Es cierto, estoy enamorada del Entrepôt Lainé: el CAPC ha tenido más posts que cualquier otro museo hasta ahora y arc en rêve me ha ocupado los últimos ocho meses al punto de dedicarles una monografÃa. Sin embargo los posts de las próximas semanas sólo reflejan la cantidad de eventos y novedades que se han dado en el lugar.
Hoy vamos a tomarnos las cosas con calma, por una multitud de razones que incluyen las represalias del cuerpo luego de un fin de semana agitado. Asà que me voy a limitar a mostrar las imágenes de la “Noche de los Museos” de Bordeaux.
Ayer, todos los museos de la ciudad estuvieron abiertos desde las seis de la tarde hasta medianoche, sin cobrar entrada, en un acontecimiento que incluÃa las exposiciones pero también algunas actividades extra. Las filas para entrar a los museos eran impresionantes y la cantidad de visitantes extraordinaria, lo que resulta entretenido y crea un buen ambiente, pero no es recomendable para disfrutar de las exposiciones tranquilamente. Asà que tendré que volver al Museo de Aquitaine a ver los objetos africanos de su exposición temporal otro dÃa.
El Entrepôt Lainé ofrecÃa la inauguración de su muestra llamada “Dystopia”, otro reto a la comprensión artÃstica como siempre, pero organizó también una actividad alternativa e interactiva: la creación de murales colectivos. En la entrada a todos nos dieron una postal con un tÃtulo extraño. En el segundo nivel varias paredes tenÃan las instrucciones que correspondÃan a las tarjetas y cada persona tenÃa que encontrar el muro que le correspondÃa y dibujar según las indicaciones. No hay mejor forma de hacer que los niños (y las chavas de 25 años) disfruten del arte contemporáneo. Las instrucciones correspondÃan muy bien a los tipos de objetos que se muestran. Esotéricos. Aquà por ejemplo, nos indicaban a “dibujar para contaminar”:
Dibujar sin cabeza ni cola:
Dibujar con las dos manos:
Dibujar a dos con el mismo lápiz:
Dibujar con los pensamientos perdidos:
Dibujar con pensamientos intermediarios:
Más sábados por la noche deberÃa de ser asÃ.
10 May 2011
I twist like a corkscrew, the sweetness rising. I drink from the bottle, weeping, why won’t you last?
La fÃsica cuántica nos enseña mucho sobre cómo la naturaleza de la observación modifica los resultados del experimento. La realidad estarÃa construida a base de nuestras percepciones, y nuestros pensamientos serÃan en última instancia tan poderosos o reales como los objetos que podemos aprehender con nuestros sentidos. Eso significa entonces que las historias que creamos en nuestras cabezas, al final de cuentas, son ciertas, aunque sea en una sola dimensión, aunque sea de manera unilateral.
Definitivamente que el secreto de la felicidad es la ignorancia, el no preguntarse cómo serÃa poder recorrer caminos paralelos simultáneos para no tener necesidad de elegir, para poder tenerlo todo sin renunciar a nada. O tal vez que fuera posible imaginar de manera tan intensa que terminara siendo real.

Considero una gran fortuna el hecho de no haber visto “Into the wild” cuando tenÃa 17 años. La pelÃcula, combinada con mi reciente lectura de Walden, de Henry David Thoreau hubiera resultado en mi exilio permanente de la sociedad. Puedo dar fe de semejante afirmación.
En realidad, durante la primera hora de la pelÃcula, lo único en lo que podÃa pensar era en dónde podÃa aislarme durante los meses de vacaciones por venir, asà como lo hizo Christopher McCandless. EntendÃa perfectamente su rabia, su profundo asco y rechazo de la forma en que funciona el mundo, en cómo las personas insisten en permanecer en relaciones enfermizas, en la manera en que uno sólo puede tolerar la vida a base de mentiras, a otros, pero sobretodo a uno mismo.
