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¿Dónde estoy exactamente? Es una muy buena pregunta. Sé que estoy en el condado de Yunlin, en el pueblo de Gukeng, pero cuando pido que me muestren en Google maps dónde estamos no es posible encontrar el lugar exacto y por supuesto, me compré una guía de Taiwan donde el único condado del que no aparece información es sobre Yunlin. Así que mi preparación antes de venir no me ha sido muy útil.

Por ahora sólo puedo guiarme por los paisajes de plantaciones de naranjas, piñas y otras frutas y verduras, interrumpidas por casas y templos. Voy a tratar de descubrir los parajes con mayor detenimiento en los próximos días. Por ahora, las actividades del día han incluido ver la versión taiwanesa de “American Idol” (al parecer esos programas me persiguen en todas partes) que es ligeramente diferente a la original: los concursantes pasan de tres en tres y al final sólo un juez les da su opinión. Luego demostré mi pobre condición física e inadaptación a la tecnología de punta como sólo es posible gracias al terrible “wii-fit”. Y para aquellos que se lo compraron esperando reemplazar las verdaderas actividades físicas con la consola (pienso en los Herminios en todas partes): eso no es ejercicio, pero es muy divertido. Gracias a todos mis profesores de Step en el pasado, esa fue la única actividad en la que no fui merecedora de carcajadas ininterrumpidas.

Por la tarde fuimos con los abuelos a un parque, donde atravesamos pasillos llenos de bocadillos y bebidas. Hasta ahora lo único que puedo describir son los hongos empanizados y el té con leche, ambos manjares exquisitos, pero en realidad he probado tantas cosas que ni puedo recordarlas todas. Más vale que llevo un día y medio nada más. Luego pasamos rápidamente por un mercado, donde la variedad de mariscos me miraba de manera amenazadora, pero para mi gran fortuna compramos verduras.

Let it to me to find the only travel guide in the world about Taiwan without any information about the county I’m in, Yunlin. Needless to say, my preparation for coming here has been useless. So far, the only ways I have of knowing where I am are the plantation landscapes with oranges, pineapples and other fruits and vegetables, interrupted by some houses and temples.

Yesterday, the itinerary included the Taiwanese version of “American Idol”, a show I have seen so far in its French and Latin-American version, so it seems it’s always after me. Here, it is slightly different than the original: three contestants perform in a row and afterwards only one judge gives his or her opinion. After that, I demonstrated my poor physical condition and my less-than-spectacular knowledge of recent technology in a way it is only possible thanks to the “wii fit”. And to those who have bought it hoping it would replace real physical exercise: that cannot be considered sport, but it is really fun. Thanks to my Step teachers in the past, that one was the only activity that did made me deserve uninterrupted laughter.

In the afternoon we went with the grandparents to a park, where we got to walk through hallways full of snacks and beverages. So far the only things I can describe are breaded mushrooms and pale milk tea, both absolutely delicious, but actually I have tasted so many things I can barely remember them all. And I have not been more than two full days here. Then, we went to a market, where the seafood variety stared at me in a threatening way but in the end we only purchased some vegetables. 
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Todos los años escribo este post. Y probablemente este sea el último, pero todos los años digo lo mismo y vuelvo a caer. Pero es que no es posible que cada año American Idol se encargue de eliminar a mi concursante favorito, aquel de la voz prodigiosa, del look único, del que me dan ganas de comprarle las canciones, si tan sólo Herminio no supliera mis necesidades en cuanto a música pirata se refiere.

El año antepasado botaron a Carly Smithson, mi tatuada favorita, una eliminación que me dolió particularmente porque la compartí con Juank, que se encontraba en los Estados en esos días y a quien obligaba a que votara por ella cada martes por la noche. El gran problema de Carly, y me lo imaginé desde un principio, era su esposo tatuado de pies a cabeza –cara incluida-, y lleno de piercings. En circunstancias normales eso no habría tenido gran impacto, pero en una competencia mitad talento/mitad concurso de simpatía, no es muy recomendable que inmediatamente después de la canción enfoquen al esposo con aspecto de marero. Que de paso nunca sonreía. Carly se esfumó en el olvido de la industria musical, pero su rendición de “Come together” de los Beatles todavía me da escalofríos. Incluso cuando tuve la oportunidad de jugar “Rock Band” y puse esa canción tenía la pequeña esperanza que fuera su versión.

Ese mismo año competía Brooke White, una pianista con demasiadas influencias de Carly Simon, Carole King y Joni Mitchell. Pero era tan dulce y tan talentosa que me hubiera conformado con que ella ganara, a falta de mi otra concursante favorita. Todo iba viento en popa, hasta que una semana se le olvido la canción… Así que ese año la final la disputaron el “hondureño” David Archuleta y el rockero David Cook. Por si alguien no lo recuerda, yo iba por Cook. Para empezar Archuleta escogía canciones horrendas porque a los 16-17 años no se tiene algo esencial para estar en American Idol: CRITERIO. Archuleta era un niño manipulado por su stage-dad que quería hacerse rico a costa de su hijo con talento para no desafinar. David Cook ganó y tuve unos cuantos meses de paz. Hasta que un día iba en la radio, pusieron una canción toda pegajosa que no me podía sacudir por varias semanas, y un tiempo después descubrí que era de Archuleta. Toda una lección en humildad.

El año pasado mi consentido era Adam Lambert, un tipo ya mayor para estándares de estrella pop, tenía 28 o 29 años y mucho tiempo de estar intentando ganarse la vida como cantante. Era extravagante en su ropa y en sus elecciones de canciones, pero nunca era aburrido. La final Kris Allen vs. Lambert resultó en una total decepción con el triunfo de Allen, de quien sólo he vuelto a escuchar una versión de “Heartless” de Kanye West que es mejor que la original. Pero aparte de eso se ha hecho polvo.

