18 February 2021

Una oda a mis plantas

 

Plants

No creo que mi amiga Paula se imaginaba el impacto que iba a tener cuando un día me mandó un mensajito sugiriéndome que fuera a una venta efímera de plantas que iba a tener lugar en Lyon en los días siguientes. Le hice caso, invité a una amiga, convencí a Jacques que viniera también y mi vida cambió por completo.


Llegamos temprano el sábado por la mañana porque Paula me había advertido que llegaba mucha gente a estos eventos. Pero no me esperaba la fila que rodeaba toda la cuadra, digna de una discoteca a la moda. Nos tocó esperar afuera más de una hora y efectivamente, el lugar estaba repleto. Rápidamente entendí por qué: había muchas especies de plantas y la mayoría muy baratas. Yo no sabía nada de plantas en aquella época, así que me traje las que me parecían más bonitas, unos cactus que creía iban a durar para toda la eternidad y una menta y una albahaca para poder cocinar.


Fue allí donde empezó mi obsesión. Para saber cómo las tenía que regar, comencé a investigar sobre los nombres de las plantas, sus orígenes y cuidados. Y poco a poco me di cuenta que estaba lejos de ser la única interesada en las plantas, esto es un verdadero fenómeno generacional. Alquilé libros en la biblioteca municipal: guías de horticultura, libros de decoración interior con plantas y relatos sobre su evolución, su inteligencia y hasta cómo comunican. El libro “Urban Jungle” me hizo descubrir la cuenta instagram “Urban Jungle Bloggers”, que me llevó a Summer Rayne Oakes y su espléndida cuenta de youtube. Summer Rayne tiene más o menos mi edad, se graduó de estudios ambientales en Cornell y tiene su casa en Brooklyn llena de más de mil plantas. Le han hecho varios artículos y reportajes en la prensa y desde hace unos años hace videos sobre cómo cuidar plantas en interiores según las diferentes especies y también hace visitas de jardines botánicos y de viveros. Es tanto metódica y científica, dando por ejemplo los nombres en latín de las plantas, como también carismática.


Summer Rayne promueve los “plant swaps”, eventos para intercambiar plantas, y buscándolos en Francia encontré páginas locales de facebook. Después dar mis primeros pininos en propagación pude intercambiar algunos esquejes. Los fines de semana iba a correr escuchando el podcast “On the Ledge” de Jane Perrone, que discute de una especie por episodio. Instalé cortinas en el apartamento, que abría o cerraba según las necesidades de las plantas a lo largo del día.


Empecé con unas cuantas plantas, pero seguí yendo a otras ventas efímeras, así como a tiendas especializadas de plantas más difíciles de conseguir. Empezaron ocupando un rincón en el salón y poco a poco fueron colonizando la cocina y el cuarto. Las observaba minuciosamente para ver si un espacio les resultaba mejor que otros. Obviamente intenté hacer germinar semillas de aguacate y milagrosamente lo logré, resultando en dos plantas grandes y muy bonitas que me recuerdan mi país. Al principio les ponía nombre a las plantas, pero después tenía demasiadas como para acordarme.


Una de mis primeras adquisiciones fue una Ficus elastica que empezó con tres hojitas. En Lyon creció un poco, pero cuando me mudé a París se convirtió en un verdadero árbol, seguramente porque le encantaba el sol directo de la mañana desde mi ventanal orientado al este y sin cortinas. De esa primera compra obtuve también la Maranta leuconera, una de mis favoritas no solo por sus colores, sino porque se abría y se cerraba con el pasar del día. No tenía ni idea que había plantas que hacían eso.


Me regalé de cumpleaños una preciosa Calathea orbifolia, que la pasó muy mal cuando la dividí porque estaba creciendo demasiado. Una de las divisiones no pudo sobrevivir después de meses de agonía. Tuve más suerte al dividir mi Pilea peperomioides, así que tenía la planta madre que crecía de forma muy extraña y que tenía que sostener con dos palitos chinos, pero sus hijas estaban creciendo bien.


Jacques me regaló una Peperomia piccolo banda, que logré reproducir y hasta intercambiar, aunque se me rebeló cuando le cambié macetera. Mejor la hubiera dejado donde estaba. Su mamá le había comprado una Spathiphyllum cuando se mudó a Lyon y era una planta verdaderamente resistente. Por años la regamos un poco al azar y no entiendo cómo sobrevivió cuando la dejamos por nueve meses con un amigo que fijo no le paró bola en todo ese tiempo. Cuando se volvió gigante la separé y las dos florecieron.