Pero a medida que se desarrollaba la historia y sobretodo que se explicaba mejor el trasfondo de la vida de McCandless, su infancia traumática y la relación de sus padres, su osadÃa de rechazar la vida moderna en búsqueda de la aventura de vagabundear y luego la soledad absoluta en Alaska, empezó a perder su heroÃsmo para parecer más bien un acto de una rebeldÃa y crueldad desmesuradas. Además de una fijación casi patológica.
Cuando Thoreau decidió irse al bosque a vivir en conexión con la naturaleza construyó con sus propias manos la cabaña en la que habrÃa de vivir por más de dos años. Pero en un accidente extremadamente simbólico, Christopher se instaló en un bus que encontró en medio de la nada, como toda nuestra generación que de una u otra forma quiere todo ya construido, ya masticado, únicamente para ser consumido. Aunque tampoco hubiera sido más loable si hubiera construido una casa de dos pisos de puras ramas de pinos: el propósito del exilio auto impuesto de Thoreau era reducir la vida a lo esencial para cuestionar su valor, algo que hubiera podido reproducir Christopher si no hubiera dejado a su familia en el más profundo abandono y desesperación por no haberles avisado de sus planes.
A pesar de todo, mucho de lo que dijo me impactó, sobre todo la parte en que explica que la dicha de la vida no debe de basarse o reducirse a las relaciones interpersonales. Paso tanto tiempo tratando de encajar con las personas, tratando de conectarme con otros que mis recurrentes intentos fallidos más de alguna vez me han hecho preguntarme si yo no tendré problemas psicológicos, si acaso seré mentalmente incapaz de lograrlo. Me atormenta tanto esa frase que dice que la relación que tienes con los demás es la relación que tienes contigo mismo. Me da la impresión que he de odiarme o temerme a un grado que tal vez no soy capaz de comprender. Pero, ¿y si realmente los demás no fueran tan importantes? Si sólo son versiones distorsionadas de lo que veo en mà misma: si dejara de verlos en lo absoluto, ¿qué pasarÃa?
También, todo lo que decÃa sobre su rechazo a las cosas materiales, a la trayectoria académica y a la carrera profesional como “invenciones del siglo XX”: no podÃa dejar de pensar en mi época de 17 años, cuando estaba por terminar el colegio, cuando no sabÃa qué querÃa estudiar, mucho menos pensaba en trabajar, sólo sabÃa lo que no querÃa de la vida. No dejo de preguntarme qué dirÃa de mà la Marcela de hace 9 años, si estarÃa orgullosa de lo que hago o si pensarÃa que me he vendido, que he sucumbido a la ilusión de sentirse importante por los tÃtulos, el trabajo o el dinero. No me he casado, ni he tenido hijos, pero ¿eso quiere decir que cuando esas cosas pasen, si es que decido hacerlas, me voy a sentir como la burguesa deplorable que nunca quise ser? ¿Acaso en realidad sólo eso me falta para serlo? ¿En qué me he convertido?
Hubo varios momentos de mis 17 años en los que me preguntaba si acaso iba a vivir para tener más de 25. Siempre hacÃa bromas sobre cómo cualquier cosa más allá de los 30 no me interesaba lo suficiente, asà que esa serÃa la edad perfecta para terminar con todo. Creo que por eso me sorprendo tanto con cada año que pasa, como si estuviera viviendo alguna especie de tiempo adicional que no estaba presupuestado en el inicio. Pero muy en el fondo sigo teniendo momentos en los que me siento exactamente como en el 2002: no logro deshacerme de la incertidumbre con respecto a mi futuro, de mis dudas sobre si estoy haciendo las cosas bien, sobre mis cuestionamientos sobre mi lugar en el mundo y mis interacciones con los demás. TodavÃa me pregunto si llegará el dÃa en el que sentaré cabeza o si esa es sólo una ilusión impulsada por los deseos de seguridad, conformismo y en el fondo, por el miedo de la mayorÃa. Siempre me dije que tendrÃa que volver a leer Walden 10 años después de la primera vez, para evaluar cómo se habÃan dado las cosas. Probablemente esa lectura se anticipe.
