ShowImage Nouvelles mythologies dice ser el equivalente para el nuevo milenio de la obra Mythologies, publicado en 1957 por Roland Barthes. De lo que podemos deducir sobre este libro, Barthes habría dejado al descubierto las relaciones entre objetos, prácticas y personalidades de su época, así como sus significados, y habría marcado profundamente a varios autores y pensadores de su época al punto de querer homenajearlo cincuenta años después, en su misma casa editorial. Pero en esta ocasión se tienen sesenta y siete ensayos, cada uno hecho por un autor distinto, de los cuales 90% ha publicado algo nuevo en los últimos tres años. Este remake sería entonces una forma muy sutil de hacerles publicidad pero dice implícitamente que los tiempos han cambiado y que sólo mezclando sesenta y siete autores contemporáneos se puede sacar a un único Barthes, aunque sea en imitación.
El paso del tiempo queda ilustrado en la actualización de las temáticas, como el mismo libro afirma explícitamente: la Citroën se convirtió en la Smart, el steak con papas fritas en sushi, el franco en euro y Greta Garbo en Emmanuelle Béart. Los temas, elegidos entre lo más representativo de la iconografía y lo simbólico francés, retoman también la crítica social disimulada con humor del autor original pero se distinguen en su separación de la agenda política: Barthes habría sido un marxista escandalizado ante la cultura de consumo, aquí lo más político es la denuncia contra el racismo. Tendría mucho más de que escandalizarse si estuviera vivo actualmente, sobretodo del hecho que en nuestra época nada es causa de sorpresa realmente. Tal vez vivamos en un estado permanente de histeria colectiva enfocada en temas que sí son cambiantes, pero nuestro nihilismo e impasibilidad son casi dignos de admirar.
Como había mencionado, los temas son de relevancia en la sociedad francesa, así que una gran parte se escapan a mi comprensión foránea. Sin embargo, si alguien quiere una introducción a Francia en el 2000, este es el libro a adquirir. Digamos que casi todo lo que sobresale e importa en este país está entre estas páginas. ¿Y de qué está hecha la sociedad francesa?, se preguntan. De una cuarta parte de tecnología: el GPS, el iPod, el teléfono portátil, el SMS, el Wi fi, los blogs, la capsula Nespresso, el código digital para entrar a un edificio; otra cuarta parte estaría compuesta de fenómenos o personalidades de los medios de comunicación: el escritor Michel Houllebecq, Zidane (obviamente), la Star Academy (equivalente local de American Idol), las series televisivas, el 11 de septiembre 2001 y las celebridades; otro cuarto de fenómenos de sociedad: los novios melosos en la calle, el speed-dating, las modas del comercio justo, los burgueses bohemios, la fiebre del fútbol (obviamente) y las mujeres exhibicionistas y reservo la última parte para todas esas cosas francesas que no logré entender: el fontanero polonés (¿será una versión local de Joe the Plumber?), el escándalo del empresario indio Lakshmi Narayan Mittal y su deseo de comprar la compañía de acero Arcelor, el reportero Nicolas Hulot, el chef Alain Ducasse, y las expresiones de Sarkozy sobre los jóvenes de los suburbios. Es cierto, el punto de vista es francés, pero realmente, con cada año que pasa los fenómenos dejan de ser nacionales para sentirse a nivel mundial. Es por eso que no es extraño ver que se hable de cosas como el 11 de septiembre, Kate Moss o el Botox. No serían temas distintos si se estuviera hablando de la sociedad estadounidense. Y estuve agradablemente sorprendida al ver que la gente besuqueándose impúdicamente en lugares públicos o el paradigma de la mujer como prostituta socialmente aceptable no es extraño sólo para mí.
El libro tiene dos fallas, que me pregunto si no fueron inevitables. La primera es una serie de ausencias que me parecen imperdonables: el facebook, Francia es uno de los países con más usuarios de esa red social, mientras que otros países tienen su equivalente nacional (pienso en Tuenti en España o a StudiVZ en Alemania); los perros, Dios cuánta gente tiene perros aquí, y son tan desagradables subiéndolos al tranvía y ensuciando las calles, que he llegado al punto que ya ni tengo ganas de tener una mascota; y claro, no se puede hablar de gadgets sin hablar de la cámara digital o el Blackberry. El segundo defecto es la profundidad de los ensayos, algo ligado a la longitud de los mismos. Todos los temas son tratados en dos o tres páginas, algo que seguramente fue una exigencia de la editorial y que resulta ideas con esos autores que resultan aburridos, que afortunadamente no son muchos. Pero por eso que muchas veces los escritos se sienten superficiales, incompletos y dejan insatisfecho. La persona que trató el tema de las series televisivas dejó mucho que desear, al final no pudo argumentar ni en pro ni en contra de esta fascinante adicción social. El que habló sobre el blog fue otro que por querer decir poco al final no dijo nada y hubiera querido saber más sobre la adicción al cigarrillo que se sintió casi como una denuncia de la advertencia en las cajetillas “Fumar mata” y una exaltación a los fumadores.
A pesar de todo, el libro muestro puntos de vista muy interesantes y como ejercicio de redacción resulta muy interesante. Mostrando los objetos icónicos de un pueblo uno se pregunta cuáles son los propios y esas cosas cotidianas y supuestamente triviales toman un simbolismo especial, o por lo menos son considerados como testigos de una época y desde ese punto de vista merecen ser estudiados. Además, conocer las nuevas mitologías inspira a conocer las anteriores, así que dentro de poco entraré al mundo de Barthes. Pero antes Michel Pastoureau me ha llamado: la historia del cerdo está por venir.
GARCIN Jérôme (sous la direction de.), Nouvelles Mythologies, Éditions du Seuil, Paris, 2007