Por supuesto, en un concurso de clichés el mío siempre es el rockero. ¿Bo Bice vs. Carrie Underwood? Mil millones de veces Bo Bice. Así como Chris Daughtry y Constantine Maroulis. Ninguno de ellos ganadores. ¿Así que, por qué he continuado y continúo todavía con este ejercicio en masoquismo durante 5 meses enteros en los últimos 7 años (no vi las primeras 2 temporadas)? Porque algún día, tal vez algún día, los gringos aprendan que no hay cantidad de ropa fea y peinados raros que puedan opacar el talento de una persona. Este año la final tenía que ser Siobhan Magnus vs. Crystal Bowersox. Esta última una descendiente de Janis Joplin, con la ropa hippie y el pelo sucio, pero una súper buena voz y presentaciones impredecibles. Crystal ha sido la favorita de los jueces durante todo este tiempo, lo que puede resultar perjudicial ya que la gente siente que no necesita más apoyo del que ya recibe. Siobhan era otra que parecía que casi nunca se equivocaba y esta semana que no tuve tiempo de ver el programa continuaba mi vida con la confianza en que la niña era intocable y que finalmente habían botado al insípido de Aaron Kelly. Pero no me extraña saber que fue en la semana de música country que Magnus fue despachada. Esa música horrible sólo Ryan Adams y Neko Case la saben rescatar.

¡Qué decepción! ¡Qué pésimo! ¿Cómo pudieron haber preferido las cursiladas gastadas de Michael Lynche, o repito, de Aaron Kelly, a Siobhan? Cuando dicen que la nuestra es una cultura en decadencia tienen toda la razón. El mundo se va a acabar y estoy segura que será pronto, porque semejantes injusticias sólo pueden ser señales de que el fin está cerca.

Todos los años escribo este post, pero con la salida inevitable de Simon Cowell después de esta temporada, es casi seguro afirmar que este año será mi último de aguantar la angustia cada martes y tragarme la cólera cuando se deshagan del concursante que debía ganar. La vida es cruel y despiadada, pero ¿no se me puede dar gusto aunque sea en un reality show? Ni modo, ahora más vale que gane Crystal, si no va a correr sangre por este blog.

Los dejo con una de mis presentaciones favoritas, “Paint it black” de la semana tributo a los Rolling Stones.

Showbiz Tonight tiene una encuesta hoy sobre si es justo que David Cook haya ganado American Idol. Y tengo la sospecha que después del último correo que le envié a A.J. Hammer continúo siendo televidente non-grata y ni se le va a cruzar por la mente publicar el comentario que le envié en esta ocasión, por lo que voy a tener que hacer uso del blog una vez más para ventilar mis omnisapientes opiniones de cultura pop.

El hecho de que haya gente cuestionando siquiera si es justo que Cook haya ganado es un signo inequívoco de la manipulación descarada de la que hemos sido víctimas en los últimos cuatro meses de parte de los productores y de los jueces para que Archuleta ganara. He tenido que tomar como válidas todas esas teorías de la conspiración, porque después que nos enteramos, gracias a la despistada de Paula, que los juicios a los concursantes no sólo son emitidos en base a su desempeño en el programa, sino también de los ensayos y pruebas de sonido, cuando criticó una canción que el horrendo de Jason Castro no había cantado aún, era imposible continuar negando lo obvio y evidente. En todos los programas de la competencia en sí, donde era el público el encargado de conservar y eliminar a los muchachos, siempre hubo dos estándares para criticar a los cantantes: el aplicable al minino de 17 años y el que serviría para los demás. Cada semana fuimos testigos de cómo los concursantes eran eliminados por las razones más disparatadas: por haber sido estrípers; por haber tratado de imitar el falsetto de un Steven Tyler pre-cuarenta-cigarrillos-diarios; por tener un brazo y un esposo con la cara tatuada; por querer aligerar las cosas después de una semana terrible con Andrew Lloyd Webber… Los mejores concursantes, los más talentosos, fueron sacrificados al más mínimo faux-pas. Errores que Archuleta muchas veces cometió pero que casi nunca fueron reconocidos por los jueces. A él se le olvidaron las letras en numerosas ocasiones, él cantaba el mismo tipo de melodías sensibleras todas las semanas, él elegía canciones que no fueron comerciales y que no lo serían bajo ninguna circunstancia, y siempre obtuvo el mismo tipo de respuesta: “Qué genial! Qué talento!!” Todo el escándalo que hubo por tener un “stage dad”, que lo manipulaba para que cambiara las letras, para que cantara de cierta forma, nos hizo pensar que probablemente es un niño muy pequeño para entender en lo que se estaba metiendo. Pero cuando cantó “Imagine” por segunda vez en la final, sólo porque había tenido éxito con ella unos meses antes, terminó de demostrar que no tiene personalidad. Simon destruyó a Cook esa noche diciendo que Archuleta había ganado los tres rounds, y que, de la misma forma que su rival, debió haber cantado alguna de las canciones con las que le había ido bien en semanas anteriores, pero Cook le respondió que él miraba esto como una progresión, y que no le encontraba sentido a repetir lo mismo.

Nos fuimos a dormir esa noche imaginando los encabezados ridículos de El Heraldo: “Hondureño gana American Idol”. Estábamos desolados, pero resignados: el chico de las buenas notas pero el cero criterio independiente iba a reinar sobre nosotros. Y que así fuera, después de todo, va a vender más discos el rockero. Pero vimos la eliminación, y hasta el último momento, cuando ya no teníamos esperanzas, fuimos recompensados: por un margen de 12% en los votos, triunfó la sensatez y la justicia. Honestamente, no veo qué ganaban los productores y los jueces con que ganara el niño que ellos favorecían: en estos tiempos ya no es tan vendible la imagen de niño bueno castrado. Pero me encanta ver las caras de incredulidad y depresión de los que ya creían tener a un vencedor en los bolsillos. Puedo ver este video una y otra vez, sin cansarme.
¡Felicidades David Cook!
(Y el New York Times está de mi lado...)
Al parecer esta es la semana de American Idol en el blog. Detesto tener que hacer este post, aunque en el fondo sabía que era inevitable. Eliminaron a Carly!!!!!!!!!!!!!!!! En circunstancias normales no estaría indignada, pero que un país entero prefiera al peludo y terrible de Jason Castro en vez de alguien que SÍ sabe cantar, es sencillamente otro signo de la decadencia del imperio norteamericano. ¡Maldición!!!!!
Bueno, para celebrar a la que debió haber sido la ganadora del concurso, les presento sus mejores canciones en mi opinión. La primera fue para la semana de Dolly Parton, que por cierto, es encantadora la mujer esa. "Here you come":



La segunda es la canción por la que fue eliminada, aunque ustedes no lo crean. Para la semana de Andrew Lloyd Webber, ella fue la única que me dio gusto, cantando del musical "Jesus Christ Superstar". Todos los demás escogieron cursiladas de "Cats", "Evita" o "Phantom of the Opera", blah...



