Después de muchos intentos al fin lo logró. Me convenció de que la reencarnación es técnicamente imposible.

Que chasco.

Me encantaba pensar que yo ya conocía a todos mis amigos y familiares desde hace muchas vidas, que alguna vez fui hombre, que había vivido en otros países, y que había tenido miles de otras vocaciones, antes de la que tengo ahora, que dormían en mi subconsciente, en espera de Brian Weiss para descubrir cuáles eran.
Ahora no tengo nada que esperar después de la muerte; ninguna posibilidad de volver a ver a mi abuelo o de conocer a la bisabuela de la que heredé mi horrendo segundo nombre. Tampoco voy a tener oportunidad de andar con los miles de actores con los que me habría gustado vivir un tórrido romance.

¿Por qué? ¿Por qué tenía que venir a bajarme de la nube en la que flotaba? Yo era tan feliz… Creía que podía darme el lujo de desperdiciar esta vida por que sencillamente me faltaban muchas por saldar, en las cuales iba a poder recuperar el tiempo perdido.

Si todos somos uno, como partículas de un sólo Dios, la individualidad es ilusoria, y al morir, nuestro cuerpo se desintegra, pero lo que sea que queda después se reúne con el resto de esa gran alma, de la que pareciera que estamos desconectados. Por lo tanto, yo no puedo renacer en otro cuerpo, por que sencillamente no soy un ser único, ni estoy separada de los demás. Así es como lo he entendido por lo menos. “Lo que llamamos reencarnación es una especie de memoria colectiva”.

Todo indica que no tengo otro remedio que vivir como si fuera a morir mañana.
Estos últimos meses he tenido la espina de ver cómo me alejaba cada vez más de una amiga, con quien fui muy cercana desde que entré a la facultad, hace tres años. Todo empezó cuando me di cuenta que la increíble confianza que yo tenía en ella, no era recíproca, y que otra amiga que teníamos en común había tomado mi lugar, o mejor dicho, adquirido el que yo creía tener.

Con mi mejor amiga de toda la vida también pasó algo similar. Nos conocemos desde que tenemos uso de razón, la respeto, la admiro y la adoro con toda el alma, pero ella no me busca cuando tiene problemas. Ella no me cuenta qué hay de nuevo en su vida, nunca me llama para tener una plática profunda sobre el significado de su existencia, o de la mía. Y ahora tiene otros amigos que son con los que sale a tomar café y relatar sus más recientes aventuras.

Cuando esas cosas me pasaban tenía tendencia a preguntarme qué era lo que yo estaba haciendo mal. Soy una descarada exhibicionista emocional y que la gente fuera reservada conmigo me parecía un signo de desconfianza, de indiferencia. Tuve que aprender a aceptarlo. No puedo exigir de los demás cierto comportamiento; puedo dar, pero no esperar recibir nada a cambio. He tenido la fortuna de encontrar ciertos amigos con quien pareciera que nos conocíamos antes de habernos visto. Y en vista de las circunstancias pasadas, me pregunto qué camino va a tomar nuestra amistad. Por que he descubierto que no es la cotidianidad lo que refuerza un lazo: la rutina no garantiza nada. Hay amigos que están a lo lejos que me encantaría que supieran que nunca me olvido de ellos, y que comparto sus tristezas y sus alegrías. Suena gastado, pero es cierto.

A pesar de las distancias, a pesar de las nuevas interacciones que conlleva la madurez, son necesarios los amigos cercanos. No los que se limitan a acompañarte al cine y se toman una cerveza contigo, sino los que te toman de la mano y se preocupan por mantener una conexión, por evolucionar junto a ti, por enseñarte y aprender, por verte vivir y no enterarte una vez al mes de cómo te ha ido. He dejado de esperar que esas personas permanezcan conmigo toda la vida, o que sea una sola persona y borrar al resto de la humanidad del mapa. Son diferentes personas para diferentes etapas. Agradezco mucho a las que tengo en este momento. A veces olvido que eventualmente se van a ir, me van a reemplazar o que todo se va a enfriar. Otros días lo tengo presente, como hoy.
If someone wants a sheep, then that means that he exists.
-- Antoine de Saint-Exupery, "The Little Prince"
Hoy, como siempre, me levanté a las 5:55 am, esperé a que terminara Gilmore Girls, y cuando empezó la músiquita de The West Wing, me fui a bañar. Para variar, me tardé demasiado en vestirme y subí a desayunar. Cinco minutos tratando al mismo tiempo de leer el periódico y masticar una enchilada, y Yanis me llamó que ya subía por mí. Nunca termino de levantarme del todo, pero hoy pasó algo increíble. Tuve un súbito ataque de cólera y de aburrimiento mezclados en proporciones que hicieron que me desquitara con el pobre tipo en cuestión. Hay algunos momentos de mi vida en que no soporto voces humanas, mucho menos cuando dan explicaciones lógicas para que mis malestares desaparezcan, pero simplemente no las voy a escuchar; hoy tuve uno de esos momentos.