Es cierto, estoy enamorada del Entrepôt Lainé: el CAPC ha tenido más posts que cualquier otro museo hasta ahora y arc en rêve me ha ocupado los últimos ocho meses al punto de dedicarles una monografía. Sin embargo los posts de las próximas semanas sólo reflejan la cantidad de eventos y novedades que se han dado en el lugar.

Hoy vamos a tomarnos las cosas con calma, por una multitud de razones que incluyen las represalias del cuerpo luego de un fin de semana agitado. Así que me voy a limitar a mostrar las imágenes de la “Noche de los Museos” de Bordeaux.

Ayer, todos los museos de la ciudad estuvieron abiertos desde las seis de la tarde hasta medianoche, sin cobrar entrada, en un acontecimiento que incluía las exposiciones pero también algunas actividades extra. Las filas para entrar a los museos eran impresionantes y la cantidad de visitantes extraordinaria, lo que resulta entretenido y crea un buen ambiente, pero no es recomendable para disfrutar de las exposiciones tranquilamente. Así que tendré que volver al Museo de Aquitaine a ver los objetos africanos de su exposición temporal otro día.

El Entrepôt Lainé ofrecía la inauguración de su muestra llamada “Dystopia”, otro reto a la comprensión artística como siempre, pero organizó también una actividad alternativa e interactiva: la creación de murales colectivos. En la entrada a todos nos dieron una postal con un título extraño. En el segundo nivel varias paredes tenían las instrucciones que correspondían a las tarjetas y cada persona tenía que encontrar el muro que le correspondía y dibujar según las indicaciones. No hay mejor forma de hacer que los niños (y las chavas de 25 años) disfruten del arte contemporáneo. DSC05334 Las instrucciones correspondían muy bien a los tipos de objetos que se muestran. Esotéricos. Aquí por ejemplo, nos indicaban a “dibujar para contaminar”:DSC05386Dibujar sin cabeza ni cola:  DSC05399Dibujar con las dos manos: DSC05388Dibujar a dos con el mismo lápiz:DSC05384 Dibujar con los pensamientos perdidos:DSC05391DSC05389Dibujar con pensamientos intermediarios: DSC05398Más sábados por la noche debería de ser así. DSC05387

