder de la obsesión para encarar las cosas, decidí convertirme en la niña símbolo de ese razonamiento. El impulso me duró lo suficiente para ganarme el premio de la siguiente semana a la mejor charla (gracias la colaboración de mi hermano menor y sus afirmaciones sensibleras) y para sobrevivir la secundaria. En la universidad, es otra historia.
El curso define la timidez como “excesiva atención de uno mismo”, y el propósito de encarar todo con más energía sería un mecanismo para preocuparte por los demás y dejar de pensar en tus defectos. ¿Es efectivo? Cualquier cosa es efectiva para el que realmente lo desea; en mi caso personal, necesito una nueva justificación, un nuevo método para mejorar mis interacciones sociales, pero más fuerte y/o convincente, algo similar a la adicción a sustancias, tomando como drogas a las filosofías de vida. Mi teoría en este momento es que, desde que leí en algún lado que todos somos Uno, que el Universo está dentro de cada uno de nosotros y que al conocerte a ti mismo conoces a los demás, encontré la excusa perfecta para mi deporte favorito: el narcisismo.
Desde luego que es un deporte de alto riesgo, pero como dije del amor propio, las consecuencias de no practicarlo son aún peores. Todo lo que no se ve de frente, crece en proporciones monumentales, sin que uno se dé cuenta. Especialmente tu lado oscuro. Reprimir los pensamientos negativos puede resultar en arrugas prematuras, un cáncer o en explosiones de cólera, con todo tipo de manifestaciones. Como la del chavo en la masacre de ayer, que dicen que era retraído y reservado. Mi pregunta en este momento es ¿cómo es que no se dan tiroteos en universidades públicas centroamericanas? ¿Será algo realmente cultural, propio de cada país? Por que personas muy infelices hay en todas partes, pero no se oyen muchos casos de niños latinos burgueses que pierdan la cordura a esa escala. Puedo tratar de explicarlo diciendo que sí es algo meramente estadounidense, y culpar a esa cultura “impositiva, autoritaria e irrespetuosa”, como la llamé cuando estaba tratando de entender sus estilos artísticos (estoy consciente que no son todos así, pero colectivamente esa es la regla general), y decir que todos esos acontecimientos son el daño que hacen en otros lugares, devolviéndose al origen. Es muy extraño, por que no siento que eso pudiera darse en la Unah por ejemplo, pero igual, uno siempre se cree a salvo hasta que ya no lo está.
“Los estilos arquitectónicos sólo existen para los que no saben. Para nosotros sólo existe lo que le gusta al cliente.” Todavía no logro entender cómo es que los arquitectos tengan fama de egocéntricos, cuando esta es la carrera en la que tu orgullo es lo que menos debe aparecer. Por una parte, debes trabajar en equipo. El refrán “ningún hombre es una isla” en realidad significa “ningún hombre tiene tiempo de estudiar arquitectura, ingeniería civil, ingeniería eléctrica e ingeniería mecánica al mismo tiempo”. Dependes de miles de pelados que creen que su área de maestría es lo más importante del mundo, y la protegen celosamente, sin embargo, debes lograr una armonía perfecta entre ellos, por que de eso depende tu pellejo.
Pero lo más importante aquí es que el que tiene el dinero tiene la última palabra. Veámoslo en una escala estudiantil: olvídense de la teoría o filosofía arquitectónica, cuando vas a clase de Diseño vas a promocionar un producto. Los primeros años vas con tu ingenua fiereza a demostrar que tienes la razón, y después de unos cuantos tropezones terminas entendiendo que tu profesor es tu cliente, y que si él prefiere las cosas de cierta manera, te conviene hacerlas de esa forma. No hay perspectiva de que las cosas mejoren en el futuro: en el “medio” es aún peor. Allí es donde todo deja de ser marketing para ser únicamente prostitución artística.
El proyecto en San Juancito requiere resaltar su historia y legado arquitectónico. En este lugar hay una fusión de influencias coloniales y norteamericanas, pero yo decidí obviar por completo la segunda y concentrarme en la colonial. Las empresas estadounidenses (con la ayuda de nuestro súper prócer Marco Aurelio Soto) llegaron, vaciaron las minas, deforestaron el bosque, y cuando ya no había más por robar, se fueron, dejando un pueblo que nunca más se recuperó, ni siquiera como destino turístico. No quería rendirle tributo a esa gente y preferí resaltar que a pesar de todo, tienen influencia de otros invasores, esta vez europeos, que también vinieron, saquearon y se fueron. Yo estaba en la cúspide de la emoción: estudié arquitectura islámica para incorporar elementos que dieran mayor riqueza formal (y por que estoy obsesionada con la música y la danza árabe ahorita), pero los disimulé para que no pareciera que me salía del tema. Pero mi arquitecto no pudo ser más claro: quiere algo gringo. No sólo eso, quiere que saquemos detalles de las construcciones que están en el sitio y los incorporemos a nuestra propuesta. Si todo sale bien, este es mi último diseño individual. Diseño 6 y 7 son en parejas, y Diseño 8 toda la clase hace un único proyecto. Si todo sale más que bien nunca más volveré a diseñar sola en mi vida y me dedicaré a escribir. Pero si me terminara dedicando a esto estaré sujeta a clientes, e ingenieros, a socios de empresas…
Así que el último diseño de mi vida va a ser una serie de copias sinvergüenzas de cosas ya hechas. Voy a tratar de parir algún tipo de justificación filosófica para esa cultura, para poder convencerme que tan siquiera en lo moral conservo algo de identidad. Y trataré de creer que esto es versatilidad, flexibilidad y no la venta descarada de mis habilidades.