Y mi favorita: "Come together", de la primera semana en que American Idol se dedicó a los Beatles. Qué genial esta versión, brillante, increíble.



Yo quiero un tatuaje en mi brazo y una de esas camisetas de "Simon loves me (this week)".
Carly: más vale que ahora sí te den un buen contrato disquero!!!!!!!!!!!!!!!!!


Venirme a vivir a los Estados Unidos ha marcado una recaída casi total a mi antigua adicción a la cultura popular (c.f. mi reciente interés por Taylor Swift). Mi adicción solía ser tan fuerte que solo logré controlarla extrayéndome totalmente del ambiente donde prosperaba, a.k.a. Honduras, cuando me fui por primera vez en el 2010 y por segunda vez en el 2013. Sin acceso a un televisor durante los días de semana, poco a poco fui perdiendo la noción de quiénes eran los artistas o los programas de moda, con una notable excepción: la versión francesa de The Voice.


Mientras estuve viviendo en Suiza, la mayoría de los fines de semana me iba a ver a Jacques a Lyon y él sí tenía televisor. Por suerte, no tenía cable y por ende ningún acceso a E! Entertainment Television, por lo que pude soportar ver un reality show sin caer en mis viejas costumbres. Empezamos viendo The Voice de vez en cuando, las raras veces que regresábamos temprano de alguna salida o cuando no salíamos los sábados por la noche, pero sin darnos cuenta nos quedamos enganchados. Llegamos al punto que cuando no podíamos ver el episodio en vivo lo bajábamos para verlo en otro momento.


Creo que ese año me gustó el programa por ser la primera temporada de Mika quien, a pesar de que vivió sus primeros años en Francia, tiene referencias culturales y musicales muy diferentes a las de sus otros colegas jueces por haber estudiado en Inglaterra. Mika era el único juez que yo conocía, los demás eran cantantes franceses o canadienses desconocidos para mí. El participante de Mika ganó esa temporada, un cantante de origen gitano increíblemente talentoso, Kendji Girac, que ahora tiene una carrera de mucho éxito en Francia.


El segundo año me enganché porque la nueva juez era Zazie, una cantante-compositora que me cayó muy bien porque le gusta el rock y en su forma de cantar se nota que le gustan mis artistas favoritas, como Tori Amos. Vi la temporada siguiente, pero empecé a perder el interés y ni recuerdo quién ganó. El año siguiente, Jacques se fue a Turquía por nueve meses y nunca más volví a ver el programa.


Heme aquí en los Estados y le propuse a Jacques que empezáramos a ver la versión gringa, que nunca había visto. Desafortunadamente, ni Christina Aguilera, ni Gwen Stefani, ni Alicia Keys son jueces este año. Me tengo que conformar con Blake Shelton (who???), Nick Jonas (guácala), John Legend (emoji de persona levantando los hombros con indiferencia) y Kelly Clarkson, la única que me gusta. A pesar que empecé a ver American Idol después de que ganó, pasé todo el 2005 escuchando su disco “Breakaway” sin interrupciones, así que le tengo mucho cariño.


Obviamente, el formato del programa es el mismo en los dos países, pero la versión gringa y la francesa de The Voice tienen muy poco en común. Más bien, muestran las diferencias contundentes entre las dos culturas. Empecemos con el presentador. En Francia, es el periodista Nikos Aliagas, en los Estados, el antiguo presentador de Total Request Live de Mtv, Carson Daly. Yo no conocía a Nikos, pero le tengo mucho respeto porque es un buen moderador y entrevistador. Es serio, pero entretenido y muy inteligente. Después de la muerte de TRL, no volví a saber de Carson Daly pero, aunque lleva 10 años presentado The Voice, se ve todo golpeado por la vida y tiene cero protagonismo en el programa. Es todo estático, no tiene carisma y dice apenas lo estrictamente necesario para que la competencia siga su curso. Nadie va a notar el día que se vaya.


Es claro que la dinámica entre los jueces y los concursantes franceses y gringos tiene que ser diferente, pero nunca me imaginé a qué grado. En Francia, los jueces eran muy amables entre ellos, me los imaginaba casi amigos, yendo a cenar y a tomar tragos juntos. Me imagino que lo hacen en broma, pero los jueces gringos compiten entre ellos como que de eso dependiera su próximo cheque. Pasan peleando tan seguido que eso le quita todo el protagonismo al pobre diablo muerto de nervios que viene a cantar. La mayor parte del tiempo los jueces no dejan hablar a los concursantes, no les preguntan nada aparte del nombre y los tratan de convencer de ir a su equipo recalcando los defectos de los otros jueces, o argumentando cuántas veces han ganado el concurso.


Exacto, en la versión gringa los jueces se creen los ganadores, como si fueran ellos los que cantaran. Son tan egocéntricos que da vergüenza. Además, cada juez representa un género de música y es muy obvio quién se va a dar vuelta por el candidato dependiendo de la canción. Algunas veces un juez desobedece el patrón, pero es extremadamente raro que los cuatro jueces compitan por una misma persona. Esto es muy común en Francia y definitivamente no existe tanta diferenciación de juez por tipo de música. Y esos sketches dizque cómicos que hacen los jueces gringos solo muestra que no cualquiera es un buen actor.