Desde hace varios años tengo una extraña adicción a las camisas rayadas, al punto que uno de mis mejores amigos ya no encontraba forma de prohibírmelas cuando era la gloriosa época del año para ir de compras. Tengo tantas camisas así que son una categoría aparte en la clasificación de mi armario y es muy difícil que me resista cuando veo una en una tienda, una hazaña extraordinaria en el país que inventó las marineras. Es por eso que cuando mi maestra de imágenes medievales nos recomendó un libro sobre la historia de los tejidos rayados no pude sucumbir a la tentación de leerlo.
La bibliografía de Michel Pastoureau puede dar la impresión que la Historia es esta disciplina ecléctica y divertida: El ajedrez de Carlomagno. Un juego para no jugar (1990), Jesús en la tintorería. Colores y tintes en el Occidente medieval (1997), Azul. Historia de un color (2000), El cerdo. Historia de un primo mal amado (2009), son sólo un ápice de una extensa colección de libros, artículos y ensayos de este erudito profesor de la universidad con mejor reputación en humanidades en París, la Escuela en Estudios Avanzados en Ciencias Sociales. Y si La tela del diablo, Una historia de las rayas y de los tejidos rayados no constituye una excepción en su trayectoria, no puedo esperar a leer sus otras obras. Esta es sencillamente exquisita.
En un estilo ligero, en menos de 150 páginas pero con extensas fuentes y referencias, Pastoureau nos explica cómo las rayas en la Edad Media (su área de especialidad) eran utilizadas para resaltar a los traidores en la Biblia, a San José cuando todos se burlaban de él antes del Renacimiento y nos hizo comprender por qué fue un escándalo de tanta magnitud cuando la orden de los Carmelitas tuvo la descabellada idea de usar abrigos rayados en el siglo XIII.
Haciendo uso de los conocimientos que adquirió durante sus estudios sobre la heráldica nos hace una breve introducción a las rayas en los escudos y al vocabulario que las acompaña. Luego nos explica cómo las rayas se van valorizando con el tiempo, convirtiéndose en un atributo de las vestimentas domésticas en los siglos XV y XVI, desapareciendo con la Reforma protestante y resurgiendo con grandes pompas en el XVIII. Y es que la gran atracción francesa por las rayas tiene gran parte de su origen en algo que a muchos dejará insatisfechos: la bandera de los Estados Unidos. Las rayas se convertirían en un símbolo de contestación al orden establecido y fueron adoptadas por los revolucionarios. Los marineros en lo más bajo de la jerarquía se apropiarían de ellas en circunstancias misteriosas, pero las rayas azul marino sobre fondo blanco guardarían siempre una fuerte conexión con el universo balneario gracias a las recomendaciones de los doctores de bañarse en el mar en ropa blanca. Para evitar espectáculos dignos de ser filmados por Joe Francis era necesario cubrir la tela con líneas. Los estadounidenses serían los primeros en hacer la asociación barras de prisión/uniformes rayados, en la segunda mitad del siglo XVIII. Y las rayas tomarían una semántica adicional en nuestra época en los trajes de los mafiosos.
En todo caso el mensaje es claro: las rayas sirven para resaltar, ya sea para excluir, denunciar, castigar, valorizar o hasta divertir. Engañan y entretienen la vista, crean movimiento. Conocer su origen incita a continuar usándolas, así que Moisés, tendrás que disculparme. Bueno, al final, hasta vos te habías resignado: todavía tengo la camisa que me regalaste el año pasado para mi cumpleaños.
PASTOUREAU Michel, L’étoffe du diable, Une histoire des rayures et des tissus rayés, Éditions du Seuil, Paris, 2007

Y bueno, no hay mejor ocasión que esta para hacer demonstraciones con fotografías del recuerdo…DSC00072

La física cuántica nos enseña mucho sobre cómo la naturaleza de la observación modifica los resultados del experimento. La realidad estaría construida a base de nuestras percepciones, y nuestros pensamientos serían en última instancia tan poderosos o reales como los objetos que podemos aprehender con nuestros sentidos. Eso significa entonces que las historias que creamos en nuestras cabezas, al final de cuentas, son ciertas, aunque sea en una sola dimensión, aunque sea de manera unilateral.

Definitivamente que el secreto de la felicidad es la ignorancia, el no preguntarse cómo sería poder recorrer caminos paralelos simultáneos para no tener necesidad de elegir, para poder tenerlo todo sin renunciar a nada. O tal vez que fuera posible imaginar de manera tan intensa que terminara siendo real.

Considero una gran fortuna el hecho de no haber visto “Into the wild” cuando tenía 17 años. La película, combinada con mi reciente lectura de Walden, de Henry David Thoreau hubiera resultado en mi exilio permanente de la sociedad. Puedo dar fe de semejante afirmación.

En realidad, durante la primera hora de la película, lo único en lo que podía pensar era en dónde podía aislarme durante los meses de vacaciones por venir, así como lo hizo Christopher McCandless. Entendía perfectamente su rabia, su profundo asco y rechazo de la forma en que funciona el mundo, en cómo las personas insisten en permanecer en relaciones enfermizas, en la manera en que uno sólo puede tolerar la vida a base de mentiras, a otros, pero sobretodo a uno mismo.

