06 September 2011

What I liked about Taiwan: one post is not enough but I’ll try to contain myself

Me preguntaron hace poco qué fue lo que me gustó de Taiwán. Habré dado una respuesta improvisada que no hace honor a la experiencia que tuve, así que me quiero redimir por escrito, como siempre.

Para empezar, la comida me pareció magnífica. No, no se comen perros o reptiles, o animales extraños como mucha gente erróneamente se imagina. La comida es una variedad impresionante de frutas y verduras como sólo el trópico sabe producir, productos para que los amantes de los mariscos y del pescado vivan placeres extremos, carnes exquisitas, arroz y fideos de todos los tipos y en todas las presentaciones: hasta me traje bolsitas de fideos fritos que se pueden comer como golosinas sin necesidad de cocinarlos. Cambiaría cualquier día los churros y las papas fritas por esos fideos, las galletas de arroz y las hojas de alga fritas con sabor a wasabi. Y si Cleopatra se bañaba en leche, yo decidiría bañarme en salsa soya: nunca hay demasiada y nunca me cansaré de ella. Pero más que el sabor exquisito de la comida –porque allá la comida tiene sabor, la prevención de la hipertensión tiene que surgir de otras fuentes afortunadamente- me encantó la concepción y el lugar que tiene la comida en su cultura. He conocido lugares donde la comida la han convertido en algo tan horriblemente complicado y elitista que le han quitado hasta su función original, sólo hay que ver las porciones minúsculas de los restaurantes gourmet. La comida en Europa es tan cara que salir a comer afuera es un acto snob donde gran parte del disfrute es que lo miren a uno sentado en un café o en un restaurante y ese hecho puede llegar a ser más importante que la calidad de la comida en sí. En Taiwán se come en cualquier esquina, en cualquier mercado y a cualquier hora; la comida es baratísima y en cualquier lado, hasta en, o mejor dicho sobre todo en los más modestos, se encuentran platillos riquísimos. No se tiene que gastar mucho, no tiene nada de especial, es puro disfrute reducido a su esencia primordial y liberado de cualquier imagen o falsa apariencia.

Las personas me parecieron absolutamente adorables y acogedoras. Todos los chicos con los que hablé del programa coincidían en que sus familias habían sido excelentes, atentas hasta en los más mínimos detalles y nadie pudo nunca pagar algo, o invitar a algo a las familias, ellos siempre pagaron todo aunque se nos dijo desde un principio que no estaban obligados de ninguna manera a hacerlo, fue una muestra más de su generosidad. Yo hasta sentía vergüenza por todas las veces que la familia me invitaba a comer y a salir, a pesar de mi insistencia por que yo los invitara por una vez. Y me sentí muy conmovida por la manera en que trataron de superar las barreras del idioma para hacerme sentir como en casa. No podría dejar de mencionar a la gente que trabajó en el programa: todos los voluntarios que conocimos fueron increíblemente serviciales y a pesar de la agenda ajetreada, del cansancio y de los contratiempos fueron siempre pacientes y genuinamente simpáticos. Yo creo que ellos estaban más emocionados que nosotros, que andábamos eufóricos de por sí, por compartir con nosotros y mostrarnos su país.

Sin embargo, de todas las cosas, creo que lo que más me fascinó de Taiwán es cómo es un mundo completamente distinto del que estoy acostumbrada. Las diferencias en escritura y en idioma me hicieron sentir totalmente desubicada y tenía necesariamente que hacer prueba de mucha intuición y pedir ayuda, algo que afortunadamente siempre obtuve con la mayor gentileza posible. Me sentía como una niña pequeña otra vez, descubriendo un universo totalmente novedoso, una forma de pensar, de construir edificios, de concebir el mundo y hasta de vestirse que me dejó maravillada. A veces me da la impresión que la globalización, más que cambios económicos y culturales está acarreando la homogeneización de los países, de las ciudades. Es como si lo único que nos va a distinguir el día de mañana va a ser lo que nuestros antepasados construyeron porque todos vamos a tener las mismas tiendas, los mismos restaurantes, las mismas empresas. Obviamente Taiwán no podrá escaparse de esa ola, pero estoy segura que tiene muchas cosas propias y únicas que van a integrar a esos elementos para poder así combatir mejor la corriente devastadora de la repetición.

A pesar de la novedad, en muchas cosas Taiwán me recordó a Honduras. Pequeñas cosas como el clima, los tipos de frutas y verduras; otras como la casa de mi familia de acogida que me hizo añorar la de mis abuelos. Pero en aspectos más grandes como la forma en que le damos importancia a la familia y en cómo la tradición nos forma, pero a veces también nos amarra. También tenemos en común la manera en que recibimos y atendemos a los extranjeros, con gran curiosidad y con amistad incondicional, a veces en nuestro detrimento cuando ellos no están a la altura de nuestra bondad –que en el caso de Honduras sucede muy a menudo-.

Extrañamente, Taiwán resultó ser en cierta forma como yo tenía la imagen que era: un país con deseos de definirse ante el mundo bajo sus propios términos, que trata de crecer en este mundo moderno y complicado pero con los pies bien anclados en sus propias tradiciones. Es un país que entiende que no es a través del aislamiento que se prospera sino a través de la apertura, a través de confrontarse a diferentes escenarios, personas, culturas. Cuando lo pienso bien, es algo muy atrevido traer a doscientos cincuenta personas distintas a conocer el país sabiendo por adelantado que todos van a disfrutar de la experiencia: tienen mucha confianza en sí mismos, pero tienen razón de tenerla. Además, emprendiendo acciones como esta el país demuestra abogar por lo que yo quisiera que muchos comprendieran: es el arte, la cultura la que nos define, nos construye y nos hace crecer, incluso de manera económica.