Por supuesto, después de Semana Santa, empezó la maratón rumbo a los exámenes. Eso significa que tenÃa dos semanas de no salir de casa excepto para ir de compras al supermercado, lavar ropa o sacar la basura. Los dÃas que tenÃa que devolver libros en la biblioteca hasta me alegraba que iba a ver el sol directamente y no a través la ventana. Creo que lo único que me mantuvo cuerda esos dÃas fue la visita de Adriana y el hecho que ella durmiera hasta las 10 de la mañana sin cargo de conciencia. No habÃa mejor inspiración para seguir su ejemplo. Se fue y empezó la fase de rumiación, en el sentido medieval de la palabra si acaso se puede traducir de esa forma en español: la masticación obsesiva y repetitiva de textos hasta que de unas frases sencillas aparezcan significados descabellados.
A mis clases de imágenes medievales y castellologÃa se les agregó la exposición que tenÃa que preparar para mi segundo examen oral. La clase, como aparecÃa en la “GuÃa para el estudiante” era sobre arquitectura contemporánea de Bordeaux, por lo que yo esperaba lecciones del tipo qué barbaridad que Richard Rogers construyera el Palacio de Justicia incrustándolo entre las torres restantes del Fuerte de Ha y en pleno cÃrculo de protección del casco histórico establecido por la Catedral. Pero en lugar de eso fueron 22 horas de arquitectura regionalista de pequeñas ciudades aledañas a Bordeaux, que claro, estaban coquetas y pintorescas, pero no entraban necesariamente en mi rango de interés. Nuestro examen iba a consistir en una presentación individual, frente a toda la clase, de un tema de nuestra elección. En una digresión accidental, nuestro profesor habló de los barrios hechos por Le Corbusier en una ciudad cerca de la playa de Arcachon y en Pessac, la ciudad aledaña a la que vivo. Asà que me aferré a esos cinco minutos para tratar en profundidad esos barrios, conocidos por el nombre del que los mandó a construir, el industrial Frugès.
Asà que abandoné mi monografÃa por una semana para dedicarme a memorizar como loro y a investigar sobre el barrio en Pessac. Para lo último, programé una visita al barrio en sÃ, que cuenta con una casa modelo abierta al público. IncreÃble sincronicidad: la muchacha que daba la visita guiada a la casa no sólo habÃa sido alumna de mi maestro, pero también habÃa hecho su práctica y trabajado en el centro de arquitectura sobre el cual hago mi monografÃa. Me prestó un libro sobre el proyecto de Pessac y me hizo una copia de su informe de práctica.
El lunes tenÃa el primero de los dos exámenes orales, que iba a ser sobre imágenes o sobre castillos de la Edad Media, al azar. EstadÃsticamente todo apuntaba a que iba a ser de imágenes ya que el profesor de castillos nos habÃa dados sus fechas, pero no querÃa arriesgarme a algún cambio de planes o alguna mala racha y mejor estudié los dos temas. Llegué a las 10 de la mañana, la profesora pasó lista y calculó nuestro horario de examen tomando como punto de partida 20 minutos por alumno. La lista era alfabética, de los alumnos con apellidos entre A y J, y sorpresa, yo era una de las últimas. Retorcida de la angustia, regresé a la casa a ver series hasta que llegaran las 2 y 40 de la tarde. El examen era asÃ: mientras un alumno hacÃa el examen con la profesora, en la misma aula uno tenÃa que preparar la respuesta de una pregunta escogida al azar, en un papelito. Otra vez las estadÃsticas: 60% de la clase era sobre las biblias moralizadas, 30% sobre pinturas murales en iglesias románicas y 10% sobre las dos imágenes de cierto emperador carolingio. Me hubieran podido preguntar cualquier cosa, lo único sobre lo que dudaba un poco era una de las iglesias que mi maestra habÃa estudiado para su tesis de doctorado (con la que ganó un premio y fue publicada). Su libro tiene dimensiones que rivalizan con un bloque de concreto y eso es un pequeño reflejo de lo complicada que es. Pero el espÃritu de Carlos el Calvo se hizo presente y ese fue mi examen. Como en todos esos momentos de tensión en los que me toca hablar en público, entré en un trance en el que hablé muchÃsimo sin saber muy bien de dónde salen las palabras, pero de alguna forma salà satisfecha de ese examen.