Hay que decir que los cantantes gringos son mejores que los franceses. Suena duro, pero es verdad. Después de todo, el estándar de una voz poderosa es Mariah Carey o Whitney Houston, en cualquier país que sea. Y con tanto gringo religioso, cantan más seguido en las iglesias, lo que les da una ventaja significativa con respecto a los ateos franceses que solo cantan obligados en las clases de música. Pero porque los gringos son mejores me enoja más cuando eliminan a los virtuosos que no tienen potencial de estrellas pop, es decir que no son jóvenes, atractivos o con una historia patética detrás. Casi que parece requisito haber sufrido para cantar bien, si se cree en los perfiles de los candidatos de The Voice US. Cada uno está allí porque su mamá fue madre soltera, o ellos son padres solteros, porque los trataron mal sus compañeros de colegio, porque tienen una enfermedad incurable, un complejo sobre su cuerpo, o porque no pueden pagar su alquiler a menos que persigan sus sueños. Sus historias son tan tristes que ya me volví inmune a sus peroratas lastimeras.  


Así que puedo decir que genuinamente me gustaba la versión francesa de The Voice, con los jueces que yo conocí, porque cuando vi un episodio con los actuales no me cayeron bien, mientras que me gusta detestar The Voice US, que es una forma totalmente diferente de consumir un producto cultural. Y esto corresponde a mi opinión de los dos países, de hecho.




Moving to the USA has signified a complete relapse in my old addiction to popular culture (cf. my recent interest in Taylor Swift). My addiction used to be so strong that I was only able to control it by extracting myself from the environment where it prospered, a.k.a. Honduras, when I left for the first time in 2010 and for the second time in 2013. Without any access to a tv during the weekdays, I started losing the notion of who were the hip artists or shows, with a notable exception: the French version of The Voice.


While I was living in Switzerland, most weekends I traveled to Lyon to see Jacques and he did have a tv. Luckily, he did not have cable and therefore no access to E! Entertainment Television, which is why I could stand to watch a reality show without falling into old habits. We started watching The Voice occasionally, the few times that we came back early from any outing or when we did not go out on a Saturday evening, but we got hooked without realizing it. We even reached the point where, if we could not watch the episode live, we downloaded it to watch it later.


I think I enjoyed the show that year in particular because it was Mika’s first season as a judge. Mika spent his early childhood in France, but later studied in England and so he has different cultural and musical references from that of his fellow judges. He was the only judge I knew, whereas the others were French or Canadian singers I had never heard of. Mika’s contestant won that year, a very talented singer with Roma origins, Kendji Girac, who has a very successful career in France.


The second year I got hooked because the new judge was Zazie, a singer-songwriter whom I liked because she likes rock music and it is evident in her way of singing that she likes some of my favorite artists, like Tori Amos. I watched the next season, but I started losing interest and I do not even remember who won. The next year, Jacques left for Turkey and I never watched the show again.


So here I am in the US and I suggested to Jacques that we start watching the American version of the show, which I had never watched before. Unfortunately, neither Christina Aguilera, Gwen Stefani, nor Alicia Keys are judges this year. I had to settle for Blake Shelton (who????), Nick Jonas (yuck), John Legend (emoji of person raising his shoulders as a sign of indifference) and Kelly Clarkson, the only one I love. Even though I started watching American Idol after she won, I spent all 2005 listening to her album “Breakaway” non-stop, so I have a special place for her in my heart.


Obviously, the show’s format is the same in the two countries, but the American and the French versions of The Voice barely have anything in common. Instead, they demonstrate the overwhelming differences between the two cultures. Let us start with the host. In France, it is the journalist Nikos Aliagas; in the US it is the former Total Request Live host from Mtv, Carson Daly. I did not know Nikos before, but I have great respect for him because he is a good moderator and interviewer. He is serious, but entertaining and very intelligent. After TRL’s death, I did not know what became of Carson Daly, but he may be hosting The Voice for 10 years now, he looks beaten by life and has zero relevance in the show. He is completely static, has no charisma and says the bare minimum to keep the show going. No one will notice the day he does not show up.


It is clear that the dynamics between American and French judges and contestants must be different, but I never imagined to what extent. In France, the judges were very kind between one another, I pictured them as friends, often having dinner and drinks together. I guess they are joking, but the American judges compete against one another as if their next check depended on it. They fight so much that they take the spotlight away from the poor nervous soul who comes to sing. Most of the time the judges do not let contestants speak, they ask them no questions besides their name and try to convince them to join their team by highlighting the other judge’s flaws, or arguing how many times they have won the show.


Exactly, in the American version the judges think they are the winners, like they are the ones doing the singing. They are so self-centered it is embarrassing. Besides, each judge represents a genre of music and it is obvious who will turn for a candidate depending on the song. Sometimes a judge will go against the pattern, but it is extremely rare that all four judges compete for the same person. This is very common in France and there is definitely no clear differentiation of the judges according to the type of music. And the so-called funny sketches of the American judges only show that not everyone can be a good actor.


It must said that the American singers are better than the French ones. It sounds harsh, but it is true. After all, the standard for a powerful voice is Mariah Carey or Whitney Houston, no matter the country. And with so much religious Americans, they sing more frequently in their churches, which gives them a significant advantage to the French atheists who only sing when they are forced to in music classes in high school. But that the Americans are better only annoys me more when the really talented ones are eliminated because they have no pop star potential, meaning they are not young, good looking or with a pathetic history. It almost looks like a requisite to have suffered to sing well, if you believe in the profiles in The Voice US. Each one of them is there because their mother was a single parent, or they are single parents, or because they were bullied in high school, have an incurable disease, have body image issues, or because they are not able to pay their rent if they do not follow their dreams. Their stories are so sad that I became immune to those pitiful speeches.


So I can say that I genuinely loved the French version of The Voice, with the judges I knew, because I watched one episode with the current ones and did not like them, while I love to hate The Voice US, which is an entirely different way of consuming a cultural product. And this matches my opinion of the two countries, actually. 