09 April 2007
Some say a comet will fall from the sky. Followed by meteor showers and tidal waves. I certainly hope it will
Estos días han sido como sumergirse lentamente en una piscina repleta de un líquido oscuro y viscoso de desconocida denominación o procedencia. Estoy esperando el empujón final en el que mis ojos ya no vean la luz del sol y yo no pueda respirar más. El gran misterio consiste en saber qué tipo de criatura va a emerger de las aguas: algo divino y maravilloso que convierta la desgracia en sabiduría y belleza, o un monstruo asqueroso y repugnante que perpetuará el dolor que ha enfrentado.
El recuerdo más vívido que tengo de que algo andaba mal fue alrededor de mis doce años. Después de una pelea entre mis papás, mi madre trató de distraerse llevándonos a mi hermano y a mí a la fiesta de quince años de la hija del mejor amigo de mi papá. Regresamos a la casa y parecía que un huracán había destrozado el lugar. Todos los adornos, platos, cuadros, objetos cerámicos y de vidrio, todo lo que podía quebrarse, estaba en el suelo hecho añicos. No teníamos duda de quién lo había hecho. Empezamos a ordenar, mi hermano llorando y yo recomendando un divorcio rápido y sin dolor.
A la mañana siguiente los adultos nos reunieron, diciéndonos que éramos lo que más querían en la vida, blah, blah, blah. Y siguieron como si nada. Creo que ese fue el principio del fin para mí: nunca más he vuelto a creer.
En la siguiente ocasión no fueron platos lo que se destruyeron. Fue un televisor con un disparo.
O cuando una gran pierna de cerdo fue lanzada al otro lado de la cocina.
Hoy mi abuela somatiza con una enfermedad repentina, el hecho de que su hijo sea un completo desastre y su nuera se esté dando cuenta que probablemente no sea una buena idea permanecer a su lado.
Pero como le dije a un amigo: ruego por soluciones definitivas. Ruego por siete jinetes que toquen las trompetas del juicio final; llamaradas de fuego que exterminen a los impuros y el suelo bajo nuestros pies se tambalee en un terremoto inclemente que no deje nada en pie. Que llueva hasta que ninguna esperanza tenga el descaro de querer alzar su voz y al final de toda esa destrucción no quede otro camino que no sea el inexplorado, el de empezar de cero, que sólo sobrevivan aquellos que van a mejorar la especie y nos olvidemos de que alguna vez existieron criaturas indignas de compartir nuestro oxígeno. Por los siglos de los siglos.
Amén.
Hubo un momento en la conversación, por teléfono, en la que se dio la ruptura de mi primer noviazgo, en la que el sujeto en cuestión me habló de la reacción de sus padres cuando les hizo saber su intención de terminar conmigo. Ellos lo apoyaron y le dijeron “ella nunca se integró a la familia”.
Hoy escuché ese mismo reclamo de la boca de mi propio padre. Me dijo que hoy había sido el día en que se dio cuenta que yo me sentía con la libertad de hacer lo que quisiera, al margen de lo que ellos pensaran o aprobaran. Yo arreglo las cosas como mejor me resultan a mí, según mis intereses, y que los demás me tienen sin cuidado. Aseguró que ese problema a la hora de integrarme era resultado de la mala crianza que él y mi madre me habían dado y que yo voy a tener que lidiar con él, en el futuro.
Me fui sin permiso al cine, eso fue todo lo que hice hoy, pero de alguna forma eso degeneró en una pelea entre mis padres. Como resultado de todo, dicen que se van a divorciar. Hago énfasis en el “dicen” por que no es la primera vez que esto pasa. Todo es un ciclo que se ha repetido incontable cantidad de veces.