Pero a medida que se desarrollaba la historia y sobretodo que se explicaba mejor el trasfondo de la vida de McCandless, su infancia traumática y la relación de sus padres, su osadía de rechazar la vida moderna en búsqueda de la aventura de vagabundear y luego la soledad absoluta en Alaska, empezó a perder su heroísmo para parecer más bien un acto de una rebeldía y crueldad desmesuradas. Además de una fijación casi patológica.

Cuando Thoreau decidió irse al bosque a vivir en conexión con la naturaleza construyó con sus propias manos la cabaña en la que habría de vivir por más de dos años. Pero en un accidente extremadamente simbólico, Christopher se instaló en un bus que encontró en medio de la nada, como toda nuestra generación que de una u otra forma quiere todo ya construido, ya masticado, únicamente para ser consumido. Aunque tampoco hubiera sido más loable si hubiera construido una casa de dos pisos de puras ramas de pinos: el propósito del exilio auto impuesto de Thoreau era reducir la vida a lo esencial para cuestionar su valor, algo que hubiera podido reproducir Christopher si no hubiera dejado a su familia en el más profundo abandono y desesperación por no haberles avisado de sus planes.

A pesar de todo, mucho de lo que dijo me impactó, sobre todo la parte en que explica que la dicha de la vida no debe de basarse o reducirse a las relaciones interpersonales. Paso tanto tiempo tratando de encajar con las personas, tratando de conectarme con otros que mis recurrentes intentos fallidos más de alguna vez me han hecho preguntarme si yo no tendré problemas psicológicos, si acaso seré mentalmente incapaz de lograrlo. Me atormenta tanto esa frase que dice que la relación que tienes con los demás es la relación que tienes contigo mismo. Me da la impresión que he de odiarme o temerme a un grado que tal vez no soy capaz de comprender. Pero, ¿y si realmente los demás no fueran tan importantes? Si sólo son versiones distorsionadas de lo que veo en mí misma: si dejara de verlos en lo absoluto, ¿qué pasaría?

También, todo lo que decía sobre su rechazo a las cosas materiales, a la trayectoria académica y a la carrera profesional como “invenciones del siglo XX”: no podía dejar de pensar en mi época de 17 años, cuando estaba por terminar el colegio, cuando no sabía qué quería estudiar, mucho menos pensaba en trabajar, sólo sabía lo que no quería de la vida. No dejo de preguntarme qué diría de mí la Marcela de hace 9 años, si estaría orgullosa de lo que hago o si pensaría que me he vendido, que he sucumbido a la ilusión de sentirse importante por los títulos, el trabajo o el dinero. No me he casado, ni he tenido hijos, pero ¿eso quiere decir que cuando esas cosas pasen, si es que decido hacerlas, me voy a sentir como la burguesa deplorable que nunca quise ser? ¿Acaso en realidad sólo eso me falta para serlo? ¿En qué me he convertido?

Hubo varios momentos de mis 17 años en los que me preguntaba si acaso iba a vivir para tener más de 25. Siempre hacía bromas sobre cómo cualquier cosa más allá de los 30 no me interesaba lo suficiente, así que esa sería la edad perfecta para terminar con todo. Creo que por eso me sorprendo tanto con cada año que pasa, como si estuviera viviendo alguna especie de tiempo adicional que no estaba presupuestado en el inicio. Pero muy en el fondo sigo teniendo momentos en los que me siento exactamente como en el 2002: no logro deshacerme de la incertidumbre con respecto a mi futuro, de mis dudas sobre si estoy haciendo las cosas bien, sobre mis cuestionamientos sobre mi lugar en el mundo y mis interacciones con los demás. Todavía me pregunto si llegará el día en el que sentaré cabeza o si esa es sólo una ilusión impulsada por los deseos de seguridad, conformismo y en el fondo, por el miedo de la mayoría. Siempre me dije que tendría que volver a leer Walden 10 años después de la primera vez, para evaluar cómo se habían dado las cosas. Probablemente esa lectura se anticipe.