ShowImage Nouvelles mythologies dice ser el equivalente para el nuevo milenio de la obra Mythologies, publicado en 1957 por Roland Barthes. De lo que podemos deducir sobre este libro, Barthes habría dejado al descubierto las relaciones entre objetos, prácticas y personalidades de su época, así como sus significados, y habría marcado profundamente a varios autores y pensadores de su época al punto de querer homenajearlo cincuenta años después, en su misma casa editorial. Pero en esta ocasión se tienen sesenta y siete ensayos, cada uno hecho por un autor distinto, de los cuales 90% ha publicado algo nuevo en los últimos tres años. Este remake sería entonces una forma muy sutil de hacerles publicidad pero dice implícitamente que los tiempos han cambiado y que sólo mezclando sesenta y siete autores contemporáneos se puede sacar a un único Barthes, aunque sea en imitación.
El paso del tiempo queda ilustrado en la actualización de las temáticas, como el mismo libro afirma explícitamente: la Citroën se convirtió en la Smart, el steak con papas fritas en sushi, el franco en euro y Greta Garbo en Emmanuelle Béart. Los temas, elegidos entre lo más representativo de la iconografía y lo simbólico francés, retoman también la crítica social disimulada con humor del autor original pero se distinguen en su separación de la agenda política: Barthes habría sido un marxista escandalizado ante la cultura de consumo, aquí lo más político es la denuncia contra el racismo. Tendría mucho más de que escandalizarse si estuviera vivo actualmente, sobretodo del hecho que en nuestra época nada es causa de sorpresa realmente. Tal vez vivamos en un estado permanente de histeria colectiva enfocada en temas que sí son cambiantes, pero nuestro nihilismo e impasibilidad son casi dignos de admirar.
Como había mencionado, los temas son de relevancia en la sociedad francesa, así que una gran parte se escapan a mi comprensión foránea. Sin embargo, si alguien quiere una introducción a Francia en el 2000, este es el libro a adquirir. Digamos que casi todo lo que sobresale e importa en este país está entre estas páginas. ¿Y de qué está hecha la sociedad francesa?, se preguntan. De una cuarta parte de tecnología: el GPS, el iPod, el teléfono portátil, el SMS, el Wi fi, los blogs, la capsula Nespresso, el código digital para entrar a un edificio; otra cuarta parte estaría compuesta de fenómenos o personalidades de los medios de comunicación: el escritor Michel Houllebecq, Zidane (obviamente), la Star Academy (equivalente local de American Idol), las series televisivas, el 11 de septiembre 2001 y las celebridades; otro cuarto de fenómenos de sociedad: los novios melosos en la calle, el speed-dating, las modas del comercio justo, los burgueses bohemios, la fiebre del fútbol (obviamente) y las mujeres exhibicionistas y reservo la última parte para todas esas cosas francesas que no logré entender: el fontanero polonés (¿será una versión local de Joe the Plumber?), el escándalo del empresario indio Lakshmi Narayan Mittal y su deseo de comprar la compañía de acero Arcelor, el reportero Nicolas Hulot, el chef Alain Ducasse, y las expresiones de Sarkozy sobre los jóvenes de los suburbios. Es cierto, el punto de vista es francés, pero realmente, con cada año que pasa los fenómenos dejan de ser nacionales para sentirse a nivel mundial. Es por eso que no es extraño ver que se hable de cosas como el 11 de septiembre, Kate Moss o el Botox. No serían temas distintos si se estuviera hablando de la sociedad estadounidense. Y estuve agradablemente sorprendida al ver que la gente besuqueándose impúdicamente en lugares públicos o el paradigma de la mujer como prostituta socialmente aceptable no es extraño sólo para mí.
El libro tiene dos fallas, que me pregunto si no fueron inevitables. La primera es una serie de ausencias que me parecen imperdonables: el facebook, Francia es uno de los países con más usuarios de esa red social, mientras que otros países tienen su equivalente nacional (pienso en Tuenti en España o a StudiVZ en Alemania); los perros, Dios cuánta gente tiene perros aquí, y son tan desagradables subiéndolos al tranvía y ensuciando las calles, que he llegado al punto que ya ni tengo ganas de tener una mascota; y claro, no se puede hablar de gadgets sin hablar de la cámara digital o el Blackberry. El segundo defecto es la profundidad de los ensayos, algo ligado a la longitud de los mismos. Todos los temas son tratados en dos o tres páginas, algo que seguramente fue una exigencia de la editorial y que resulta ideas con esos autores que resultan aburridos, que afortunadamente no son muchos. Pero por eso que muchas veces los escritos se sienten superficiales, incompletos y dejan insatisfecho. La persona que trató el tema de las series televisivas dejó mucho que desear, al final no pudo argumentar ni en pro ni en contra de esta fascinante adicción social. El que habló sobre el blog fue otro que por querer decir poco al final no dijo nada y hubiera querido saber más sobre la adicción al cigarrillo que se sintió casi como una denuncia de la advertencia en las cajetillas “Fumar mata” y una exaltación a los fumadores.
A pesar de todo, el libro muestro puntos de vista muy interesantes y como ejercicio de redacción resulta muy interesante. Mostrando los objetos icónicos de un pueblo uno se pregunta cuáles son los propios y esas cosas cotidianas y supuestamente triviales toman un simbolismo especial, o por lo menos son considerados como testigos de una época y desde ese punto de vista merecen ser estudiados. Además, conocer las nuevas mitologías inspira a conocer las anteriores, así que dentro de poco entraré al mundo de Barthes. Pero antes Michel Pastoureau me ha llamado: la historia del cerdo está por venir.
GARCIN Jérôme (sous la direction de.), Nouvelles Mythologies, Éditions du Seuil, Paris, 2007
Ahora que terminó American Idol, puedo rendirle un tributo a mi concursante favorito:



Claro que es broma, la final debió haber sido entre Lakisha y Melinda. Si tan sólo hubiera justicia en el mundo.
Hoy me tocó leer un poco sobre cómo la forma del cuerpo puede que tenga alguna relación con el temperamento de las personas. Durante los años 40s, el psicólogo americano William Sheldon investigó esa relación basándose en un arsenal de fotos y entrevistas a los sujetos fotografiados, llegando a formular una teoría que planteaba que según la capa del cuerpo dominante en cada persona se podían deducir algunas características de su personalidad. Son tres tipos de cuerpos según las tres capas, determinadas por las primeras células que forman un embrión. La primera capa es la de la piel y el sistema nervioso que forma los cuerpos endomorficos, la segunda capa es la de los músculos y engloba a los cuerpos mesomorficos y la tercera es la de los cuerpos más redondos, los endomorficos. Las personas de la primera categoría son delgadas, bajitas y tienen poco músculo o grasa; disfrutan leer, escribir y son introvertidos. Los mesomorficos son aquellos que por tener músculos fácilmente desarrollables con ejercicio son personas activas, positivas y trabajadoras. Y por último, el biotipo endomorfico trata sobre personas que disfrutan no sólo de la comida sino también de otros apetitos sensuales, son joviales, sociables y les encanta vivir. Desde luego, estas teorías suenan un poco estereotipadas, pero así como no han podido ser comprobadas o rechazadas completamente, no suenan tan ilógicas. Así que en mi condición de flaca, introvertida y temerosa de la vida no puedo evitar pensar en cómo me gustaría disfrutar como endomorfica. Desde luego que, con mis medios, no puedo costearme comer afuera seguido ni tan rico que digamos; con mi iniciativa es imposible preparar platillos decentes. No me queda otro remedio más que verlos en la televisión.
Los programas de comida son muy particulares, necesitan de presentadores extremadamente carismáticos y algún tipo de cuestión temática para atrapar a las personas. Pues empezando de lo más extravagante y pasando a lo mejor en calidad, empiezo por “Surfing the menu”. Unos chefs súper jóvenes y definitivamente mesomorficos cocinan al aire libre y luego se van a bañar al mar o a surfear. Suena extraño y a veces realmente lo es. Un día cocinaron tamales mexicanos que consistían en unas bolas de masa hervidas que aderezaban con mole poblano. La decepción fue inevitable, necesitan supervisores latinos con urgencia.
El chef Emeril Lagasse enseña a cocinar a amas de casa llevándolas a supermercados “Whole foods” donde todo se ve sospechosamente fresco. El tipo es todo eléctrico y no puede quedarse quieto cinco segundos, lo que explica sus numerosos restaurantes, libros de cocina publicados y series de televisión en que ha participado. Uno de ellos es sobre hamburguesas gourmet así que está muy cerca de calificar como el hombre perfecto, pero él, como todo buen cocinero sí tiene un cuerpazo que podría ejercitar mejor.
Esto plantea el dilema de los chefs delgados, como los hermanos Rubino en “Menú a la medida”. Son tan flacos que sólo me recuerdan a Anton Ego en “Ratatouille”: es extraño ser tan delgado si se disfruta realmente de la comida, y son calvitos, pero eso no es su culpa, todo mundo sabe que ser cocinero es estresante a niveles arquitectónicos. El restaurante de los Rubino es de tendencia oriental y hacen un montón de comidas pequeñitas donde experimentan con recetas moleculares como Ferran Adrià en el Bulli. Ellos representan todo aquello de lo que Anthony Bourdain huye en su programa: son elitistas, gourmet (que significa minúsculo), snobs y ¿qué tipo de autenticidad es ser canadiense y especializarse en comida japonesa? Hay que ver su programa por la misma razón por la que vale la pena ver “Project Runway”: uno se identifica con los niveles de tensión y angustia que inevitablemente se relacionan con trabajar en algo artístico que tiene que ser de calidad y al mismo tiempo satisfacer a un cliente que no tiene idea de lo que cuesta fabricar aquello que él destroza con sus críticas pero los resultados son preciosos e inspiradores. Lástima que al mismo tiempo se vea caro e insatisfactorio; después de ir a Rain uno seguramente se ha de ir a comer comida callejera para terminar de llenarse.
Hablando de competencias, desde luego que tengo que mencionar “Top Chef”. Creo que desde “American Idol” no hay un concurso tan disfrutable como este. De hecho, los jueces están ligeramente inspirados en su predecesor musical. Padma Lakshmi sería una equivalente a Paula Abdul, si fuera un poco más piadosa y amigable, pero es tan bonita que no lo necesita. Tom Colicchio tiene reminiscencias de Simon Cowell, es implacable y difícil de complacer. Y Gail Simmons y Ted Allen son la voz de la razón en empaques más simpáticos, à la Randy Jackson, pero también opacados por sus feroces contrapartes. Me encanta cómo cada episodio gira alrededor de un concepto, como comida de avión o comida de rodeo, y la temporada que he visto, la tercera, tenía participantes súper carismáticos que eran amigos entre ellos, algo insólito en estos ambientes.
Pero mi primer lugar va definitivamente a la australiana de origen chino Kylie Kwong. Su programa se balancea de un hilo entre lo acogedor y lo cursi, pero es definitivamente de calidad. Kylie está súper orgullosa de sus raíces por lo que sus recetas son de comida china pero en una versión sencilla y al mismo tiempo elegante. Son lo suficientemente caseras para parecer que pueden curarte de cualquier enfermedad o depresión, o para compartir con amigos, como ella lo hace muy seguido, pero sí se ven hechas por una chef profesional. Ella sería la compañera de cuarto ideal, es simpática, amable y te mantendría bien alimentado. Habla muy seguido sobre su vida y uno tiene la impresión de que la conoce. Cuando la comparo a Rachael Ray en cualquier aspecto sale vencedora: Ray está demasiado contaminada con el formato de talk show matutino, en el que tiene que invitar a celebridades, hablar de noticias del espectáculo y entretener a su audiencia, al punto que la comida la hace a la carrera y pasa a un segundo plano. Se ve poco auténtica, como si la comida sólo fuera una excusa para promocionar el producto que es ella en realidad. Por otro lado, Martha Stewart me parece tan pasivo-agresiva que ni me atrevo a ver sus programas, así que el día que me vaya a vivir sola va a ser el libro de Kylie el que me va a ayudar a sobrevivir.
Hoy teníamos examen de Obras II. Como estoy convencida casi al 98% de que me tostaron en el primer examen (dejo un 2% a la fe y esperanza propias de la raza humana), he estado bajo un régimen estricto de resúmenes y/o estudio diarios. He estado innovando en mis técnicas de repaso. Gracias a Juank que me enseñó a usar el Grabador de sonidos de Windows, hice varios archivos de audio de mi increíblemente ssssssensual voz (parezco serpiente, Dios mío) repitiendo que la obligación es un vínculo jurídico entre un sujeto activo llamado Acreedor o Creditor y un sujeto pasivo llamado Deudor o Debitor. Otro día me dediqué a hacer un poster tamaño pared de mi cuarto, sobre la integración de los costos y el diagrama de balance de una obra. Pero mi cuerpo poco a poco empezó a rebelarse. Particularmente en esta semana, que ha sido espantosa. Terminé mi plano de Taller para el martes, desde el domingo, pensando ingenuamente que el lunes, día feriado, iba a dedicarlo exclusivamente a seguir memorizando miles de páginas de teoría. Pero mis papás tuvieron la genial idea de invitar a media Juticalpa a mi casa. Llegaron mis tíos, mis primos, los hijos de mis primos… Había comida olanchana y música folklórica, exactamente como me imagino que ha de ser el infierno, y yo me quería esfumar a un lugar con silencio donde lograr concentrarme por un rato. Para variar no hice de anfitriona, y tampoco estudié. Día no productivo número uno.