Tenía una hermosa Draceana marginata con unas hojas verdes brillantes. Me encantaba decirle a todo el mundo que mi Dieffenbachia maculata es extremadamente venenosa. Te puede dejar ciego si la savia te toca los ojos o mudo si te la llevás a la boca. Todavía me acuerdo de mi felicidad cuando al fin conseguí mi Monstera deliciosa gracias a un intercambio en mi cuadra. Corrí el mismo día a conseguirle un poste y crecía tan bien, dándome hojas con fenestraciones. Me encantaba levantarme en las mañanas para ver mi linda Oxalis triangularis recibir el sol con sus hojas abiertas, que se cerraban al llegar la noche. Y me daba mucha risa cuando me levantaba tarde, pero ella estaba abierta aunque el cuarto estuviera oscuro todavía, como si me dijera que el día no esperaba a nadie.


Tenía una Aloe vera que supuestamente no se tiene que regar en invierno y se me deshidrató, pero por suerte solo perdió unas cuantas ramitas. Cuando la dejé estaba creciéndole un retoño que me moría por ver crecer para separarlo en su propia macetera. Mi suegra me regaló unos esquejes de Tradescantia zebrina que a ella le crecían de forma frondosa y a mí se me estiraron de forma muy poco estética. Me compré una Tradescantia spathacea que se alargó demasiado y le corté la parte superior que volví a plantar, pero volvió a alargarse. La estrella de la casa era nuestra Dionea muscipula, nuestra planta carnívora que llamamos “Michonne” como el personaje de Walking Dead. Tuve que leer un libro para cuidarla y estaba preparada psicológicamente para que no sobreviviera, porque supuestamente son muy difíciles de cuidar en especial para principiantes. Pero le conseguimos su macetera de plástico, su turba de esfagno, le teníamos una reserva de agua desmineralizada y siempre estaba en el sol directo. No solo sobrevivió, sino que crecía muy bien. Me dolió tanto separarme de ella.


Tuve menos suerte con los cactus. Se me murieron varios, incluso un gordito peludo que me encantaba. Pero es que descubrí que mi amor puede ser sofocante y ellos no soportan el riego excesivo que eso conlleva. Mi albahaca y mi menta se infestaron de insectos y los boté por miedo a que me contaminaran las demás. Por suerte no volví a tener más accidentes de ese tipo. Nunca más de la vida me vuelvo a comprar suculentas. Tenía una Echeveria que no le gustaba el sol directo, pero se me estiró y se miraba horrible. Tenía hasta ganas de botarla al final.


Mis hermosas plantas, mis bebés como las llamaba. Me las traje a París desde Lyon, aunque ocuparon la mitad del camión. Me ayudaron a sobrellevar la búsqueda de empleo y los confinamientos. Me enseñaron mucho sobre sobrevivir a los cambios, sobre adaptarme a un entorno, pero también sobre reclamar mejores condiciones cuando es necesario. Me hicieron darme cuenta que necesitaba cuidar de algo vivo por mi propia salud mental. Las saludaba al llegar al apartamento y me alegraba estar en mi casa para estar con ellas. A veces me parecía una lata regarlas, pero otras veces era lo más cercano que tenía a la meditación. Cuando me vine a los Estados las tuve que llevar a la casa de mi suegro a Bretaña. Ahora no me atrevo a preguntar cómo están porque yo sé que nadie las conoce, ni las puede cuidar o querer como yo lo hice. Y aquí no puedo tener plantas porque tenemos alfombra y porque solo vamos a estar diez meses. Pinche país estéril.


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I do not think that my friend Paula had imagined the impact that she was going to have on me when one day she sent me a text message suggesting that I go to a plant pop-up store that was going to open in Lyon in the following days. I listened to her, invited a friend, convinced Jacques to come too and my life changed completely.


We arrived early on Saturday morning, since Paula had warned me that a lot of people came to these events. But I certainly did not expect a queue around the entire block, worthy of a hip nightclub. We had to wait outside for more than an hour and, indeed, the place was packed. I quickly understood why: there were many species of plants and most of them very cheap. I did not know anything about plants at the time, so I brought the ones I found the cutest, some cacti I believed were going to last forever and a mint and a basil to cook.


That is how my obsession started. To know how I should water them, I started doing some research on the names of the plants, their origins and their care. And little by little I realized that by far I was not the only one interested in plants: this is a true generational phenomenon. I rented books in the municipal library: horticulture guides, books on interior decoration with plants, and books on their evolution, their intelligence and even on how they communicate. The book “Urban Jungle” made me discover the “Urban Jungle Bloggers” instagram account, which brought me to Summer Rayne Oakes and her splendid youtube account. Summer has more or less my age, graduated from environmental studies in Cornell and has her house in Brooklyn filled with more than a thousand plants. There are many press articles and news segments on her and for a few years now she has been making videos on how to take care of the different species of houseplants and on guided tours of botanical gardens and plant nurseries. She is as methodical and scientific, for instance by giving the plants’ names in Latin, as she is charismatic.


