08 July 2012

The stench of traveling

Debo rendirme a la evidencia luego de pasar seis días en París: soy una turista. Llevo seis días evitando todo tipo de espejos y superficies reflectoras. Conservo la esperanza que esta criatura ojerosa, de piel quemada y pelo espantado no sea realmente yo, o más realísticamente, que una noche de sueño reparador en casa pueda hacer milagros. Me veo como una turista, me muevo como una, me alimento como una, Dios, hasta huelo como una turista. Mi único punto a favor es que hablo el dialecto local. Todos los otros signos, sin embargo, resaltan mi condición de foránea.
Juro que esta no soy yo. Juro sobre lo más sagrado que poseo, mi libro de etiqueta de Emily Post, que normalmente uso faldas y zapatos cuyo aspecto estético supera su comodidad y que si no hiciera temperaturas tan extremas el delineador se quedaría en su lugar haciéndome parecer despierta. Desgraciadamente el turismo, lo he dicho antes, es una guerra: contra el tiempo, contra las masas humanas haciendo fila para entrar a los monumentos, contra el sol y la lluvia, contra la comida barata que se acumula en las caderas y la cara que descuartiza la billetera. Más aún, es una guerra contra la condición humana misma que pretende aniquilar el cansancio físico, comprimir mucho sueño en pocas horas y ver todo aunque no se comprenda nada. En el turismo se juega la vida, puesto que nunca se sabe cuándo se tendrá la oportunidad de volver. A cada caminata, con cada foto se pretende evitar un futuro arrepentimiento. Como ir a Nápoles y no comer en la pizzería de Michele; estar en Taipei y no subirse al último piso del 101. Hay que hacer todo, ver todo, probar todo o hay que atenerse a las consecuencias.
Somos seres espirituales pero mi cuerpo físico no puede caminar más y los rótulos de “A partir de este punto le queda una hora de espera” en una fila me provocan tics nerviosos. ¿Lo peor? Es que debería apuntar todo lo que vi y lo que hice porque está condenado a esfumarse y a dejar sólo recuerdos vagos donde lo vivido se enmaraña o se pierde.

I have to surrender to the evidence after spending six days in Paris: I’m a tourist. I’ve been avoiding for the last six days any kind of mirrors and reflecting surfaces. I still have hopes that this creature with deep bags under her eyes, burned skin and crazy hair isn’t really me, or more realistically, that a night of repairing sleep at home can work miracles. I look like a tourist, I move like one, I eat like one, God, I even smell like a tourist. The only point in my favor is that I speak the local dialect. All the other signs, however, make my situation as a foreigner stand out.
I swear that this isn’t me. I swear on the most sacred thing I own, Emily Post’s etiquette book, that I normally wear skirts and shoes whose aesthetic aspect is surpassed by its comfort and that if the temperatures weren’t that extreme the eye liner would stay in its place making me look as if I was awake. Unfortunately tourism, I’ve said it before, is a war: against time, against the hordes waiting in line to go inside a historical building, against the sun and the rain, against cheap food that accumulates on your waist and expensive one that tears apart your wallet. Even more, it’s a war against the human condition itself that aims at annihilating physical exhaustion, at compressing a lot of sleep in a few hours and at seeing everything even though you won’t understand anything. When you’re a tourist your life is at stake since you never know when you’ll be able to go back. With every walk, with every picture you try to avoid future regrets. Like going to Naples and not eating at Michele’s pizzeria; being in Taipei and not climbing to the 101’s last floor. You have to do everything, see everything, taste everything or face the consequences.
We are spiritual beings but my physical body cannot walk anymore and the signs of “From this point on you have to wait one hour in line” give me motor tics. The worse part? I should write everything I saw and did because it’s doomed to evaporate and leave behind only vague memories where the experiences get tangled up or get lost.

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