En conclusión, la experiencia fue aún mejor de lo que imaginé que iba a ser y tenía altas expectativas de por sí. Siento a partir de ahora una profunda admiración, respeto y amistad por Taiwán y espero verdaderamente regresar algún día, ojalá con mejores nociones de mandarín para poder pedir mejor en los restaurantes y aprender sobre sus costumbres. Estoy muy agradecida por haber tenido la oportunidad de ir y espero haber podido transmitir mi sincero entusiasmo a otros por este hermoso lugar.

DSC08019DSC08204DSC08052 DSC08053DSC08056DSC08095DSC08097DSC08417DSC08421DSC08382DSC08112 DSC08384DSC08720DSC08850DSC08036DSC08038DSC08023

                                                                     

I was recently asked what I liked about Taiwan. I must have given an improvised answer that doesn’t honor the experience I had, so I want to redeem myself through writing.

For starters, the food was magnificent. No, you don’t eat dogs or reptiles, or strange animals as many people wrongly believe. The food there is an impressive array of fruits and vegetables as only the tropic can produce, products so that seafood lovers can experience extreme pleasures, exquisite meats, rice and noodles of every kind and in all presentations: I even brought little bags with fried noodles that you can eat as snacks without cooking them. I would trade any day potato chips for those noodles, rice cookies and fried seaweed with wasabi flavor. And if Cleopatra had milk baths, I would decide to have them in soy sauce: there is never enough and I will never get tired of it. But even more than the exquisite taste of the food –because there the food has taste, preventing hypertension fortunately has to come from other sources- I loved the concept and the place food has in their culture. I have known countries where food has become this horribly complicated and elitist thing and has even been deprived of its original function, just look at the tiny servings you get in a gourmet restaurant. Food in Europe is so expensive that eating outside is a snob thing to do and great part of the enjoyment comes from being seen seating at a café or a restaurant and that can be more important than the quality of the food itself. In Taiwan you can eat anywhere, in every corner, in every market and at anytime; food is extremely cheap and even in, or especially in modest places, you can find delicious meals. You don’t have to spend much, it doesn’t have anything special: it’s pure joy reduced to its primal essence and free of any image or false appearance.

The people were absolutely adorable and welcoming. Every kid in the program whom I talked to told me that their host families were excellent, attentive even in the tiniest detail and no one was allowed to pay for anything or invite to anything to the families; they always payed for everything even though we were told from the beginning that they were not forced to do so, it was just another proof of their generosity. I was even embarrassed for all of the times my host family invited me to eat or go out, in spite of my insistence to invite them for once. And I felt so moved by how they tried to overcome the language barriers to make me feel at home. I also have to mention the kids that worked for the program. All the volunteers we met were so thoughtful and even though they had an overbooked agenda, they didn’t get much rest and had to face many obstacles they were always patient and genuinely nice. I think they were even more excited than us, and we were euphoric to begin with, to share with us and show us their country.

Nonetheless, of all things, I think what I liked the most about Taiwan was how it is a whole different world that the one I’m used to. The differences in writing and speaking made me feel completely misplaced and I had to use my intuition the better way I could and ask many times for help, something thankfully others responded with most kindness. I felt like a kid again, discovering a new universe, a new way of thinking, of building, of conceiving the world and even of dressing up that I was blown away by. Sometimes it seems that globalization, more than bringing about economic and cultural change is also carrying a homogenization of the countries, of the cities. It’s like the only thing that will distinguish all of us in the future will be what our ancestors have built in the past because in the future we will all have the same stores, the same restaurants, the same companies. Obviously Taiwan won’t get away from this trend, but I’m sure that they have many things that belong to them that are unique and that will be integrated to those elements and that way they will be better able to fight the devastating current of repetition.

However, in the midst of the novelty, many things in Taiwan reminded me of Honduras. Little things like the weather, the kinds of fruits and vegetables; others like my host family’s house made me long for my grandparent’s. But some bigger aspects like the way we also care very much about family and how tradition forms us but sometimes holds us back as well. We also have in common the way we receive and treat foreigners, with great curiosity and unconditional friendship, sometimes not for the best when they are not up to our kindheartedness –something which happens a lot in Honduras-.

Strangely, Taiwan turned out to be as I thought it would be: a country with a great desire to define itself to the world in their own terms, one that tries to grow in this modern and complex world with their feet rooted in their traditions. It’s a country that understands that it’s not through isolation that prosperity will come but instead through openness, through facing different scenarios, people and cultures. When I think about it, it’s very daring to bring two hundred and fifty different people to discover the country knowing in advance they will all enjoy the experience: they have a lot of confidence, but they are right to be this way. Besides, by organizing activities such as this one, the country shows that it believes what I would like so many people to understand: it’s art and culture that define us, build us and make us grow, even in an economic way.

In the end, the experience was even better that what I imagined it would be and I had great expectations for it. I feel a deep admiration, respect and friendship for Taiwan and I sincerely hope to go back someday, hopefully with better notions of Mandarin so that I can order better in restaurants and so I can learn more about their culture. I’m very grateful to have had the opportunity to go there and I hope to have been able to share my genuine enthusiasm with others about this wonderful place.

3 comments:

  1. Leyendo el post, la primera parte no podía dejar de imaginarme a Anthony Bourdain recitándola, y me encanta cómo habló sobre la importancia que le dan a sus tradiciones y cultura. Las fotos son geniales!

    ReplyDelete
  2. Marcela! Your blog is absolutely magical, I love reading your indepth analysis of everything, with such a talent for written Spanish that I aspire to have. Great blog post - I'm hooked!

    ReplyDelete
  3. Muchas gracias Carlos! Es un gran cumplido viniendo de vos. Me han fascinado tus blogs también, el del viaje y el de la librería!!! ^^

    ReplyDelete