10 December 2007

La influencia de la pintura en los estilos arquitectónicos

Para terminar con este ciclo de posts arquitectónicos relativos a la clase de Teoría Superior, presento el ensayo final, con un tema libre, que todos los alumnos tuvimos que hacer. Este ensayo contiene algunos elementos que ya mencioné en otros posts, que eran únicamente para mi estudio personal. El blog volverá pronto a la normalidad con el inicio de las vacaciones... o tal vez no. Nunca se sabe ;)
Se define la pintura como el “proceso por el que una materia colorante se aplica, mediante algún método, a una superficie de soporte, con el propósito de representar o sugerir a través de la línea, color y materia, alguna entidad visible o imaginaria.” Es una arte plástica, puesto que utiliza materias sólidas que el artista modela. Surge hace más de treinta mil años, antes que la escritura, por lo que desde sus inicios sirvió para definir y caracterizar una época. Su característica esencial consiste en ser bidimensional, y ayudarse del dibujo, el modelado y el colorido para sus resultados finales.
La arquitectura es el “arte de proyectar y construir edificios o espacios para el uso del hombre”. Pero es un arte cuando detrás de sí conlleva una búsqueda estética. La definición de arquitectura se ha ampliado a través de los tiempos por teóricos que realzan algunos de sus aspectos en particular. Vitruvio tomó en cuenta la seguridad a nivel constructivo, la función a la que se destina y la belleza que posee, llamando cada una de ellas firmitas, utilitas y venustas. Para León Battista Alberti el movimiento de los pesos o cargas, y los materiales que se han utilizados deben ser útiles para el hombre. Eugène Viollet-Le Duc insiste en que en ella no se puede separar la teoría de la práctica, y Sigfried Gideon estima que son los materiales y los principios económicos los que deben ser correctamente aplicados en la creación de espacios.
Si bien son artes que tienen una base en común, para luego separarse en sus usos y aplicaciones, ambas interactúan la una con la otra, y muchos de los estilos arquitectónicos, en especial los que se han dado a partir del siglo XIX, son directamente influenciados por las exploraciones y los principios teóricos de los pintores de la época.

Ambas artes se rigen por los mismos principios básicos de composición: la proporción, la medida, la armonía entre las partes. En las dos juega un papel crucial el uso que se dé a la luz. Pero allí donde la pintura es libre, la arquitectura se ve limitada y viceversa. Entendiéndose el rol del pintor como el que ha tenido en los últimos dos siglos, este es un solo individuo que hace sus obras de la forma que mejor le parezca: tiene la opción de adherirse a las reglas académicas clásicas, o bien da más importancia a lo que le dicte su visión única y subjetiva. La pintura requiere presupuesto y tiempo mucho menores que lo que significa una construcción, y en definitiva, si el artista se independiza de la crítica y de sus colegas contemporáneos, la única limitante que posee es su imaginación. A pesar de que el arquitecto “tiene bajo sus órdenes a trabajadores que son incapaces de pensar de forma autónoma” y su oficio es un “arte de sistemas” como lo planteó Aristóteles, no hay que olvidar que son raras las ocasiones en que construye para sí mismo con sus propios medios. En esencia, el arquitecto está subordinado a un cliente que proporciona los fondos, y aunque el cliente le dé plena libertad, no puede obviar las leyes físicas de la naturaleza, ni los medios tecnológicos de la época y el lugar en que se encuentre. Este arte reúne a personas de varias áreas, que incluyen ingenieros civiles, mecánicos, eléctricos, albañiles, por mencionar a algunos: sería casi imposible que un solo arquitecto diseñe y construya una obra aislado del resto de la humanidad. Es por eso que muchos arquitectos, ya sea por vocación o al verse truncadas sus posibilidades de construir, se refugian en la pintura. De hecho, es necesaria un manejo mínimo de la expresión gráfica para dar a entender un proyecto: en el origen del mismo se encuentra la representación bidimensional, las plantas, los cortes, las fachadas y las perspectivas son herramientas que sirven para mostrar en qué consiste un diseño, aunque no transmite por completo la experiencia de habitar un espacio, justamente la característica esencial de la arquitectura.


En el siglo XIX, a pesar del auge de la industrialización, la arquitectura se debatía entre las formas clásicas y las construcciones de hierro. No es casualidad que la Ópera de París fuera inaugurada en 1875 y unos cuantos años después se erigiera la Torre Eiffel.