En Bordeaux, la conquista de la modernidad se ha hecho de manera muy lenta, y las obras que pertenecen al Modernismo son pocas pero tienen un discurso teórico importante. La ciudad se ve limitada por lo que muchos autores consideran el “peso del siglo XVIII”, un fenómeno que si bien no es exclusivo de esta ciudad, tiene aquí una duración importante en el tiempo a causa del prestigio de las construcciones de esa época a los ojos del público y sobretodo de la burguesía tradicional que vive y trabaja en esos edificios.
Esto ha tenido consecuencias importantes, sobretodo en el dominio de la protección del patrimonio. En Bordeaux se tomó consciencia rápidamente de la importancia y el valor de las construcciones antiguas, al punto mismo de no considerarlas de forma aislada, pero en su totalidad. Es la ciudad, en su homogeneidad, que es percibida como un patrimonio.
Frente a esta tendencia, no es extraño encontrar imitaciones modernas de edificios antiguos. Es el caso del edificio de la Bolsa Marítima, contiguo al edificio del Entrepôt Lainé. La Bolsa Marítima pertenece a la Cámara de Comercio; comenzó a construirse en 1921 y fue inaugurada en 1925. 001 Su fachada es una copia idéntica de lo que es actualmente el Museo de las Aduanas en la Plaza de la Bolsa, que este sí fue construido en el siglo XVIII. Lo que quiere decir que aún en el siglo XX, en pleno movimiento Moderno, en Bordeaux no sólo se hacían interpretaciones de edificios de lo que se considera “el siglo de oro” de la ciudad, pero se llegaba incluso a reproducirlos. 002 Sin embargo, en la Bolsa Marítima se tuvo que adaptar el aspecto funcional al formal, ya que la altura entre los niveles era demasiado grande para un edificio de oficinas. Lo que en el edificio original muestra solamente dos niveles, esconde aquí 3 niveles. Se vieron en la necesidad de esconder dos niveles con una sola ventana. Además, para dar la impresión que el edificio era de piedra tallada como el Museo de las Aduanas, se cubrió la estructura que es en concreto, con placas que simulan piedra.
Uno no puede imaginarse una mejor representación de un rechazo a la modernidad, cuando justamente en este período, Le Corbusier trabajaba muy cerca, en Lège y en Pessac.
Le Corbusier fue contactado en 1923 por Henri Frugès, un empresario que pertenecía a una familia dueña de industrias. Frugès era un jefe particular, con lo que era sin duda un temperamento artístico. Se dedicaba a la pintura, a la escultura, a la poesía. Se miraba a sí mismo como un escritor, un historiador, un crítico de arte, hasta como un arquitecto, antes de ser un hombre de negocios. Había mandado a construir su propio hotel en Bordeaux en 1922 por el arquitecto Claude Ferret, pero Frugès personalmente había diseñado los vitrales y la tapicería. 003 Su familia tenía una refinería de azúcar en Bordeaux y un aserradero en Lège donde se construían las cajas y los empaques para el azúcar. Con el fin de ofrecer alojamientos permanentes para sus obreros temporales, quiso construir casas y un edificio de apartamentos en esta ciudad que se sitúa cerca de las playas de Arcachon. Su idea original era diseñar y construir el proyecto él mismo, pero después de leer el libro de Le Corbusier Hacia una arquitectura, quiso conocerlo y decidieron colaborar juntos para realizar seis casas individuales y un edificio para solteros.
En este proyecto, Le Corbusier comenzó a dar señales de lo que sería más adelante el Barrio Frugès. La construcción comenzó en 1924 y cuando las casas estuvieron terminadas el proyecto no fue muy bien recibido. Los propietarios las modificaron radicalmente. Muchos redujeron el tamaño de las ventanas y hasta agregaron cubiertas de techo sobre los techos-terraza. Las modificaciones fueron tales que este barrio fue inscrito en el Inventario suplementario de los Monumentos históricos en 1992, mucho después del Barrio Frugès.
Al mismo tiempo que construía el barrio en Lège, Frugès compra un terreno en Pessac, ciudad perteneciente a la aglomeración de Bordeaux y de donde el industrial era originario. Pessac era una ciudad importante de los alrededores de Bordeaux y se decía que tenía un “buen aire”. El terreno que compra Frugès estaba en medio de la nada, pero estaba bien ubicado ya que estaba cerca de la carretera para ir a Arcachon. Aquí, Frugès da permiso a Le Corbusier de aplicar sus teorías en “sus consecuencias más extremas”. Pessac tenía que ser concebido como un laboratorio, con una estética contemporánea, completamente alejada de las casas tradicionales.
En el proyecto original del Barrio Frugès estaba previsto construir 127 residencias, además de una zona de comercios y un centro escolar. Era uno de los proyectos de alojamiento social más importante de la época, lo que lo convertía en audaz no sólo en el aspecto formal, pero también en el social. Frugès quería que sus casas ofrecieran todo el confort de la modernidad, pero también que las personas tuvieran la posibilidad de acceder a la propiedad.
004 Le Corbusier tomó en cuenta todos los detalles del barrio: el conjunto urbanístico, la disposición de las aceras, las calles, la ubicación de las casas, incluso hasta el tipo de vegetación que quería colocar.