Summer Rayne promotes “plant swaps”, events to exchange plants, and looking for them in France I found local facebook pages. After making my first steps on propagation I exchanged some cuttings. On the weekends, I went running while listening to the podcast “On the Ledge” by Jane Perrone, who discusses a single specie per episode. I installed curtains in the apartment, which I opened or closed depending on the plants’ needs throughout the day.


I started with a few plants, but I kept going to other ephemeral sales, as well as to specialized stores that had plants that were more difficult to obtain. They started occupying a small corner in the living room and they soon started colonizing the kitchen and the bedroom. I observed them meticulously to see if one room suited them better than another. Obviously, I attempted to germinate avocado seeds and miraculously I succeeded, resulting in two big and very nice plants that remind me of my home country. At first, I named my plants, but then they became too numerous to remember their names.


One of my first acquisitions was a Ficus elastica that started with a mere three leaves. In Lyon it grew a little, but when I moved to Paris it became a veritable tree, surely because it loved the direct sunlight from the morning in my large window oriented to the east and with no curtains. From that same first sale I also got my Maranta leuconera, one of my favorites, not only because of its colors, but also because it opened and closed as the day went by. I had no idea that there were plants capable of that.


For my birthday, I gave myself a beautiful Calathea orbifolia, which had a hard time adjusting after I divided it because it was growing too much. One of the divisions did not survive after months of agony. I had better luck when dividing my Pilea peperomioides, so I had the mother plant, which grew in a very strange manner to the point that I had to hang it with chopsticks, but its daughters were growing up quite nicely.


Jacques gave me a Peperomia piccolo banda, which I managed to propagate and exchange, even though it became quite angry when I changed its pot. I should have left her in her nursery one. His mother had bought him a Spathyphyllum when he moved to Lyon and it was a very resistant plant. For years we watered it with no system whatsoever and I do not understand how it survived when we left it with a friend for nine months, whom we are sure did not paid any attention to it that entire time. When it became gigantic, I divided it and both divisions flowered.


I had a beautiful Draceana marginata with the lushest green leaves. I loved telling people that my Dieffenbachia maculata was extremely poisonous. It can leave you blind if the sap touches your eyes and mute if it touches your mouth. I still remember how happy I was when I got my Monstera deliciosa in an exchange in my neighborhood. The same day I ran to buy a pole for it and it was growing nicely, giving me fenestrated leaves. I loved waking up in the morning to see my beautiful Oxalis triangularis greet the sun with its open leaves, which closed at night. And it was so funny when I woke up late, but its leaves were open even though the room was still dark, as if it was telling me that the day waits for no one.


I had an Aloe vera that I was not supposed to water during the winter and got dehydrated, but luckily, it only lost a few branches. When I left it, it had a pup growing up, which I was dying to see grow up to put it in its own pot. My mother-in-law gave me cuttings of her Tradescantia zebrina, which grew so well for her, but they ended up elongated in a very un-aesthetic manner for me. I bought a Tradescantia spathacea that also elongated, so I cut its top and planted it again, but it elongated once more. The star of our house was our Dionea muscipula, our carnivorous plant we called “Michonne”, like the character in the Walking Dead. I had to read a book to learn how to take care of it and I was psychologically prepared for it not to survive, as they are supposedly very difficult to take care for beginners. But we bought it a plastic pot, sphagnum, we had a reserve of distilled water and it was always in direct sunlight. Not only did it survive, but it grew very well. I had such a hard time leaving her.


I was less lucky with cacti. Many of them died, even a small fat and hairy one that I loved very much. But I discovered that my love can be suffocating and they cannot stand the excessive watering it entails. My basil and mint were infested with bugs and I threw them out fearing they would contaminate the rest. Thankfully I had no more accidents of the sort. I will never buy succulents again in my life. I had an Echeveria that did not like direct sunlight, but it ended up etiolated and looked horrible. I was thinking of getting rid of it in the end.


My beautiful plants, my babies as I used to call them. I brought them to Paris from Lyon, even though they occupied half of the moving truck. They helped me overcome the job search and the lockdowns. They taught me a lot about surviving change, about adapting to a new environment, but also about reclaiming better conditions when it is necessary. They made me realize that I needed to take care of another living being for my mental health. I greeted them whenever I came home and I was glad to stay in to be with them. Sometimes it was a drag to water them, but other times it was the closest I was to meditating. When I came to the States I had to take them to my father-in-law in Brittany. Now I do not dare asking how they are doing, because I know that nobody knows them, nor can take care of them or love them as much as I did. And here I cannot have plants because we have a rug and because we will only stay ten months. Such a sterile country.


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