11 April 2010

Real Housewives of Tegucigalpa

Mi mamá se fue de viaje desde este martes pasado. Esto significa que no hay comida, que la casa no se limpia, no se hacen las compras, no se lava la ropa y hasta no se riegan las plantas. Suena muy mal pero la verdad es que mi madre es una súper mujer que se levanta a las 6 y media de la mañana, le hace desayuno a sus dos hijos, deja cortada la fruta para el desayuno de su esposo, va al gimnasio de 7 a 8 y regresa a hacer el almuerzo y a limpiar la casa antes de irse a internar hasta por más de 8 horas seguidas a su trabajo. Ella es el pegamento que nos mantiene a todos unidos en la casa y es la piedra en la que todos los demás nos apoyamos para intentar cualquier proeza en el mundo exterior.

Mi madre no está obligada a hacer todo lo que hace, no pertenece a una época en que esa es la única opción disponible para ella. En realidad, hay muchas mujeres que deciden no cumplir con esas funciones o compartirlas con terceros. Ella tiene una carrera y es muy exitosa en su campo, hacer tareas domésticas no opaca su desempeño profesional. Sin embargo hasta hace algunos años fue que descubrí que ella elegía alimentarnos, cuidar de nuestra ropa y tener bonita nuestra casa porque esta es su familia y esa es su forma de expresar su amor y de cuidarnos. Pero recuerdo cómo en mi adolescencia yo buscaba mis modelos a seguir en cantantes y escritoras porque miraba con tanto desdén eso que yo consideraba una servidumbre y un conformismo con respecto a la vida. Despreciaba con todas mis fuerzas todo lo que por tradición tenían que hacer las mujeres y decidí que no iba a aprender a cocinar, me negaba a limpiar mi cuarto y hasta el son de hoy no sé cómo usar una lavadora. Me sentía orgullosa de mi inutilidad y me creía tan afortunada cuando comía en algún restaurante de comida rápida por la única razón que no eran frijoles y huevos caseros.

No quiero sonar irritantemente madura, pero la vida y los años realmente te hacen cambiar la perspectiva. Desde que nos dejó de ayudar una señora que limpiaba la casa miraba mi cuarto tan desordenado todo el tiempo que me propuse que todos los domingos iba a apartar por lo menos una hora para limpiar los muebles con aceite para madera, barrer y trapear el piso y lavar la ropa que hubiera ensuciado en esa semana. En todo este año no he fallado ni una vez. Tal vez haya cruzado algún umbral peligroso porque me he convertido en una obsesiva por la limpieza, llevando un spray para limpiar computadoras a mi oficina, donde mi primera tarea fue sacar todas las pelusas de polvo que había en mi teclado. Sin embargo lo mejor de mi inicio de semana es ver mi cuarto brillante y ordenado; me encanta estar allí.

Pues hoy que todos los demás por diversas razones estaban fuera, empecé la limpieza con los muebles que esta vez incluyó los estantes donde tengo las cremas y que no sacudo todas las semanas porque tengo que mover demasiados cachivaches. Tenía que subir a la computadora principal y me di cuenta de lo sucia que estaba y del polvo prehistórico que estaba acumulado en los cables detrás del cpu. Puedo asegurar que eso no se limpiaba desde que compraron esa computadora con Windows 95. Ahora entiendo porque mi papá se enojaba con mi hermano y conmigo porque no nos tomábamos la molestia de tener limpia nuestra máquina: es hasta signo de agradecimiento por tener las cosas mantenerlas en buen estado. Cuando me tocó barrer hasta terminé aseando el patio. Mi hermano había limpiado la casa el viernes y me había asignado la tarea, y con las lluvias si los canales se encontraran obstruidos habría una tormenta de diferente tipo, pero también me di cuenta que no se pierde tanto tiempo y en realidad se gana mucho. Y también me emocioné con el trapeador, descubriendo que el piso de mi baño no es que está eternamente sucio, él es así.

Para el almuerzo conté con ayuda muy especial y tuve un momento en el que me decía a mi misma que si esta fuera mi casa propia y este fuera un domingo de mi vida independiente no sería tan malo. Ayer había hecho las compras en el supermercado y ya tengo la lista mental de los almuerzos que voy a preparar por las noches durante esta semana. Cierto, comimos hasta las tres de la tarde, pero no tuve que gastar dinero en comida de mala calidad, tengo mi almuerzo listo para mañana en el trabajo y hasta aprendí a usar la arrocera. Me acordé que mi madre había estado en una especie de curso de tareas domésticas cuando yo estaba pequeña. Las lecciones –por cierto, organizadas por una facción extremista de la Iglesia Católica- eran sobre temas muy variados como aprender a lavar ropa eficientemente, planchar de la manera más rápida, cocinar de forma que hasta los niños más pequeños disfrutaran las verduras verdes, cómo planificar los gastos de la casa, entre otros. Creo que si todavía dieran esos cursos yo me matricularía. No porque soy mujer y esas son las cosas que debo saber hacer, sino porque soy una persona y si me toca vivir sola quisiera poder cuidarme por mí misma. Y si decido tener una familia no me gustaría que creyeran que la comida rápida es rica porque lo que tienen en casa sabe mal, ni que anduvieran con ropas arrugadas o sucias porque mi carrera exigente me hace descuidarlos. Ahora me doy cuenta de la extraordinaria oportunidad que tuve de aprender a cocinar con mi abuela y que no aproveché cuando estaba aquí. Tal vez no desaproveche la que tengo con mi madre todavía.

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