Por otra parte este fue el siglo de la invención del daguerrotipo: la pintura se había librado de su rol de representar fielmente la realidad y podía encaminarse por otros rumbos. Ahora la pintura era sólo pintura, muchísimo antes que los deconstructivistas dijeran que la arquitectura sólo debía parecer arquitectura. Se dejan de lado todos los temas históricos, religiosos o mitológicos. Se toma simbólicamente el año de la muerte de Eugenio Delacroix como el inicio del Impresionismo. Esta es la estética de lo pasajero, lo que buscaban estos pintores era transmitir la sensación del instante. Fragmentaban el color de manera que se perdía el detalle, todo se ve borroso, como si estuviera en movimiento. El impresionismo también tomó su inspiración del arte japonés, pero esta influencia se prolongó hasta el siguiente movimiento: el Art Nouveau. Esta corriente se oponía a la industrialización, y llamaba diferente según el país, pero las características esenciales fueron las mismas: decoración con motivos florales o animales, formas ondulantes, que también se dieron en la pintura con representantes como el austríaco Gustav Klimt y que se aprecian en construcciones como el edificio de la Secesión de Joseph Maria Olbrich.



La pintura evoluciona hacia el postimpresionismo, con dos tendencias. La primera, a la que pertenecieron Georges Seurat y Paul Cézanne, dejará de realzar el movimiento de sus predecesores y aunque sea más realista, no cae en el naturalismo. Se considera el ancestro espiritual del Cubismo y el arte abstracto. La segunda tendencia es la de los precursores del Fauvismo y el Expresionismo. El dibujo vuelve a ser importante, pero únicamente para transmitir la visión subjetiva y emotiva de estos pintores. Sobresalen Vincent Van Gogh y Paul Gauguin. Ya en el siglo XX, la primera guerra mundial propulsó el Expresionismo que justamente lidia con la angustia de esa época, deformando la realidad, utilizando colores violentos, formas agresivas. Los pintores se reúnen para formar una comunidad artística que se preocupa por el rol que tienen dentro de la sociedad: Die Brücke y más adelante Der Blaue Reiter. Estas organizaciones pictóricas encuentran su paralelo en la Cadena de Cristal, fundada por el arquitecto Bruno Taut, en la que arquitectos como Hermann Finsterlin, los hermanos Luckhardt y Walter Gropius, intercambiaban cartas y dibujos de cómo debía de ser la arquitectura utópica que imaginaban y que no podían construir por falta de recursos. Sin embargo, la falta de apoyo y la popularidad del Modernismo que venía naciendo, hizo que los arquitectos expresionistas pasaran a formar en 1925 la “Nueva Objetividad”, alejándose de sus postulados iniciales y acercándolos a la estética de la época, más sobria y ortogonal. Los pintores expresionistas se mantuvieron por más tiempo, y prefirieron llevar sus convicciones hasta las últimas consecuencias antes que cambiar de parecer. Los nazis consideraron el expresionismo un arte degenerado y las persecuciones que hicieron al fundador de Die Brücke, Ernst Ludwig Kirchner, contribuyeron a que se suicidara en 1938.



Probablemente el movimiento pictórico de mayor relevancia para la arquitectura ha sido el Cubismo. Tomando como punto de partida “Las señoritas de Avignon” de Picasso, estos artistas traducen la realidad utilizando elementos geométricos. Hasta 1910 el cubismo se consideró analítico: la forma predominó sobre el color, los contornos del dibujo se disolvieron y los objetos se fundían entre ellos, hasta perder la esencia de los mismos. En 1912 se reacciona contra esta tendencia abstracta y se da el cubismo sintético, donde se experimentó con la técnica de los papiers collés, los inicios del collage. Años después, en 1928, el primer Congreso Internacional de Arquitectura Moderna marca el inicio del Modernismo. Estos congresos tienen como finalidad replantear el rol que debe tener la arquitectura en la sociedad de su tiempo, y formalizar los principios que la regirían a partir de entonces. Pretendía que la arquitectura mejorara el mundo a través del adecuado diseño de los edificios y de la planificación urbana, lo que la vinculaba a los aspectos económicos y políticos de su tiempo. La estética modernista se opone por completo a la decoración y el ornamento en las obras. Para ellos toda forma resulta de la función que debe cumplir el proyecto, que será realizado con los volúmenes más simples y puros que sea posible, justamente su vínculo con la pintura: el realce a las formas geométricas. El cubismo desechó por completo la perspectiva que la pintura arrastraba desde el Renacimiento, de la misma forma como los modernistas rechazan los estilos arquitectónicos pasados.