Era la mañana del martes, siete de la mañana, parque del edificio de Economía. Me consumía del sueño, y la perspectiva de repetir como loro me parecía atroz. La somnolencia nubla el juicio, pero es sorprendente: deja un hueco por el que se filtra un poco de atención, y como es un agujero minúsculo, te centras en una sola cosa y esa cosa se pega rápidamente. Tu cuerpo está tan exhausto que la mente llega a asimilar porque la voluntad no tiene la fuerza para desobedecer. Para el día siguiente, tenía que llevar algo para diseño, aunque sea un intento malogrado de corte. Es increíble la nada que presentamos una y otra vez en esa clase, pero es que estamos demasiado concentradas en otras cosas, no es mala intención… Y pasé mi tarde entera haciendo el volumen de mi pobre museo, que cada vez que abro su archivo me ve con esos ojos lastimeros de niño abandonado. Lo siento tanto. Medio repasé en la noche, después de American Idol por supuesto. Fue la noche que descubrí el increíble poder somnífero de las reglas para el uso de la bitácora.

Miércoles en la mañana: frente frío. Parecía mujer musulmana, vestida de negro de pies a cabeza, con la cabeza y la cara cubiertas. Guantes, botas, café caliente, el viento se reía de todos mis artilugios y atravesaba sin dificultad el hueso escuálido que soy. Miércoles en la tarde y noche: plano de escaleras. Yo juraba que era muerto de risa, que mi increíble capacidad para la modelación en 3D me iba a permitir empezar a investigar escaleras metálicas a partir de las 8, dibujar en una hora y media, dormirme a las 11. Eran las 11 y media y no encontraba ningún maldito detalle que mereciera ser plagiado, y estaba al borde de la desesperación cuando me llega el mensajito salvador “No hay clases mañana, dijeron en las noticias”. Me acosté viendo Ugly Betty. Tengo una turba enardecida que agradecer por ello.

Y el jueves, fue el paro cívico de mi sistema. Nada logró que me levantara temprano. Me senté frente a mi escritorio, para morirme del sueño a la mitad de un texto. Continué durmiendo en la tarde, y por la noche, ya no había mucho que hacer. Me rendí. Me fui a pasear al supermercado un rato; me acomodé para seguir leyendo la historia de los orígenes primitivos de la organización familiar.

Obviamente descansada, llego hoy a la universidad. “La hemeroteca va a estar cerrada por la mañana el día viernes 18 de abril.” Ni modo, a la escandalosa y tufosa biblioteca central, entonces. Repasé, y ya a las 9 y media encomendé mi alma en las manos del Señor. Hora y fracción en diseño, tratando de convencer al arquitecto de que sí hemos trabajado. Y después, nos ponemos a “estudiar” con Deysi y Cinthya. Es inútil, el reloj sigue corriendo, y es imposible aprenderse la estructura de una licitación en menos de quince minutos. Vamos al aula, con un aire de resignación sobre nuestras cabezas. Cinthya me pone a explicarle el quinto hábito de la gente altamente efectiva, que seguramente va a entrar en examen, y en medio de mi perorata: zás! Llegó el ingeniero y en mi cabeza sonó ese acorde. El acorde de esa canción que habla de la creación del mundo, qué gran ironía.

Y por las siguientes dos horas me dediqué a vomitar todo lo que sabía con respecto a los términos legales de la programación de obras.
Si alguna vez fantaseé sobre la llegada de los Jinetes del Apocalipsis hoy descubrí que es comparable a la fumigación que manda la alcaldía para evitar los brotes de dengue en las colonias. El bizarro de mi vecino tiene un fetiche recurrente con las reparaciones de su casa, que incluyen el uso de máquinas estridentes para pintar muebles, así que cuando casi estallan mis oídos con las explosiones ininterrumpidas, lo único que pude pensar fue en el alfabeto de insultos que conozco, dirigido hacia él. Pero era demasiado fuerte, lo sentía casi al lado de mi ventana.

Mi padre se acerca a la puerta y empieza a gritar. Aporrea la puerta, seguramente la quiere tumbar de un golpe ya que TODO mundo en esta casa sabe que yo me despierto fácilmente. No le puse llave, por qué carajo simplemente no la abre. No es suficiente con el escándalo del enfrentamiento allá fuera, tengo que lidiar con la falta de sentido común de los adultos: estoy somnolienta, pero la Furia trabaja las 24 horas y siempre está lista para atacar. Por qué gritas, por qué golpeas la puerta, está abierto, qué pasa. “¿Por qué tenés esa cara?” (Porque me da tanto gusto que seas tan tarado.) Qué pasa. Pone su cara de orgullo herido, y por ende enojado: “nada, olvidalo”.

