05 September 2012

London’s Olympic fever

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Vamos a regresar un poco en el tiempo para recordar todos esos viajes que hice y que nunca pude compartir hasta ahora. El último viaje que hice, la semana antes de regresarme fue a Londres, entre el 6 y el 11 de agosto, es decir justo en los últimos días de los Juegos Olímpicos.

Con semejante evento yo me esperaba una ciudad caótica entre un mar de gente, pero debo decir que hicieron un trabajo excepcional para dirigir y controlar las masas, especialmente en los transportes. Desde que uno llegaba a la estación de tren era recibido con paletas gratis, por toda la ciudad andaban cientos de voluntarios repartiendo mapas, dando direcciones y simplemente respondiendo preguntas. Se sentía un ambiente festivo, la gente estaba particularmente amable y uno se sentía muy feliz de estar allí.

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Tuve la interesante experiencia de hospedarme en casa de una familia inglesa durante mi viaje. La familia propone en alquiler uno de los cuartos de su casa en una página de internet y uno convive con ellos. La casa estaba un poco alejada del centro y había que tomar el metro y luego un bus, no que me queje de andar en el segundo piso de uno de esos buses. Afortunadamente la familia era muy simpática, una pareja de señores con una hija de tres años y un hijo universitario. Hasta nos invitaron a cenar la primera noche. Fue una suerte haberlos encontrado porque, obviamente, todos los hospedajes estaban muy caros en esa época y realmente, en esas ciudades encontrar algo barato y decente en el centro es misión imposible.

Me gustó mucho que en Londres la entrada a los museos son gratis, pero hay que aclarar: la entrada a las colecciones permanentes. Hay que pagar para ver las exposiciones temporales y es extremadamente caro, por lo que tendré que esperar para finalmente ver obras de Damien Hirst en vivo. Es igual para entrar a los otros monumentos, los precios son exagerados. Casi me muero al ver el precio para entrar a la abadía de Westminster, pero es un lugar que no se puede dejar de visitar y vale la pena. Por mala suerte no dejan tomar fotos al interior. Extrañamente, uno de los lugares más caros para entrar es el palacio de Buckingham, no particularmente una atracción indispensable pero tendré que ir en el futuro.

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Puedo decir que después de muchos años de despotricar contra lo absurdo de tener monarquías en pleno siglo XXI – y eso que soy una fan del mundo de las celebridades – creo que finalmente encontré algo de atractivo e interesante a tener una reina, príncipes y toda la parafernalia real. Londres está atiborrado de lugares donde se venden recuerditos de la familia real y se encuentran varias exposiciones sobre cualquier cosa que tenga que ver con ella: los sesenta años del reinado de Elizabeth II, su juventud, sus joyas, etc. Se llega a un punto de saturación que se vuelve algo normal, por un momento se entiende que los ingleses quieran inscribirse dentro de un linaje que ha durado muchos siglos y al final, la realeza es una atracción turística como cualquier otra.

Me encantó la comida porque a pesar de que no soy una gran entusiasta del pescado sí lo soy de todo lo que es frito y grasoso. Comí fish and chips hasta la saciedad, hamburguesas vegetarianas y con carne, el desayuno tradicional de salchichas, huevo, papas ralladas y tostadas y tomé cerveza y cidras en cantidades que enorgullecerían a Homero Simpson. Hasta aproveché para ir a cenar al barrio chino.

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DSC04873Naturalmente, adoré la zona de las tiendas de Oxford Street y Regent Street. Mientras mis amigos fueron a ver partidos al Estadio Olímpico, yo aproveché para perderme entre las hordas de mujeres en Primark, Forever 21 y Topshop. Yo que solía ver con admiración la calle Sainte-Catherine en Bordeaux que es la avenida peatonal comercial más larga de Europa; ni se compara a esas calles llenas de gente, luces, carros y tiendas. Es sencillamente impresionante.

Como buena arquitecta, hice el peregrinaje al número 30 de Saint-Mary Axe, donde se encuentra el edificio en forma de pepino de Norman Foster. Sí se parece a la Torre Agbar de Jean Nouvel en Barcelona, pero si tuviera que elegir prefiero la de Foster, con sus vidrios de colores de forma trapezoidal como su acceso.