Para las casas, el arquitecto creó un sistema de estandarización que ofrecía al mismo tiempo cierta variedad. A partir de un módulo cuadrangular de 5 metros de lado y módulo más pequeño de 2,5 x 5 m, compuso cinco tipos de casas distintas:
- Las casas Rascacielos, que estaban compuestas por dos casas adosadas, de tres niveles. 005006- Las casas en tipo “Quinconces” (al “tresbolillo”), que estaban dispuestas de manera que las piezas de noche de una casa alternen con las de día de las siguientes, para preservar su intimidad y que no se molesten mutuamente. 007008009  - Las casas con arcos, llamadas así por el elemento que las distingue de las demás. 010011 - Las casas aisladas, de la cual una de ellas es llamada la “casa Vrinat” como el director de los trabajos Henri Vrinat, a quien se le remuneró con dos residencias ya que al final no hubo mucho dinero para pagarle. 012 013 La casa #4 de la calle Le Corbusier fue adquirida por la alcaldía de Pessac y actualmente funciona como la Casa Le Corbusier, y está abierta al público como un museo del proyecto. 014 En la planta baja la puerta de entrada da acceso a las gradas. El espacio que estaba originalmente destinado al garaje fue readecuado para una sala de exhibición de la maqueta del barrio, hecha por Frugès y su esposa en 1967. DSC05302 015 En el segundo nivel se encuentra la sala principal con ventanas a lo largo de todo el muro, la cocina y una pieza para un estudio. 016017  Por medio de pequeños detalles, como ángulos redondeados que dirigen nuestra mirada hacia la diagonal, por ejemplo, el arquitecto juega sobre nuestra impresión de los espacios para hacernos creer que son más grandes.
En la cocina se encuentra el calorífero, que era la fuente de calor de todos los espacios. 018Las escaleras son muy importantes, son gradas en Z que cierran todos los espacios y que se iluminan por pequeñas ventanas.
El tercer nivel es la zona privada con el baño, una pequeña habitación y el cuarto principal que es el que da acceso a la terraza.019020021022  El baño, gracias a su cerámica blanca, sus ángulos redondeados, su ventana y un tragaluz dan la impresión que aún más grande. 023Las gradas para acceder a la terraza se encuentran en la fachada para dejar toda la terraza libre. 024 El proyecto no fue bien recibido por el público, quien le puso apodos muy peyorativos como “la ciudad de Marruecos” o “el barrio del Sultán”. La prensa estaba consciente de que había aquí una estética completamente nueva, subrayada por la completa ausencia de decoraciones. De hecho, la intención inicial de Le Corbusier era dejar los muros de concreto sin ningún revestimiento, pero Frugès pensó que eso sería demasiado y lo convenció para que los pintara de colores.
Las autoridades locales desconfiaban del proyecto y pusieron muchos obstáculos para obtener los permisos de construcción, para instalar las conexiones de gas, agua y electricidad y para pavimentar las vías de acceso.
Por otro lado, las autoridades en París sí estaban interesadas en que el proyecto tuviera éxito, y cuando el barrio fue inaugurado en 1926 el ministro de Trabajos públicos fue a dar un discurso, a pesar que sólo se habían terminado cinco casas.
Al final, los obstáculos fueron tantos que sólo se construyeron cincuenta y un casas y la zona de comercios y la escuela fue abandonada.
Las casas no pudieron ser vendidas durante dos años, a causa de todas las controversias alrededor del proyecto. Además, las casas fueron posteriormente modificadas por sus dueños como lo habían sido las de Lège.
En 1929, luego de la muerte del padre de Frugès, su empresa se declara en bancarrota y Frugès sufre de una depresión nerviosa. Se refugió en Algeria donde no regresaría hasta 40 años después.
Sin embargo, poco a poco las personas empezaron a tomar consciencia del valor de ese barrio. En 1973, los propietarios de la casa número 3 de la calle de las Arcades, que eran grandes admiradores de Le Corbusier, restauraron su residencia. Fue clasificada Monumento Histórico en 1980. Esto llevó a la creación del círculo de protección de 500 metros a la redonda, lo que permite controlar las intervenciones visibles sobre las casas del barrio, que actualmente se considera como una Zona de Protección del Patrimonio Arquitectónico, Urbanístico y del Paisaje. Es una parte importante del patrimonio de Pessac.
En conclusión, la modernidad no es suficiente en sí misma para provocar cambios si el apego a la tradición es muy fuerte. Deben existir mediadores entre los creadores y el público que puedan acercarlos, que hagan comprender al público las innovaciones de la arquitectura contemporánea. 025
Bibliografía:
BOUDON Philippe, Pessac de Le Corbusier, Bordas, Paris, 1977
COUSTET Rober, SABOYA Marc, Bordeaux: la conquête de la modernité, architecture et urbanisme à Bordeaux et dans l’agglomération de 1920 à 2003, Éditions Mollat, Bordeaux 2005
FERRAND Marylène, FEUGAS Jean-Pierre, LE ROY Bernard, VEYRET Jean-Luc, Le Corbusier: Les Quartiers Modernes Frugès, Birkhäuser, Basel, 1998
Visita guiada a la Maison Le Corbusier en Pessac, por Julie Maigret