Salgo en mi pijama de shorts indecentes y mi camisa a punto de morir, me acerco a la ventana que da a la terraza. Está subiendo humo del patio de abajo. Pero no es humo de incendio, los incendios son silenciosos. ¿Quién es este hombre sosteniendo un arcabuz de donde seguramente sale el humo? ¿Por qué se acerca a la puerta con intenciones de entrar? Me escondo rápidamente en mi cuarto. A los pocos minutos, el inescapable olor a veneno justifica el escándalo. Mi hermano me explica que seguramente a alguien de la colonia le dio dengue para que se vean en la necesidad de fumigar por estos rumbos, que uno jamás consideraría insalubres o de riesgo (la decadencia es de otros tipos). Por supuesto, en la alcaldía no les importa que esta sea la temporada de audiciones de American Idol para un montón de pájaros de colores, que se acercan en las mañanas. Hoy no llegaron.

Internamente, el resto de mi día se malgasta en repasar el despliegue de inmadurez de mi padre. Es el problema de la adolescencia en plena senilidad. Ya tiene 50 (?) años, cuándo va a crecer??????

El pasado 4 de junio se organizó en Pessac un festival llamado “En bonne voix” (En buena voz), que reunió a 9 artistas en un parque lo suficientemente grande para instalar tres escenarios, un área de comida y con espacio de sobra para los que preferían jugar fútbol, basket-ball o tennis, y no estorbarse mutuamente. Con tanta diversidad era necesario elegir los artistas que te interesaban, pero nosotros sin conocerlos (y con unas descripciones completamente indescifrables en el programa) caímos por casualidad en tres conciertos, antes de ver a la estrella de la noche, Camélia Jordana.

La tarde empezó con Yvan Cujious, del que recuerdo que su música era agradable y que por alguna extraña razón emocionaba particularmente a los niños, que sin duda fueron los que más disfrutaron sus canciones.  DSC05553 La segunda artista que vimos fue Julie et le vélo qui pleure (que se traduce como Julie y la bicicleta que llora), una cantante/compositora que toca el piano y la guitarra, es decir mi tipo de artista de predilección… en teoría. En la práctica su música era algo aburrida y más de una vez la gente no se dio cuenta que las canciones habían terminado y no sabían si aplaudir o no.  DSC05563Decidimos entonces refugiarnos en el concierto de Moussu e lei jovents, un grupo sureño con algunas influencias country que cantan mucho en occitano. Estaba repleto y es que eran muy carismáticos.DSC05567 Nos quedamos a ver Edgar de l’Est porque los describían como cantantes muy representativos de Bordeaux, con una trayectoria de muchos años. Es un grupo que toca las canciones que uno se imagina como el cliché francés, especialmente después del éxito de la película sobre Edith Piaf:  canciones de lamentos cantadas por una mujer con una  instrumentación relativamente sencilla. Estuvo… interesante.DSC05570DSC05566 Entre conciertos aprovechamos para ir a comer algo. Podíamos elegir entre una diversidad de tiendas que ofrecían comidas de todo tipo, de varias regiones de Francia y hasta internacionales, como comida china y portuguesa. Pero una de las tiendas tenía una barbacoa y donde hay carne asada siempre estaré allí. Sin embargo, era carne a la parrilla conceptualmente diferente de lo que estoy acostumbrada: te la servían como sándwich en un pan baguette sin absolutamente ningún acompañamiento como encurtido, lo más que ofrecían era salsa de tomate, mayonesa y mostaza (picante! mi favorita). Probé el merguez, una salchicha picante y pato asado.    DSC05560 Como dije antes, el evento principal era la participación de Camélia Jordana, una antigua concursante de la Nouvelle Star, el equivalente francés de American Idol. Como podía esperarse era una cantante pop, con una excelente voz y a pesar que es muy joven, tiene muy buena presencia y desenvoltura en el escenario. Fue muy divertido verla en vivo e hizo una interesante versión de “Walk like an egyptian” de The Bangles que dedicó a los países africanos que han atravesado o están en plena transición política. DSC05573DSC05575Yo la conocía por esta canción:

 

que está tan divertida que me dio ganas de ir al festival en primer lugar. Valió la pena la excursión. DSC05572El sábado pasado fue el día del orgullo gay en Bordeaux. Se hicieron desfiles por toda la ciudad pero nosotros llegamos al apoteosis en la plaza de Quinconces.  DSC05692Un dj estaba a cargo de la ambientación y luego la fiesta continuaba por la noche en una discoteca muy conocida, pero nosotros estábamos invitados a una reunión en nuestra residencia. Así que sólo escuchamos Lady Gaga al aire libre y luego regresamos a casa. DSC05693DSC05699DSC05703 Ayer hubo un concierto en la plaza de la Victoire que reunía tres artistas: el grupo emergente Namasté, Puggy y Julien Doré, también ex-alumno de la Nouvelle Star. DSC05705 Namasté estuvo bien, nada memorable en particular. DSC05714Por el contrario, Puggy sí es altamente recomendable. Son rock-pop muy buenos, tan buenos que fueron capaces de hacer un buen cover de “Toxicity” de System of a down, que originalmente no es de mi agrado. DSC05717DSC05719DSC05722Y la noche terminó con Julien Doré, un tipo que si hubiera visto a los 17 años hubiera hecho que abandonara mis estudios para seguirlo por el mundo. Era el hombre ideal de ese entonces: flaco, peludo, desaliñado y que da la impresión de ser inteligente. Su música es también pop-rock, muy bien hecha y excelente para escucharla en vivo. DSC05729DSC05733 Aquí lo vemos haciendo su mejor impresión del bajista de Rage Against the Machine en los VMA’s del 2000 en los que se subió por una escalera en el escenario: DSC05736En una de las canciones Puggy lo acompañó para cantar juntos: DSC05739Y se echó unos excelentes covers de “Boys don’t cry” y “Creep” en versión light-jazz que me encantaron. DSC05737Total que mi primer día de vacaciones lo he dedicado a bajar música.