A partir de entonces, las principales vanguardias pictóricas que habrían de influenciar la arquitectura tomarían como punto de partida el Cubismo. El Futurismo toma su nombre del libro de Filippo Tommaso Marinetti, publicado en 1909 “Fundación y manifiesto del Futurismo”. Es un arte con una teoría muy marcada: rechaza el arte del pasado, celebra la tecnología y los avances científicos, está profundamente impregnado de una conciencia política y un nacionalismo. Los visuales resultan ser agresivos, predomina la idea de fragmentación de la imagen. Por su parte, el Constructivismo ruso lleva más allá la abstracción, hasta el extremo de ni siquiera tomar como punto de partida objetos reales. Sus diseños son primariamente geométricos. Estos son los dos movimientos en los que se basaría el aspecto visual del Deconstructivismo, que aparecería mucho tiempo después, a finales de los 80s (aunque se le debe agregar el método popularizado por el filósofo francés Jacques Derrida, la deconstrucción). Las principales características de este estilo arquitectónico es la fragmentación de las formas geométricas, apoyada en las técnicas constructivas más avanzadas. Estas construcciones no presentan ninguna referencia a estilos pasados, y no se preocupan por insertarse en su entorno.


El Cubismo también tuvo repercusiones en pintores como Piet Mondrian y arquitectos como Jacob Johannes Pieter Oud, cofundadores de la revista y el movimiento del mismo nombre “De Stijl” (el Estilo). Oud expresó que “la arquitectura moderna evolucionará cada vez más hacia un proceso de reducción a proporciones positivas, comparable a la pintura moderna”. Este movimiento tiene como ideales la unidad y la armonía, al crear un arte que sea universalmente comprensible. Mondrian utiliza únicamente los tres colores primarios, el rojo, amarillo y azul, además del blanco, el negro y el gris, y la dirección de las líneas las reduce a la vertical y la horizontal. La casa Schröder, del arquitecto Gerrit Rietveld, está diseñada de acuerdo a todas esas reglas. Las diferentes masas forman un cuadro fragmentado por placas horizontales, paneles de vidrio, los antepechos y los soportes verticales. Como Mondrian no aceptaba las líneas diagonales en sus composiciones, las ventanas de esta casa se abren únicamente en una posición: a 90 grados en relación a la fachada. Los elementos lineales de la construcción son rojos, azules o amarillos, los planos son blancos o grises.



La simplicidad de los diseños y el juego de líneas y planos de De Stijl marcaría un punto de partida para el Minimalismo, pero este lleva consigo además, un profundo rechazo al arte Pop americano de los años 50. En gran auge en Nueva York y California, esta corriente cuestiona los valores tradicionales del arte, desde lo hecho a mano, el objeto artístico como único y la originalidad. Toma sus temas de la vida cotidiana, objetos consumibles y efímeros, publicidades, los cómics, las estrellas de cine. Los artistas casi ni tienen una relación directa con sus obras; muchos de ellos emplean asistentes que los ayudan con sus técnicas de impresión, son prácticamente fábricas de arte. La arquitectura minimalista manifiesta un profundo desagrado en contra de semejante exhibición y pretende revalorizar la obra de arte, separándola del contexto si este se muestra indigno de ella –la casa Nakayama de Tadao Ando tiene un muro perimetral que la cierra al resto del vecindario- y haciendo gala de la monocromía y de los amplios ventanales transparentes.


Actualmente, los recursos tecnológicos como los programas de computadora, liberan al arquitecto de la obligación de manejar técnicas de dibujo para poder vender sus diseños. De hecho, mientras más apegada a la realidad esté una imagen renderizada, es más efectiva. Por su lado, la pintura se alejó de su propósito de reproducir la realidad hace muchísimo tiempo. Hoy en día pesa más el enfoque subjetivo o emotivo del artista, que la técnica empleada. Pero ambas artes nunca dejarán de interactuar y de influenciarse mutuamente. En primer lugar, porque la pintura lleva la ventaja en poder hacer experimentaciones formales más rápidas, y puede pasar de un postulado teórico a otro en menos tiempo. Y aunque la arquitectura se tarde un poco más en traducir esos postulados a espacios habitables, cuando lo logra, sus resultados pueden tener mayor impacto en la sociedad, ya que son apreciados por cualquier persona que pase al lado de una construcción, en vez de tener que ir a un museo a apreciarla. Sin embargo, no podemos obviar la inspiración que toman los arquitectos de las visuales bidimensionales, y gracias a que la pintura contemporánea nos ha ayudado a valorar las formas sin representaciones de carácter figurativo, hoy somos capaces de comprender mejor la arquitectura contemporánea.

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