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Rodeada de franceses, terminé afuera del “Club France”, el local donde se transmitían las noticias deportivas para la televisión francesa y el lugar donde por las noches los franceses podían ir a ver los partidos y las competencias de sus compatriotas, además de festejar con los atletas que llegaban.

En fin, me traigo de Londres sólo buenos recuerdos y quedé contagiada con la fiebre olímpica al punto que vi en la tele la ceremonia de clausura. Para ser honesta, sólo me interesaba ver a las Spice Girls reunirse, pero lo demás estuvo muy bien igualmente.


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We are going to go back in time a little bit to remember all those trips I did and I could never share until now. The last trip I was able to do, the week before I came back, was to London, from August 6th to the 11th, which was in the Olympic Games’ last days.

With such a huge event I expected to find a chaotic city submerged in an enormous crowd but I must say they did an exceptional job directing and controlling the masses, especially in the public transportation. Since you arrived to the train station you were greeted with free lollipops, all over the city there were hundreds of volunteers giving away maps, orienting people and just answering questions. You felt the festivities in the air, the people were particularly nice and you just felt happy to be there.

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I had the interesting experience to stay in an English family’s home during my travel. The family offers to rent one of the rooms in their house through a website and you live with them. The house was a little far away from the city’s center and you had to take the tube and then a bus, not that I’m complaining to ride in the second floor of one of those buses. Fortunately the host family was very nice, a middle-aged couple with a three year-old daughter and a son in college. They even invited us to dinner on the first night. We were lucky to find them because, obviously, all accommodation was very expensive at the time and in those cities to find something cheap and decent in the center is an impossible mission.

I liked the fact that in London the entrance to the museums is free, but this needs to be clarified: the entrance to the permanent collections. You must pay to see the temporary exhibitions and those are extremely expensive, so I’ll have to wait to finally see Damien Hirst’s pieces live. It’s the same with other monuments; the prices are over the top. I almost had a heart attack when I saw the cost of visiting Westminster Abbey, but it’s a place you have to see and it’s worth it. Unfortunately, they don’t allow taking pictures on the inside. It was very weird that one of the most expensive places to visit is Buckingham palace, not a particularly indispensable attraction but I’ll have to go in the future.

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DSC05067I can say that after many years of complaining at how absurd it is to have monarchies in the XXIst century – even though I’m obsessed with celebrities – I think I finally understood the attraction and the interest in having a queen, princes and the whole royal paraphernalia. London is packed with places where you can buy souvenirs of the royal family and you can find many exhibits concerning every little detail of it: the sixty years of Queen Elizabeth’s reign, her youth, her jewelry, etc. It reaches a point of saturation and then it becomes normal, for a moment you understand why the English would want to inscribe themselves in a lineage that has lasted many centuries and in the end, royalty is a touristic attraction like any other.

I loved the food because in spite of not being a great enthusiast of fish I love everything deep-fried and greasy. I ate fish and chips as humanly as possible, vegetarian and meat-burgers, the traditional breakfast with sausages, eggs, hash brown and toast and I drank so much beer and cider I know Homer Simpson would be proud. I even had dinner at Chinatown.

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Naturally, I loved the shopping district of Oxford Street and Regent Street. While my friends went to see some games at the Olympic Stadium, I got lost amongst the hordes of women in Primark, Forever 21 and Topshop. I used to watch with such admiration Sainte-Catherine Street in Bordeaux, which is Europe’s largest pedestrian commercial avenue; it can’t compare to those streets filled with people, lights, cars and stores. It’s just impressive.

Like any good architect, I did the pilgrimage to the 30 in Saint Mary Axe, where Norman Foster’s cucumber-like building is located. It does look like Jean Nouvel’s Agbar Tower in Barcelona, but if I had to choose I prefer Foster’s, with its multicolored glasses shaped like trapezoids, such as its entrance.

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Surrounded by French, I ended up outside of the “Club France”, the place where the French sports journalists reported for the French TV and the club where at night the French could see the competitions, while hanging out with the athletes who were there.

In the end, I only have good memories from London and I even caught the Olympic fever to the point where I watched the closing ceremony on TV. To be honest, I only cared to see the Spice Girls reunited, but the other stuff was nice too.

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1 comment:

  1. Super post!Elles sont magnifiques les photos!
    Angela Donava
    http://www.lookbooks.fr

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