Dos dÃas después, llegué a la una de la tarde para hacer la exposición que iba a darme la nota del segundo seminario. La primera mala señal la tuve cuando llegué media hora antes y el profesor estaba todavÃa con los alumnos de la primera sesión matutina (nos habÃan dividido en dos). Poco a poco fueron llegando mis compañeros y empezaron esas discusiones angustiosas que le gustan tanto a la gente cuando más deberÃan relajarse. No ayudó mucho el hecho que el profesor se fuera a almorzar diciendo que volvÃa en una hora y que nuestros compañeros que pasaron en la mañana nos contaran que el maestro estaba de mal humor, interrumpÃa a todos los que exponÃan y a una muchacha le dijo que su tema estaba fuera de lugar lo que hizo que la tipa se fuera y no hiciera su examen. Cuando regresó se miraba más calmado y empezaron las exposiciones, que me decepcionaron profundamente. Para empezar, mis compañeros leÃan sus notas. No las miraban de reojo para recordar y continuar con lo que deberÃa de ser un monólogo interesante; literalmente las leÃan, y sonaban copiadas de algún libro. Algunas ni se molestaron en buscar en libros, leÃan exactamente las conferencias que nos habÃan dado sobre el tema. Además, sus exposiciones estaban muy largas y aburridas, algunas duraban hasta media hora. Ni el profesor tenÃa cara de interesado y a más de alguno le pidió que redujera su contenido, lo que no parecÃa que hacÃan. Digamos que esperaba más de alumnos europeos que estudian maestrÃa. Mi turno llegó finalmente, casi a las seis de la tarde. Quedábamos tres alumnos todavÃa y creo que todos sentÃamos deseos suicidas después de todas esas torturas de charlas. Empecé a hablar y el profesor hasta enviaba mensajitos por el celular, pero a mitad del camino pareció despertarse. Estoy segura que habré hecho miles de faltas gramaticales, pero por lo menos mi interés por el tema tuvo que haberse trasmitido de alguna forma. Eso y que yo sà edité mi exposición, reduciéndola a lo esencial. Me dijo que se notaba que manejaba el tema y que le hubiera gustado que hablase de la técnica de construcción pero que estaba apurado entonces que era mejor que no lo hubiera hecho. Tomé eso como un cumplido un poco particular y regresé a mi casa.
Como la adorable vecina que es, Esther me ofreció un té para escuchar el relato de mi dÃa, pero le dije que las circunstancias ameritaban que nos tomáramos las dos cervezas que tenÃan como dos meses de estar abandonadas en nuestro refrigerador. Me imagino que se sorprendió cuando las terminamos y le dije que no era suficiente, que fuéramos al happy hour de un “pub” irlandés de la Victoire, a quemar todas las conexiones neuronales que habÃa formado en las últimas semanas. Poco a poco sus amigos empezaron a llegar, y terminé en un apartamento que era el arquetipo de un “bachelor pad” si tan sólo hubiera tenido la alfombra de cebra. Dios sabe que tenÃa que estar alcoholizada para socializar tan naturalmente con gente que no conocÃa casi en lo absoluto. Socialización que se repitió anoche, pero con menos alcohol y con más gente, algo que ya se sale de mi capacidad para disfrutar. Asà que por eso estoy en casa en un sábado lluvioso, tratando de rehidratarme y de darme ánimos para trabajar en la monografÃa. Ya quiero estar de vacaciones… pero falta un mes más.





Social Icons