Por supuesto, después de Semana Santa, empezó la maratón rumbo a los exámenes. Eso significa que tenía dos semanas de no salir de casa excepto para ir de compras al supermercado, lavar ropa o sacar la basura. Los días que tenía que devolver libros en la biblioteca hasta me alegraba que iba a ver el sol directamente y no a través la ventana. Creo que lo único que me mantuvo cuerda esos días fue la visita de Adriana y el hecho que ella durmiera hasta las 10 de la mañana sin cargo de conciencia. No había mejor inspiración para seguir su ejemplo. Se fue y empezó la fase de rumiación, en el sentido medieval de la palabra si acaso se puede traducir de esa forma en español: la masticación obsesiva y repetitiva de textos hasta que de unas frases sencillas aparezcan significados descabellados.

A mis clases de imágenes medievales y castellología se les agregó la exposición que tenía que preparar para mi segundo examen oral. La clase, como aparecía en la “Guía para el estudiante” era sobre arquitectura contemporánea de Bordeaux, por lo que yo esperaba lecciones del tipo qué barbaridad que Richard Rogers construyera el Palacio de Justicia incrustándolo entre las torres restantes del Fuerte de Ha y en pleno círculo de protección del casco histórico establecido por la Catedral. Pero en lugar de eso fueron 22 horas de arquitectura regionalista de pequeñas ciudades aledañas a Bordeaux, que claro, estaban coquetas y pintorescas, pero no entraban necesariamente en mi rango de interés. Nuestro examen iba a consistir en una presentación individual, frente a toda la clase, de un tema de nuestra elección. En una digresión accidental, nuestro profesor habló de los barrios hechos por Le Corbusier en una ciudad cerca de la playa de Arcachon y en Pessac, la ciudad aledaña a la que vivo. Así que me aferré a esos cinco minutos para tratar en profundidad esos barrios, conocidos por el nombre del que los mandó a construir, el industrial Frugès.

Así que abandoné mi monografía por una semana para dedicarme a memorizar como loro y a investigar sobre el barrio en Pessac. Para lo último, programé una visita al barrio en sí, que cuenta con una casa modelo abierta al público. Increíble sincronicidad: la muchacha que daba la visita guiada a la casa no sólo había sido alumna de mi maestro, pero también había hecho su práctica y trabajado en el centro de arquitectura sobre el cual hago mi monografía. Me prestó un libro sobre el proyecto de Pessac y me hizo una copia de su informe de práctica.