Una hora de Estructuras con el ingeniero Wong. Que hace unos días, a pesar de que con mi grupo tenemos dos meses de estarlo hostigando para que nos apruebe el proyecto final, cuando otro grupo le presentó el suyo tuvo el descaro de decirles “son los primeros. Nadie me ha presentado trabajos aún.” No hay palabras que expresen la capacidad de autocontrol que tuve que tener en ese momento. Ya me miraba yo expulsada de las universidades de Centroamérica por haberle tirado una lapicera a un profesor, así que sólo puse mi habitual cara de indignación y fui a desahogarme con todos los que encontré a mi paso.

Después a Instalaciones. Gracias a los espíritus del bosque hoy no llegó el profesor. No creía poder aguantar dos horas seguidas de dictado espantoso sobre quién-sabe-qué tema-que-sólo-voy-a-entender-hasta-que-estudie-sola-y-no-copie-mecánicamente. Después de esperar a Nancy por mil horas, para que me dijera que todavía no había terminado con las plantas de Diseño, fuimos con Yanis a que configuraran mi celular para que tuviera Internet. Se le acabó la batería justo antes de Historia, así que no tuve otro remedio más que escuchar la exposición sobre los araucanos. Cuando regresé a mi casa lo puse a cargar y he estado el resto del día, con una interrupción de tres horas para hacer una perspectiva y escribir esto, tratando de bajar ringtones e imágenes decentes, pero desde luego, es Celtel y no he logrado nada.

El dilema de todas las noches se presenta: ¿Estudio como niña responsable, o veo tele y me duermo temprano? Daría una lista de las posibles opciones televisivas que se presentan los jueves, pero no tengo necesidad de que sepan cuán superficial realmente soy. Debería de haber empezado a trabajar hace cuarenta minutos, así que me voy a ir a comer sólo para completar la hora.

Por una vez me pregunto cuáles son las decisiones que yo tomaría si ignorara todos los factores externos y a los terceros que intervienen en una situación. Cuando todos se han ido y continúan con sus vidas, te quedas solo preguntándote qué tanto valió la pena haber considerado su opinión, a la hora de determinar tu destino. El mío es un miedo genético: cuando me veo escogiendo patrones antes vistos en familiares, me asusto por que de verdad no quiero terminar igual, pero al mismo tiempo si ellos continúan actuando como les da la gana, pues yo también puedo hacerlo y nadie debería estar reclamándome.

Antes creía que el tiempo y la soledad te dan una nueva perspectiva, pero creo que sobreestimé esa afirmación.

“Volver no significa retroceder”. Todavía necesito responder a una pregunta esencial antes de poder decir cualquier cosa. Pero admiro a todos aquellos que andan por caminos que nadie recomienda y no dan excusas, ni piden perdón a nadie. De todas formas, nunca se queda bien con la gente. Te equivocas en algo, pides disculpas y es como que si le hubieras estado hablando a la pared.
"The grand essentials of happiness are: something to do, something to love, and something to hope for."
Hoy es el cumpleaños de una amiga, y nos invitó a Ruby’s a tomar un trago y a comer algo para celebrar. Pero yo no bebo desde hace mucho tiempo, y se me nota. Con un Mai-Tai y una Margarita ando desvariando. Es demasiada vergüenza. Sólo quería regresar a mi casa. Si hoy fuera un viernes, o un sábado, sin tareas para el domingo, no tendría ningún problema en anestesiarme un poco, pero hoy, un lunes, con clases mañana, siento que es demasiada perdición. Aún para mí. La decadencia iba a continuar en casa de esa amiga, pero con todo y mi náusea y mi verborrea desesperada, me di cuenta que no tengo ninguna razón para estar allí. No hay nadie a quien yo quiera ver o que me necesite en ese lugar. Mejor regreso al mundo normal, donde mi papá se burla un rato de mí por que me siente el aliento a alcohol, mientras yo le juro que sólo fue un trago; me duermo temprano y sigo con mi vida.