Quisiera decir que no me afecta. Que soy tan madura para entender conflictos entre parejas con más de 25 años de casados, y que logro separar perfectamente las áreas familiares de mi vida del resto de ellas, pero estaría mintiendo. La semana pasada tuve que pedir un poco de distancia, y no ser incluida más como factor de desahogo para ninguno de mis padres. Pero entonces tienen razón. Pedir madurez para que los conflictos se resuelvan sin incluir a terceros probablemente sea velar por mis intereses. Estar consciente de que este tiempo es limitado, que no todo el tiempo voy a vivir aquí, con ellos, y que tengo que hacer lo mejor que pueda ahora, para que mi futuro sea el que sueño tener, ha de ser signo de no poder integrarme a una familia.
Hace varios años me di cuenta que se cometen numerosas atrocidades, diciendo que son en nombre del amor incondicional de tu familia. Decidí no dejarme engañar: no se puede querer a alguien cuando le haces tanto daño. O mejor dicho, la forma de expresar ese amor está trastornada, y llevar un mismo apellido no te condena a quedarte hasta ver qué tan lejos se puede llegar. Mi madre escogió a mi padre, y ha decidido quedarse con él miles de veces, probablemente lo haga miles de veces más. Pero yo no tengo a nadie que me escoja a mí. Que me cuide a mí. No es mi culpa si decido hacerlo por mí misma.
No es casualidad que el arquitecto que nos revisa el segundo proyecto de Diseño (un centro de visitantes en San Juancito) haya aparecido en cierta producción fílmica hondureña, en el papel de un profesor que envía a sus alumnos a un pueblo perdido, donde los esperan miles de tribulaciones y en última instancia, la muerte. Las sospechosas similitudes nos persiguieron a los 7 viajeros, durante todo el recorrido por esta aldea a casi 20 kilómetros de Valle de Ángeles, y sólo se fueron acrecentando a medida que pasaba el tiempo. En el cruce a Santa Lucía, mientras pasábamos junto a la casa a la orilla de la carretera, construida en adobe, de un arquitecto de la facultad, empezamos a escuchar un ruido extraño, y cuando se alejó la carcacha vieja que nos perseguía, supimos que era nuestro carro. Se había punchado una llanta.
Moisés no andaba llave de tuerca, así que fuimos en peregrinación a la casa del arquitecto a pedirle una. Pero extrañamente, la llanta de repuesto que había sido revisada el día anterior, hoy casi no tenía aire por que su boquilla estaba defectuosa. El dueño de la casa frente a la cual quedamos varados, se ofreció a llevar a los machos del grupo a un lugar donde pudieran echarle aire temporalmente. Continuamos hasta Valle donde repararon las dos llantas. Por alguna extraña maldición, el instante en que nos subíamos al carro, uno de mis compañeros se mareaba y yo me dormía.
Llegamos al Rosario, dos kilómetros después de San Juancito, una aldea donde vivieron todos los gringos dueños de las minas que hicieron ese cerro una de las zonas más importantes de su época. Cuando las cerraron, ese lugar murió por completo, y ahora el Rosario es un ecoalbergue para los visitantes de La Tigra.
Llegamos al Rosario, dos kilómetros después de San Juancito, una aldea donde vivieron todos los gringos dueños de las minas que hicieron ese cerro una de las zonas más importantes de su época. Cuando las cerraron, ese lugar murió por completo, y ahora el Rosario es un ecoalbergue para los visitantes de La Tigra.
Pero se pueden visitar por fuera las minas, ya sea en los senderos del parque, o en la aldea.
Las casas del Rosario son todas en madera, agringadas, pero muy bonitas. Tomamos miles de fotos, y algunos entraron a las casas en ruinas, pero tuvieron que salir huyendo de un enjambre de abejas africanas diabólicas que el guía del albergue nos había advertido que íbamos a encontrar.
Ya en San Juancito, la maldición nos perseguía: sólo había un comedor, con pollo de mala muerte. Esperábamos ver construcciones coloniales, pero en realidad no hay mucho que resaltar. Lo más interesante que existe ahora son las ruinas de la primera central hidroeléctrica de Centro América,
una tienda de souvenirs dentro de un bus, souvenirs que hacen en un taller bien bonito.
Escogimos un terreno para nuestro proyecto. Tendremos que imaginar que esa casa derrumbada desaparece.
Es muy curioso como ese pueblo parece abandonado, pero la gente está muy orgullosa de su historia y hasta de lo que es en la actualidad. Hay una fundación San Juancito para adultos, y una para jóvenes. Nuestro proyecto, que sería el primer lugar que visitarían las personas al llegar a él, funcionaría como un mini museo para que la gente entienda lo que está a punto de ver, y tiene mucho potencial.
El regreso fue digno de cualquier película de terror: Angel venía mareado, y todos en su celular tienen fotos mías en las que aparezco profundamente dormida, con la boca abierta.
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