El lunes tenía el primero de los dos exámenes orales, que iba a ser sobre imágenes o sobre castillos de la Edad Media, al azar. Estadísticamente todo apuntaba a que iba a ser de imágenes ya que el profesor de castillos nos había dados sus fechas, pero no quería arriesgarme a algún cambio de planes o alguna mala racha y mejor estudié los dos temas. Llegué a las 10 de la mañana, la profesora pasó lista y calculó nuestro horario de examen tomando como punto de partida 20 minutos por alumno. La lista era alfabética, de los alumnos con apellidos entre A y J, y sorpresa, yo era una de las últimas. Retorcida de la angustia, regresé a la casa a ver series hasta que llegaran las 2 y 40 de la tarde. El examen era así: mientras un alumno hacía el examen con la profesora, en la misma aula uno tenía que preparar la respuesta de una pregunta escogida al azar, en un papelito. Otra vez las estadísticas: 60% de la clase era sobre las biblias moralizadas, 30% sobre pinturas murales en iglesias románicas y 10% sobre las dos imágenes de cierto emperador carolingio. Me hubieran podido preguntar cualquier cosa, lo único sobre lo que dudaba un poco era una de las iglesias que mi maestra había estudiado para su tesis de doctorado (con la que ganó un premio y fue publicada). Su libro tiene dimensiones que rivalizan con un bloque de concreto y eso es un pequeño reflejo de lo complicada que es. Pero el espíritu de Carlos el Calvo se hizo presente y ese fue mi examen. Como en todos esos momentos de tensión en los que me toca hablar en público, entré en un trance en el que hablé muchísimo sin saber muy bien de dónde salen las palabras, pero de alguna forma salí satisfecha de ese examen.

Dos días después, llegué a la una de la tarde para hacer la exposición que iba a darme la nota del segundo seminario. La primera mala señal la tuve cuando llegué media hora antes y el profesor estaba todavía con los alumnos de la primera sesión matutina (nos habían dividido en dos). Poco a poco fueron llegando mis compañeros y empezaron esas discusiones angustiosas que le gustan tanto a la gente cuando más deberían relajarse. No ayudó mucho el hecho que el profesor se fuera a almorzar diciendo que volvía en una hora y que nuestros compañeros que pasaron en la mañana nos contaran que el maestro estaba de mal humor, interrumpía a todos los que exponían y a una muchacha le dijo que su tema estaba fuera de lugar lo que hizo que la tipa se fuera y no hiciera su examen. Cuando regresó se miraba más calmado y empezaron las exposiciones, que me decepcionaron profundamente. Para empezar, mis compañeros leían sus notas. No las miraban de reojo para recordar y continuar con lo que debería de ser un monólogo interesante; literalmente las leían, y sonaban copiadas de algún libro. Algunas ni se molestaron en buscar en libros, leían exactamente las conferencias que nos habían dado sobre el tema. Además, sus exposiciones estaban muy largas y aburridas, algunas duraban hasta media hora. Ni el profesor tenía cara de interesado y a más de alguno le pidió que redujera su contenido, lo que no parecía que hacían. Digamos que esperaba más de alumnos europeos que estudian maestría. Mi turno llegó finalmente, casi a las seis de la tarde. Quedábamos tres alumnos todavía y creo que todos sentíamos deseos suicidas después de todas esas torturas de charlas. Empecé a hablar y el profesor hasta enviaba mensajitos por el celular, pero a mitad del camino pareció despertarse. Estoy segura que habré hecho miles de faltas gramaticales, pero por lo menos mi interés por el tema tuvo que haberse trasmitido de alguna forma. Eso y que yo sí edité mi exposición, reduciéndola a lo esencial. Me dijo que se notaba que manejaba el tema y que le hubiera gustado que hablase de la técnica de construcción pero que estaba apurado entonces que era mejor que no lo hubiera hecho. Tomé eso como un cumplido un poco particular y regresé a mi casa.

Como la adorable vecina que es, Esther me ofreció un té para escuchar el relato de mi día, pero le dije que las circunstancias ameritaban que nos tomáramos las dos cervezas que tenían como dos meses de estar abandonadas en nuestro refrigerador. Me imagino que se sorprendió cuando las terminamos y le dije que no era suficiente, que fuéramos al happy hour de un “pub” irlandés de la Victoire, a quemar todas las conexiones neuronales que había formado en las últimas semanas. Poco a poco sus amigos empezaron a llegar, y terminé en un apartamento que era el arquetipo de un “bachelor pad” si tan sólo hubiera tenido la alfombra de cebra. Dios sabe que tenía que estar alcoholizada para socializar tan naturalmente con gente que no conocía casi en lo absoluto. Socialización que se repitió anoche, pero con menos alcohol y con más gente, algo que ya se sale de mi capacidad para disfrutar. Así que por eso estoy en casa en un sábado lluvioso, tratando de rehidratarme y de darme ánimos para trabajar en la monografía. Ya quiero estar de vacaciones… pero falta un mes más.